• Anibal Venegas

Estéticas masculinas cuestionadas

Antes, cuando caminaba por la calle y me detenía a observar a la gente –algo que hasta el día de hoy es frecuente en mí– me sorprendía ver cómo hombres que yo tachaba de objetivamente feos iban muy campantes de la mano… de una mujer objetivamente linda. Porque en general, las mujeres se ven mejor que los hombres: dependiendo del grado de “buen gusto” (atributo más que debatible dada su inherente subjetividad) es costumbre que ellas dispongan de una mayor cantidad de energías y ganas por verse bien. Una cuestión de actitud, además: lo de dentro debe reflejarse por fuera. Lo sorprendente era oír a los hombres, en el metro o en el café, declarando a viva voz “ayer me acosté con la Paula” al tiempo que gruñendo pasaban la mano mofletuda por la barriga repleta de cerveza. Las garras exhibían orgullosas sendos anillos enterrados en la grasa, como en un cuadro grotesco del expresionismo alemán. Porque el señor de los interiores en escabeche a punta de vinos y agua ardiente encima tenía el lujo de “presumir” el número de conquistas. En el caso de haberlas, desde luego. Pero hoy día la cosa ha cambiado brutalmente: no solo las mujeres prefieren la soltería y el éxito propio, sino que los hombres han debido, por obligación, cuestionar su delirante masculinidad machista, construida a punta de clichés y mimos por parte de la mami y de la abuelita, buena porque sí. ¿Cómo es la cosa?

¿Qué los hombres hemos cambiado? ¡Bah! “Eso es muy de los años noventa”, pensará alguien y sus recuerdos de los metrosexuales, esos profesionales jóvenes que no le hacían el quite a la industria de los perfumes y de la alta moda, antaño reservada para las mujeres y los “raros”. Fue la época en la que futbolistas multimillonarios decidieron gastarse el contrato, también multimillonario, en prendas de Dolce & Gabbana, Gucci, Prada, y obtenían de paso a la modelo de rigor que hiciera juego con los zapatos Salvatore Ferragamo. “Seguimos siendo hombres, pero nos preocupa el aspecto exterior” declaraban ante la anonadada prensa deportiva, pero en realidad era un mecanismo de blanqueamiento simbólico que los acercaba, en su cabeza, a la gente de “sociedad” que por haber nacido rubia y pija, no tienen que echarse kilos de marcas exclusivas encima. Con lo que tenían de nacimiento les bastaba y sobraba. Pero los noventa y los primeros años del milenio pasaron y nosotros con él. Reivindicaciones de colectivos olvidados empezaron a alzar la voz, y ya no era sólo el grandioso Pedro Lemebel el que leía textos irónicos con sus “tacos políticos”: jóvenes, feministas, jóvenes gay, jóvenes lesbianas, jóvenes Emo, jóvenes trans, jóvenes abusadas y abusados y un larguísimo etcétera. Recuerdo cuando vivía en India… ¡Cómo me llamaba la atención que mi amigo Alessandro, espléndido de pies a cabeza, se sometiera día y noche al Micro Needling! ¿Qué es eso? Una suerte de máquina de afeitar que en lugar de cuchillas tenía cientos de pequeñas agujas que abrían los poros de la piel y permitían el ingreso en masa del Retinol, el ácido hialurónico y la Vitamina C. Toma ya.

Ante el aburrimiento que ofrecen los señores gordos, las mujeres empezaron a disfrutar abiertamente y sin reservas de su soltería, ignorando a los galanes de cuarta estofa que les hacían guiños con una sonrisa verde y un aliento a heces fecales que le quitaba el apetito a varios. Así fueron muchos los que dejaron el puchero medio lleno, no gracias, me da asco y ¡zaz! perdían algunos gramos extras que al mismo tiempo permitían disminuir el tamaño de la abultada y muy fofa barriga cervecera. El eterno retorno a lo mismo, escribiría Nietzsche, bueno, no él sino su secretario personal, mientras Federico se agarraba la cabeza, aquejado, como siempre, de una de sus conocidas migrañas, lo que no le impedía dictar Más Allá del Bien y del Mal y Ecce Homo. Perversa sífilis.

Pienso en mi caso. De hecho, hablaré de él. En la narración de mi aventura asiática donde literalmente bajé alrededor de treinta kilos (los detalles se van revelando en capítulos, ver las otras entradas del blog) de pronto me vi sobre una balanza y parado frente a un espejo pesando cincuenta y tantos y con nada que ponerme encima. Pasé de XL a S e incluso XS, perdido en los pasillos de tiendas por departamento donde la ropa que se ofrece está destinada exclusivamente a jóvenes macilentos y sin temor al género para el cual son concebidas. Con lentitud y algo de temor rompí las barreras del estereotipo cuando una chaqueta de mujer me quedó más que bien y no obstante la advertencia del dependiente –“Eso es de mujer, no de hombre”– decidí llevarme la chaqueta que uso hasta el día de hoy y por la que recibo bastantes halagos de la opinión pública, personificada en mi hermana y en mi madre. ¿Entonces la masculinidad es una cuestión de ropa? Desde luego que no, pero es tan manipulable como las temporadas otoño invierno y primavera verano de la semana de la moda de París. Un mero y simple constructo estético sobre el que se puede debatir, reír, gruñir y moldear. Todo a gusto del consumidor.

¿Qué es ser hombre después de todo? Las madres y las abuelas se traspasaban ese conocimiento como piedras preciosas, el fabergé de la dinastía de vejas machistas: se ponía al muchacho sentado sobre una tarima redonda, se le amarraba de pies a cabeza y vamos girándolo como si fuera una vasija de greda, para amoldarle cualquier imperfección y así logre transformarse en un auténtico y verdadero Gentleman. O lo que es igual: fútbol, carreras en el área médica o la abogacía, fútbol, zapatos para chutear una pelota, pelo corto, inclinación hacia la concupiscencia heterosexual, amor por la bandera del país (la más bonita de todas, incluso ganó un concurso, así lo dictó un comité de expertos), fútbol y fútbol. Y más fútbol. Las mujeres con sus muñecas, los hombres con su pelota. Y ojalá bien peludos, como debe ser. ¿Quién es el niño para romper la tradición? A veces, cuando la naturaleza se vuelve siniestra y malintencionada, resulta que el niño no se siente a gusto con las charadas que le están metiendo en la cabeza donde revolotean las ideas, pero bueno, para eso está la escuela, pública o privada: allí se contactará con otros pares, encaminándose hacia el horizonte del éxito económico, y sobre todo, hacia la normalidad. Yo por lo menos, desde hace mucho, mucho, muchísimo tiempo decidí no ser normal.

Y es que uno se pregunta ¿Para qué ser normal? ¿Quiénes son los normales? Hace poco me compré un abrigo confeccionado a partir de un material similar al papel vinílico que combiné con un sombrero que adquirí en Burkina Faso y que funciona estupendo para los días de mucho sol. Salí muy campante a la calle y de pronto mi iPod (sí, aún soy usuario de iPod) paró por falta de batería. “¡Fuck!” exclamé –el neoliberalismo tiene colonizadas mis groserías–, tuve que hacer el camino a casa sin música, teniendo que prestar atención obligatoriamente a lo que estaba pasando a mi alrededor. ¿Y qué ocurría a esas horas en la ciudad de Santiago, capital de Chile? Que en pleno siglo XXI varias personas, hombres y mujeres, viejos y viejas, pero también jóvenes, decidieron que al no verme “normal” era necesario plantarme en el camino correcto, el de la normalidad, haciendo uso de la pedagogía del escarnio, o lo que es lo mismo: “Uy, qué bonita te ves”, “Ándate a la China con tu sombrero”, “¿Dónde es la fiesta de disfraces?”. A pesar que pertenezco a la llamada generación millennial y que con tanto viaje y gente amiga cuyos nombres transitan a lo largo y ancho de mi estructura neuronal, soy un poco inseguro y los insultos me llegaron de todos modos. Durante algunos minutos dejé que las palabrotas de gente total y definitivamente irrelevante calaran un poco más allá de la epidermis y me descolocaran. Aníbal: debes ser normal, ya no estás en edad para creerte el punk a la fuerza, son las 2 de la tarde, es necesario conducirte con mesura, así es la vida. Por fortuna, una vez en casa, mi santa madre me habló de su gato Benito, animal de origen felino pero cabeza canina: toma leche de una Fox Terrier, Rita, y duerme sobre Filip, un enorme Rottweiler. Si un gato puede ser raro, celebremos la excentricidad, ¿No?

Todo eso me ha hecho pensar que la estética masculina debe ser cuestionada y por fortuna, no estoy solo en esa misión. Tampoco voy “tan lejos” como otros jóvenes rebeldes de mi rango etario, es decir, no uso tacones ni maquillaje ni me pinto las mechas, pero trato de reflejar la inconformidad interna en el exterior, para engalanar el paisaje urbano con mis pensamientos. No sabré pintar, pero puedo vestirme. Debo decir que jamás he pertenecido a ninguna tribu urbana, la única vez que fui “punk” lo hice erróneamente: dentro de mi habitación y transformando una chaqueta Ralph Lauren en algo parecido a lo que usaban quienes yo creía eran punks de verdad, that is, Lou Reed, Jim Morrison, The Clash. Mi concepción de lo anarco estaba sumamente americanizada y mis actos de rebeldía consistían única y exclusivamente en leer a J.D. Salinger y a Jack Kerouac… en inglés. Por lo tanto, mi paisaje interno inclinado a la inocencia (nunca fui resentido) tiene que ver con que no me dan ganas de ser normal y me esfuerzo para que eso quede bien reflejado y explicado a través de la fantasía creada con los trapos con los que uno se cubre. Fui más lejos cuando hace un par de años me invitaron a una comida de ex alumnos de mi distinguida universidad en la casa del Embajador de Gran Bretaña y pregunté si entraba en el código de vestimenta business attire el traje que usó Tilda Swinton en su interpretación de Orlando. Se rieron de mí. “Aníbal” me dijo mi admirada y venerada profesora Anna María Olcese, “Hay que darle la bienvenida a la manifestación estética del alma. Tampoco vayas a un lugar donde no seas bienvenido”. Y un día, mientras volvía de construir una reposera a base de arcilla y mierda de vaca, Vandana Shiva declaró: “Sin duda que en la excentricidad y la disconformidad no solo está el buen gusto, sino también el genio y la clase”. ¿Lección para mí? Las masculinidades estéticas cuestionadas, desafiadas, destruidas y reinterpretadas, aunque son una muestra de tibia y burguesa rebeldía, ayudan a desprenderse del yugo opresor de la normalidad y de un deber ser que no solo es aburrido y feo, sino además destructor, atomizador y deprimente. En un rato más, por la tarde, iré a tomar una copa de vino con una amiga que goza de pisotear las chucherías de los vendedores ambulantes que de paso trafican droga en mi barrio Gentrificado. A ella le gusta salir con un bicho como yo: raro, superficial, pero a la vez ávido de libertad, hambriento de espacios amplios, abiertos, sin normas estéticas, sin límites.



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