• Anibal Venegas

El Sueño Americano: Detroit y Orlando

Entre todos los viajes al extranjero que hago, Nueva York es un must. Ni siquiera sé con certeza cuántas veces he ido. Me gusta perderme y vagar por el SoHo, caminar (sí, por repetido que suene) por Times Square, vestirme elegante y recorrer Saint Laurent, Zegna o Bergdorf Goodman para inspirar mi imaginación frívola o “vitrinear” en alguna tienda de descuento en el “downtown” tipo Century 21, donde le compro a mi madre sus carteras Moschino o Versace con 70% de descuento. Soy ordinario y chileno: luego de tanta caminata me meto a Sephora y me quito el mal olor con algún tester Allure de Chanel y sigo y sigo. Pero también soy de pretensiones elegantes y aspiraciones intelectuales: ahí está el MET haciéndome guiños, claro que ahora no se puede pagar “lo que uno quiera” (en mi caso eran dos centavos) y es necesario poner sobre la mesa los veintitantos dólares… –en un par de días haré un “live video” mostrando la exposición sobre el Camp y desde luego, mis respectivas impresiones en una columna–. Pero vale la pena. Lo mismo el MoMa. Lo mismo el Guggenheim. ¿Sigo escribiendo sobre Nueva York? Bah, es cosa de Googlear o ver Annie Hall. ¿Sobre qué entonces? Respuesta: sobre el Estados Unidos que he estado evitando por la mala fama que le precede, en este caso, Detroit y Orlando. Y también porque soy medio resentido. Ya, lo dije, perdón, lo escribí.


OK. Esta columna tiene un sesgo económico y de clase medible únicamente en millas náuticas porque salta a la vista que somos unos pocos quienes hemos podido permitirnos viajar a donde nos apunte la veleta. Yo por trabajo y fuente de inspiración, otros por cuentas corrientes abultadas. Sin embargo, mi blog empezó con mi travesía por el sudeste asiático donde pude desprenderme de más de 30 kilos en pocos meses: hay que ser consecuente y sobre todo consistente ¿no? Por lo demás, much@s de mis lector@s han viajado y recorrido, y los que no, gustan de leer impresiones sobre dichos viajes. Así me lo han manifestado, y como no estoy para adular, me lanzo con mis descripciones, opiniones y recomendaciones, algunas muy políticamente incorrectas. Comencemos por el principio.

Detroit


Si uno empieza a investigar sobre la “Capital del automóvil” lo primero que encontrará son datos negativos. Negativísimos. Oscuridad absoluta ¡Tinieblas! Sí, durante medio siglo fue un lugar floreciente donde nacieron grandes capitales norteamericanos vinculados a conducir sedanes y camionetas y donde Henry Ford marcó un antes y un después de carácter histórico con la elaboración de coches en serie. Afuera dejamos su poco amable análisis del “judío internacional”. ¿Qué encontramos cuando buscamos información de Detroit? Que la ciudad se declaró en banca rota hace más de 10 años, que la población se ha reducido a la mitad de lo que había en su época de gloria, que hay edificios corporativos completos totalmente abandonados y entregados a los vicios del bandidaje afrodescendiente, que a ojos del republicano de cuello rojo y sumido en su casita rodante con la bandera flameando al viento y patio lleno de basura, es malo por naturaleza. Estos datos alimentan el espíritu resentido de todo latino bien educado en la filosofía crítica que debe necesariamente detestar lo ideado y promovido por el Capitalismo Yankee, ahora más que nunca con esos políticos cabezas huecas que no tienen empacho a la hora de denigrar “México” (A.K.A. América Latina hasta tierra del Fuego. Sorry amigos chilenos y argentinos, somos todos mexicanos en el sentido republicano de la palabra). ¿Mis impresiones? Aquí van.


Fue un road trip a lo Kerouac: Pennsylvania, Ohio, Michigan. Lo que noté inmediatamente al recorrer los primeros cien metros posteriores al letrero semi oxidado de “Bienvenido al Estado del Automóvil” (o algo así, en realidad me aburrí y me distraje), fue la paradójica mala condición de la carretera. De las peores que he visto en mi vida: ni en Chile, ni en Argentina ni en Perú tenemos de esas. Me trajo recuerdos inmediatos de India, hacia el interior, ni siquiera Agra o Kolkata: hoyos cada dos metros, pedazos de neumáticos abandonados a mitad del camino, caucho, basura, campos destinados al pastoreo donde no crecía otra flor que la pura y simple mala hierba, y los comentarios de “I’m sorry guys” de nuestro amabilísimo chofer, natural de (los suburbios de) Detroit (es decir, blanco y clase media. Íbamos en un Volvo). Luego de kilómetros de podredumbre, baches, trailer parks y bosques, de vez en cuando algún pueblo y sus respectivos Burger King y McDonald’s –o la imitación de éste– empezó a dibujarse en la línea del horizonte el skyline de Detroit que desde lejos se veía como cualquier ciudad norteamericana: rascacielos, rascacielos y más rascacielos. A medida que nos íbamos acercando y el camino se iba haciendo más inestable, quedaban en evidencia los despojos de la antigua ciudad imperial del automóvil reducida ahora a casas de techumbres calcinadas o repletas de agujeros, sino absolutamente destruidas, con calles y avenidas sucias donde lo único que abunda es la pintoresca fealdad.


El asiento que hace más de medio siglo Rosa Parks se negó a abandonar por ser negra

Casi se me cayó la mandíbula.


Algo raro estaba ocurriendo ¿Dónde está el mentado sueño americano? Desde luego no lo iba a encontrar en esos edificios de la izquierda totalmente sucios y abandonados ni mucho menos en las fábricas de ladrillos de la derecha, totalmente sucias y abandonadas. Nuestro objetivo final era un suburbio emplazado en un pueblecito distante a más de 60 kilómetros de Detroit, por lo que la ciudad había que atravesarla sí o sí. Paramos en una librería hípster enchufada en una fábrica enorme donde antiguamente las obreras buscaban la emancipación económica cosiendo sostenes. Cuatro pisos atiborrados de Nietzsche, Hegel, cupones de sorteo, atlas del mundo con la Unión Soviética, Selecciones del Reader’s Digest, NatGeo, etcétera, etcétera. Más allá de la atmósfera intelectualoide, no había mucho que hacer ahí. Let the trip go on. Avenidas totalmente vacías para un día sábado, pensé. Manejamos junto al Gran Lago. Casuchas y más casuchas sin servicios básicos con gente viviendo literalmente bajo las estrellas en una ciudad que en invierno de 2018/19 sobrepasó los -20 grados Celcius… para llegar al gran contraste: un barrio de mansiones, no, de PALACIOS, uno tras otro en hilera, repletos de torres, jardines inmensos, empleadas domésticas con delantal y cofia, choferes de traje y piel negra y más allá, un muro inmenso que alberga la residencia de la Familia Ford. Toda esa gente multimillonaria (que es la misma de Londres, París, Buenos Aires y Lima, ellos tienen una mansión por ciudad) viviendo codo a codo con la pobreza absoluta y solemne. Y negra, porque la miseria americana es de colores y orígenes definidos, igual que nuestra América Latina y su adoración por los pigmentos claros. ¿Cuál se supone que es el triunfo del capitalismo? Ni idea, al menos, nunca se vio ni se verá en Detroit, donde es posible comprar una casa de 200 metros cuadrados por setenta mil dólares… para el que quiera ir a vivir a ese sitio. Aparte de la emoción y las mariposas que sentí en el estómago cuando me subí a la micro donde la magnífica y legendaria Rosa Parks dijo “No, no me voy a bajar del bus” (por ser negra), me llevé una muy mala impresión de Detroit. Nunca fue imperio ni capital de otra cosa que no fuera el racismo, el clasismo y luego una inevitable decadencia. Tomen nota quienes siguen pensando que la felicidad aún está en los dólares. Bonus track: al día siguiente fui convidado a una fiesta en casa de uno de los mejores amigos de mi anfitrión. Gente buena, preciosa y amable, sí, y la comida estupenda, hell yeah. Pero en una ciudad *literalmente* repleta de población afrodescendiente… ¿Cómo es posible organizar una fiesta con los amigos de la infancia donde todo el mundo es blanco-blanco? El Apartheid es real amigos. PD: Yo, que en Chile soy considerado “blanco” y normalmente de clase media para algunos, alta para otros (no tienen idea, soy más pobre que las ratas), parafraseando a Yoko Ono, I was the n**** of the world.


Orlando


Es difícil clasificar Orlando, la ciudad, no el libro. Primero porque aún mantengo la excitación de haberme disfrazado por primera vez y sin ninguna vergüenza de mi personaje de literatura fantástica favorito: Harry Potter. OK, durante algún tiempo fui vecino de J.K. Rowling, me lo pasaba tomando té y scones en The Elephant House o almorzando en el elegantísimo hotel Balmoral donde se supone que se esbozaron los primeros capítulos de “La Piedra Filosofal”. Incluso me topé con mi escritora en múltiples y distintos lugares; sin embargo, juro de rodillas que la experiencia de ir a Universal Studios y meterme en el Diagon Alley o Parque temático de Harry Potter lo pongo en mi lista de cosas cumplidas en la vida. Planté el árbol, escribí el libro, me metí en la fantasía de J.K. Rowling.



Porque en efecto, eso fue. ¿Encontrármela en la Biblioteca de la Universidad de Edimburgo, en el Cementerio de la calle Waterloo o en Milán? Una señora rubia/pelirroja, delgada, sonriente, un poco odiosa porque votó en contra de la independencia de Escocia… Mi mamá también es rubia, delgada, sonriente, elegante, un poco odiosa porque votó por [el que a mí no me gusta]. Pero la montaña rusa con efectos en 3D con dragones y personajes híper reales de la película fue lo más cercano a lo sobrenatural que he experimentado a la fecha, tomando en cuenta que durante un tiempo fui miembro de la liga de Espiritistas de Escocia. Y no quería ir. Esa forma de entretenimiento siempre la he encontrado carente de sentido y luego de ser arrastrado por el show de Jimmy Fallon, La Momia, el mundo de Los Simpsons y Men in Black… ¿mi estómago? Ad portas de revelar y rebelarse. Cuando estaba a punto de subirme al carro junto a la muchedumbre casi reculé, pero vi la cara de emoción de mi hermana y dije, ok, no me voy a morir. Sabia decisión. Salimos tan hiperventilados del lugar que nos paseamos por cuánta Gift Shop existe y compré algunas cosas que jamás usaré en la vía pública pero ¡bah! valió cada dólar.


Y eso es todo lo amable que puedo decir de Orlando.


¿Y el resto? ¿Las palmeras preciosas? ¿Los lagartos?


¿El calor era insoportable? Sí, en efecto, pero los edificios tienen aire acondicionado. Y siempre está el recurso del abanico o el tríptico con la descripción vívida y colorista de los diversos parques que sirven para echarse viento. O la presencia inusitada de un Walmart. Incluso una convención de ingenieros patrocinada por gente billonaria a la que asistí donde me atosigaron de postres y sonrisas ladinas no estuvo nada mal. El problema es Orlando. Quizá el no haber pasado la experiencia de venir de una democracia a medias como varias en Centro América, me impidió comprender por qué un guatemalteco promedio querría ir a vivir a esa ciudad. Muy bien, está el factor pobreza extrema versus limpiar pisos y servir comida chatarra todo el día a cambio del desdén gringo y un sueldo que permite ayudar a la familia que no pudo migrar. Pero es que Orlando es tan… feo. No: horripilante. ¿Qué puedo decir de un sitio que da vueltas alrededor de la idea que consumir por consumir es el camino al florecimiento humano? Y ahí está: uno recorre las enormes calles de Orlando en auto donde no se ven casas –la gente vive amontonada en condominios y suburbios– sino únicamente outlets, outlets, hoteles, outlets, parques de diversión, outlets y más outlets. Porque la idea es ir a Orlando y gastarse hasta el último dólar en cosas que no se necesitan pero que la ciudad se empeña en promover como bienes de primera necesidad. Que si uno tiene ganas de irse de marcha un día cualquiera y tomar una cerveza debe inevitablemente meterse a un mall de la compañía Disney donde hay réplicas de Irish Pubs, Bistrós parisinos, Cervecerías belgas, bares de tapas y todo junto al Zara, al Forever 21 y al Calvin Klein de rigor. Y todos de pantalón corto XL marca Tommy Hilfiger y sombrero Gucci, y todas de Louis Vuitton y sandalias Gucci. Y el aire viciado con olor a pollo frito. Mujeres y muchachas jóvenes rivalizando por quién llega primero a recoger la blusa blanca manchada con base de maquillaje para acto seguido ir a comprarse un jarrón de plástico que emula a algo que se supone viene de las cortes de Luis XIV. Porque casi todo en Orlando es la imitación ridícula de algo. Los hoteles tienen la pinta de una villa italiana en versión baquelita: dentro, uno puede sentarse en sillones capitoné con masajeador incluido, pero de aires decimonónicos. Alfombras nuevas que parecen viejas, paredes de moldura en nogal que en realidad es 100% plástico, Shopping Malls dentro de centros de convenciones en el subterráneo de un hotel con cancha de Golf, piscinas y Starbucks por doquier. Y si no alcanzan los dólares para comprar el bolsito Prada en precio de temporada, bien se puede ir uno a los potreros donde se erigen los templos del descuento: el outlet.


El outlet…


También conocido como el lugar donde se compra uno la ropa de la marca prestigiosa, pero de tres o cinco temporadas atrás. Entre un Gap y un Sacks Fifth Avenue se pasean chilenos, argentinos y brasileños (lo siento mucho por las citadas nacionalidades, pero son la mayoría) que durante el año se quejan del “comunismo” y la “crisis” de sus respectivas naciones por culpa del resentimiento “socialista” (¡!), pero que en temporada de verano hemisferio norte parten a gastar como si les mordieran sendas tarántulas. Allí van: de crocs, con camisetas polo, joyas doradas, mechas rubias y repletos de bolsas, bolsitas y maletas. Porque ellos son inteligentes y saben que no están comprando sino invirtiendo. ¿Cuánto cuesta un bolso Longchamp en el distrito de lujo del Mall Parque Arauco de Chile? Dos o tres veces más que en el Outlet, qué decir del abrigo acrílico hecho en Bangladesh marca Gap, cuya confección (tema que retomaré en mi aventura asiática) significa derrumbe de edificios con trabajadores dentro, muerte de flora y fauna por desechos tóxicos vertidos en humedales, niños cosiendo esas preciosas y muy coloristas mochilas que usan las niñitas y sus American Girl. ¿Cómo puedo resumir Orlando? Grasa, comprar, gastar, comer y por sobre todo, no pensar.


¿Estados Unidos el país desarrollado del American Dream? Demasiadas contradicciones. A mis ojos, lo único que ofrecen Detroit y Orlando son pesadillas. Y tantas injusticias, y tantas guerras, y tantas intervenciones en democracias de otros sitios para sustentar ese estilo de vida… ¿Siempre nos quedará New York? ¿Y San Francisco, donde solo encontraremos gente amable a quienes atiborraremos de flores? ¿Seattle? ¿Austin? ¿New Orleans? Ni idea, sigamos viajando…

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