• Anibal Venegas

¿Por qué me persiguen los fachos?

Saliéndome del Zeigeist Coronavirus –volveré a él en breve, o quizá no– un racconto veraniego. Hace menos de dos años, a propósito de la recuperación de una enfermedad medio pelo que me tenía con retención de líquidos y autoestima baja (más de la normal), mi hermano mayor me convidó a un restaurant de los que uno puede presumir cuando alguien pregunta. “Vamos” dijo, “para relajarte un poco, perrín”.


Parafraseando a Anna Frank, yo era un amasijo de contradicciones: estaba a pocos días de virarme al extranjero, ansiedad hasta en las pestañas, crisis de pánicos constantes y con poco dinero circulante, es decir, a caballo regalado no se le miran los dientes ni se le hace el quite. Mucho menos si los corrales se emplazan en la resplandeciente Isidora Goyenechea que el buen tono invita a llamar simplemente “Isidora”, así, en estilo urbano y despreocupado, la calle y el sujeto debieran constituir una sola unidad. El que dice nombre y apellido se pierde en esos andurriales de vidrio, concreto y moda de transacciones millonarias, así como el recién llegado que escupe en modo papa caliente –ouch, craso error–: “la Titatanium pos oye”. ¿El restaurant? El típico del barrio con su popurrí de gente cuica hablando de cosas cuicas. Mucho reloj suizo, greñas rubias, carteras Longchamp, bolsas de papel de contenido Benetton o Brooks Brothers. La comida: impecable. El bajativo: extraordinario, un glorioso y temible sour peruano tamaño catedral y cuyos efectos no supe predecir hasta que iba caminando por fuera del Costanera Center y sus pacos apostados frente al Starbucks, cuidando la glorieta más alta de América Latina.


Entonces apareció Sebastián Izquierdo. Recórcholis.


Es decir, yo no tenía idea quién era ese tipo ni había oído hablar del lamentable Capitalismo Revolucionario. Googleando ahora, me entero que es un flojo ocioso que al parecer nunca ha trabajado y que según consigna BioBio (habrá que creerle), ha brillado principalmente por tres cosas: guitarrear en matrimonios, completadas y beneficios de toda índole, liderar el grupo facho antes citado, y ejercer de mechero. C’est fini.


Como soy pobretón de ínfulas burguesas, acepto convites a lugares caros (y me pago la mayoría, soy pésimo administrador), sí, pero uso el transporte de todos los chilenos, es decir, el Metro. Mi hermano aceptó a regañadientes endilgarme hasta la estación Tobalaba que es lo menos lejano y a la vez lo más feo desde su laburo pituco, total, la sangre es la sangre y no me iba a dejar tambaleando ahí solo, él muy elegante y sobrio (nada de pisco), yo de shorts verdes sucios, camiseta a rayas azules y un sombrero de paja que compré en Donde Golpea el Monito, medianamente sobrio (un catedral y medio). No sé cómo me dejaron entrar al reluciente comedero de “Isidora”. El look ya lo había estrenado en algunos programas de televisión donde me entrevistaban para mover a la opinión pública en contra de la carrera de autos eléctricos Fórmula E, organizada en mi barrio, Parque Forestal, Lastarria, Bellas Artes. Porque si bien soy de vivir en el Centro, mis tripas a veces quedan atrapadas en la urbe enjuta y preciosa del sector Oriente, qué le voy a hacer, me gustan los restaurantes sin distinción de clase. Entonces aparece un gallo flacuchento que destacaba entre la multitud, desde luego, negativamente.


Es decir, de dónde sacó ese traje, preguntó mi hermano al aire y apuntado al fulano que junto a otro descerebrado y su cámara super 8, entrevistaban a gente a la salida del Costanera. El aire no tenía respuestas. Se trataba de un tipo alto y escuálido, medio encorvado, sí, en efecto, algo de buitre había en su postura nada aristócrata y a tal punto se podría haber dicho que estaba a sólo instantes de emprender vuelo para revisar basureros olisqueando carroña. La chaqueta era del color más odiado por mi madre: verde petróleo. Los pantalones beige de gabardina brillante en el poto con las rodillas marcadas, zapatones de zuela plana de gruesos cordones y la camiseta de polyester no le hacían ningún favor. E iba peinado a la gomina, probablemente untado de ácido cítrico o gel Kriss Fuerte, ese de mil pesos el tarro. Entonces nos vio, una amplia y ladina sonrisa, va y pregunta si podemos hablar con él. Mi hermano, dándole el alto y bajo –siempre ha sido más intuitivo que yo– le responde que no tiene tiempo para estupideces y me deja ahí solo, el cabrón. Entonces, claro, me quedé solo.


Solo con Sebastián Izquierdo.


Dios mío.


O sea, una cosa es quedarse solo con Eduardo Browne o Mark Zuckerberg, y otra muy distinta es quedarse plantado frente a un gallo tonto con olor a Rexona en barra. Con 33° Celsius y usando gabardina. Y todavía de ultraderecha fascista. En fin. ¿Qué quería saber el tipo de mí?


Amigo, pregunta para nuestro canal de YouTube y sus seguidores ¿Prefieres el socialismo o el capitalismo?

En mi mareo y delirio estival alimentado por tanta agitación mediática, pensaba que me iba a interrogar sobre autos eléctricos y energías renovables. O viajes por el sudeste asiático. ¿Qué pregunta era esa por favor? ¿Existe tal distinción en el siglo XXI? O sea, desde luego que sí, pero a un modernillo urbano con formación en filosofía antigua en universidad que considera a Nietzsche como mero opinólogo, no cabe la idea de siquiera expresarla. ¿Son las únicas opciones? ¿Y encima en la era postsoviética? Faltaba contexto histórico, político y filosófico en dicha formulación.


De partida, la intuición primaria del tal Sebastián (su nombre lo vine a conocer hace poco) era que en Chile nos debatíamos a duelo en la disyuntiva de vivir en el infierno socialista-comunista-estalinista y el paraíso del capitalismo libertario donde en las tarjetas de crédito el sujeto puede hallar nada menos que el noumenon. De ahí para arriba. Creo que respondí algo sobre el emprendimiento, el Estado garante de derechos y el sujeto como hacedor de Estado, quid pro quo, la observación de que ésta es una sociedad inexorablemente capitalista y no sé qué más. Hasta luego, no tengo más tiempo.


Porque lo que realmente recuerdo es que el dichoso Sebastián era objetivamente hediondo. Algo explicó sobre su canal de YouTube donde estaría colgada mi “aportación” al “debate”, pero lo olvidé completamente, atolondrado por el fuerte olor a axila del fulano y su sonrisa penca en una boca fea medio equina, de encías blanqueadas y que de tanto (supongo) hablar y preguntar lo mismo, olía a leche cortada y queso en estado de putrefacción. Es lo que retuve al llegar a casa y lo que escribí en una esquina usada de mi cuaderno de apuntes de supermercado, el resto me importó menos que la vida íntima de Marcela Cubillos. La siesta, eso sí, estuvo buena. Después me entregué a la faena de hacer mi maleta, revisar documentos de viaje y jugar a los Sims un rato. ¿Cómo se llamaba el canal de YouTube? Terminé mirando videos de accidentes en carreteras rusas grabados con una dash cam, Stop a Douchebag, y turbulencias aéreas. No soy un ansioso responsable.


Pasaron los meses, las estaciones y casi dos años. Perdí peso, estaba de vuelta a mi rutina de trote diario, lecturas de ciencia política y viajes, ocurrió el estallido social, me metí en Cabildos Ciudadanos, aparición en la tele, discusiones sobre patrimonio y primera línea, Coronavirus, y entonces, ¡zaz! surge de entre las tinieblas el tal Sebastián Izquierdo. En mi cabeza era como recordar el pantalón feo que alguna vez me obligaron a usar en 1999. Esta vez, eso sí, como líder del movimiento “político” de corte fascista “Capitalismo Revolucionario” que fabricaba sus “escudos” –también tienen primera línea, como le gustaría eso al pedazo de animal– nada menos que en una casa de la UDI. La noticia me sonó algo intrascendente, fachos recalcitrantes ha habido (hay) siempre en la UDI, simplemente busqué el canal de YouTube para ver de qué se trataba la chuchoca. Entonces husmeando por aquí y por allá me topo conmigo mismo dando declaraciones sobre si Socialismo o Capitalismo. ¿¿Qué?? ¿¿Yo?? ¡Pero cómo!


Al parecer, le caigo bien a los fachos.


Porque más allá de la conversación con el líder de ese lamentable grupo (en cuyo video me critican duramente desde la perspectiva del nacionalsocialismo criollo, por salud mental no leo ni publico los comentarios, y no son pocos) algo raro debo tener en la cara, en el modo de vestir, en los ademanes, no sé, ALGO mal hecho que me transforma en target directo de la gente facha. O la menos de Derecha. O el que comulgue con esas ideas. Algo que no sé qué es. A ver, soy chileno bastante promedio, 1.70, flaco, anteojos, no tengo auto, uso transporte público, vivo en el centro, soy de orientación política abiertamente de izquierda, me uno a causas sociales y marchas. Ignoro de qué se trata. Si voy caminando junto a un grupo y están los pacos haciendo control de identidad, el único al que se saltan es a mí. Porque a veces incluso piensan que ni soy de acá y ando solo turisteando cuando en verdad soy producción 100% nacional, mapuche inclusive. Y a la hora de dar opiniones no dejo nada en el tintero porque en mis círculos soy conocido por dejar la embarrada. “Aníbal, va a venir fulano de tal, así que cuidado con este tema” es en realidad el acicate que necesito para recordar todas mis lecturas de la Escuela Crítica de Fráncfort y mi pasada fugaz por la Liga Comunista. Y parece que no les importa porque me siguen convidando a sus leseras donde las empanadas de cocktail, el maní y las papas fritas de tarro al menos son gratis. Solo llevo vino (barato).

Yo para Deutsche Welle, OK

El peak del asunto fue hace un par de semanas cuando los partidos políticos empezaron a sacar sus resentimientos acumulados en contra de la Nueva Constitución invitando abiertamente al Rechazo. Gente que estuvo de acuerdo al principio, pero que a la fecha (oda a la ladinería chilensis) muestran la güiña que siempre llevaron dentro. Ahí saltó el tonto del Capitalismo Revolucionario y su amor por la tradición constitucional legada por la Dictadura bla bla y su cohorte de gente chica y descerebrada que iba marchando porque sencillamente no tenían con qué rellenar las horas, ni tenían plata para ir a la playa. Qué se le va a hacer, una de las exigencias de base es educación de calidad y salta a la vista que el tal Izquierdo se retrasó en la repartija de neuronas. A sus seguidores ni les avisaron. Y tampoco es que me vayan a pescar de la UDI o RN: tengo amigos en todos los sitios, pero nunca he dicho ni hecho nada que comulgue con sus leseras. Al parecer sí con Evópoli…


… Conglomerado de Derecha que se ve a sí mismo como liberal, y que en el fondo es la opción cuica para los de Chile Vamos que estaban a favor del matrimonio igualitario y el aborto. Había un grupo más penquita, Amplitud, pero a falta de representantes se fueron por el W.C. (cómo me caía de bien la Lili Pérez). Entonces Evópoli opina que sí, es necesaria una nueva Constitución ¿Y a qué hace? Publica un spot a favor del cambio donde aparece… nadie menos que YO. ¿Qué? A ver, al Izquierdo efectivamente le respondí sus leseras, sólo lo olvidé, pero jamás he hecho nada vinculado a Evópoli ni a ningún partido político. Ni siquiera es que me caigan mal, ya tengo mis simpatías ideológicas bastante claras. ¿Y cómo es que salgo –salía, ya hubo reclamo– en su propaganda? Porque los muy rascas sacaron imágenes mías de una entrevista que me hizo Deutsche Welle a propósito de los Cabildos Ciudadanos autoconvocados, y chan, aparecí en la propaganda. Lo increíble es que otros aludidos me echaron la culpa a mí. Porque como aparentemente tengo “nexos”, “hilos” y “amistades” en la Derecha, seguro fui yo el sucio traidor quien pasó el dato. Increíble. Tuve que estar desmintiendo una metanarrativa creada a partir de cómo me veo, porque tengo “demasiada” pinta de izquierda… ¿que le gusta la Derecha?

Yo para Evópoli, no, wait!

¿Ojo con quien hablamos y qué decimos? ¿A poner más atención en qué hacemos, qué mostramos, qué llevamos puesto, que música escuchamos? ¿Todo puede ser usado en nuestra contra e interpretado de forma errada? Bah. Yo hago lo que quiero, si nos quitan eso…



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