• Anibal Venegas

Recuento de una década: sonrisas y lágrimas

La semana próxima, por estos días, celebraremos el inicio de un nuevo año y el término de una década. A partir del primero de enero, 2018 será el año antes pasado. Y siempre pensaremos en 2019. Para mal de males la década se inició con el mismo gobierno penca que ahora declara indignado con su estilo Vitacura: como que en verdá, los videos que muestran violaciones a los Derechos Humanos son como que en verdá montajes.

Tarde a mediados de noviembre en el Parque Forestal: seis volúmenes de las obras de Tolstoi –alcancé a ver “Guerra y Paz”– yacían empapados sobre el césped marchito, mientras cuatro grandulones sebosos de Carabineros le daban golpes de puño y pies a un cabro de más o menos mi edad, misma contextura física, idéntica incapacidad de defenderse de una paliza estatalmente bendecida. Casi me dio un ataque de pánico. Y es que claro, a uno en la universidad le enseñan semiótica, Escuela de Fráncfort, qué sé yo, jamás práctica asesina. ¿Y Carabineros no tuvo acceso a pinceladas de cultura general a través de un cursillo de Derechos Humanos? ¿No se debe tener como mínimo cuarto medio? Bueno, los mentados cursillos se metieron por un oído y salieron por el otro. O quizá jamás entraron o se fueron por el excusado junto con los mojones y los pedazos de cartulina y toalla Nova, porque siempre tapan la taza. No hacen nada bien. En cualquier caso, según lo espetado por el gobierno en su corolario de lamentables, estúpidas y patéticas declaraciones, es muy probable que en verdad todo lo visto haya sido un subproducto de mi atrofiada imaginación. Al igual que las balaceras y las lacrimógenas lanzadas al aire con la esperanza de que vayan a dar al balcón de algún edificio patrimonial, ojalá se queme el armatoste de arriba a abajo y los culpables sean los de la calle, los rotos ordinarios de la pobla. ¿Qué podemos esperar de la década que ya se abre camino entre el calor insoportable del cambio climático forzado por las naciones que se rehúsan a ver el asunto como una problemática objetiva y el olor a cebolla podrida de las lacrimógenas? Muy poco.


¿Qué esperaba yo en el verano de 2009 cuando aguardaba el término de la década que se extinguía como la mecha de un cirio?


Por esa época yo era terriblemente ingenuo. Extremadamente naíf. Increíblemente despreocupado. Durante el receso invernal –estudiaba en una universidad que se vanagloriaba de venir influenciando al mundo durante los últimos cinco siglos– los estudiantes volvían en fila hacia sus casas, habían rendido los exámenes finales, algunos se emborracharon en el “German Market” navideño donde también comieron galletas de jengibre, salchichas y haggis. Y tomaron “mulled wine”, la versión elegante de lo que en Chile llamamos Navegado y que aparece cuando nos ataca la gripe. O durante alguna peña. Los más ricachones –la mayoría– se marcharon lejos, muy lejos, para revivir glorias pasadas en el norte de India o simplemente chapotearon en las playas blancas y de aguas color turquesa de Papúa, Tailandia y Bali, para retornar a Aristóteles y Jaakko Hintikka luciendo un espléndido bronceado que contrastara estéticamente con la nieve de George Square y la (paradojal) blancura pobretona de quienes se quedaron en casa, intercambiando baratijas so pretexto de Noche Buena. Yo en cambio me fui a vitrinear campos de exterminio nazi al sur de Polonia. La experiencia me dejó choqueado, sobre todo porque venía llegando de Grecia donde las navidades se viven en invierno con temperaturas del llamado Sur Global. Auschwitz era todo lo que había visto e imaginado y mucho más: no era el pelo y artículos personales de judíos, homosexuales, testigos de jehová, comunistas y polacos decentes asesinados, explotados y violados lo más impactante de todo, sino la certeza de que a eso puede llegar la humanidad, die menschen. A menos de un kilómetro está Birkenau, la ampliación del aparataje nazi para ir metiendo al resto de la judería deportada desde el resto de Europa en el contexto de la llamada “Solución Final” a cargo de Adolf Eichmann, a quien Hannah Arendt tildó de “banal” y “corrientón”. Polonia me pareció frío y triste y por fortuna pude olvidarme de todo en Ámsterdam, donde fumé y probé sustancias que en Chile son ilícitas. Las bombas lacrimógenas son muy lícitas y absolutamente no perjudiciales para la salud, como las que tiran frente al hospital Regional de Temuco, de cara a Oncología.


Ok, los llamados privilegios que a uno lo aturden más de la cuenta. Comfortably numb. Imposibilitado –en 2009– para votar desde el extranjero, descargué mi rabia del triunfo de Piñera, reafirmado en la segunda vuelta de 2010, escribiendo posteos en Redes Sociales que leían y compartían mis amigos y hasta ahí llegamos. Porque claro, mi vida siguió entre libros, viajes y varias copas de vino tinto, única cosa chilena que echo en falta cuando estoy fuera. Recuerdo al gran Pedro Lemebel apareciendo en un rally concertacionista pidiendo, contra todas sus creencias de paria cultural y espíritu rock & roll, que votaran por Eduardo Frei y que no vuelvan los fachos. Pero el argumento del retorno de la Derecha pinochetista como un peligro para la Democracia no caló muy profundamente, la dictadura fue hace décadas, qué es eso, eso es de resentido social, andar reclamando leseras por favor, atinen, cacareaban a los cuatro vientos las voces agudas y conservadoras de los indignados fachos pobres con su CH alemana, incluso las voces roncas UC de quienes estudiaban un máster en Estados Unidos con becas repartidas por la Concertación, gentileza del presupuesto nacional que sale del bolsillo de todos.


Inicio de 2010: Terremoto devastador y posterior unción del nuevo soberano que prometía el “cambio”. Las dos cosas me dolieron bastante, aunque el terremoto me provocó pánico, lo de Piñera, visto dese fuera, solamente rabia. Si al Senador Jaime Quintana lo hicieron papilla por hablar de la “retroexcavadora” –actualmente validado por la imbecilidad del oficialismo–, nadie rasgó vestiduras cuando los ministerios e instituciones públicas empezaron a vaciarse para dar cabida a los rostros empolvados que combinaban mejor con las simpatías del nuevo régimen, donde abundaban (y abundan), por supuesto, apellidos del tipo Larraín, Lyon, Costabal y Errázuriz. Pura casualidad no más. El cierre del diario La Nación importó menos que un pedazo de madera podrida. El inicio de la década empezó con los famosos 33 rescatados desde las profundidades de la precariedad laboral: no hubo presidente, no hubo soberana, no hubo restaurante, no hubo boîte donde Piñera –apodado Piraña– no exhibiera el famoso papelito, con el sujeto y el predicado invertidos demostrando así el fracaso del aparato educacional pero que llenaba de orgullo al mandatario, no obstante los ruegos de su señora: no lo muestre.


El Clinic comenzó a editar la vulgaridad cultural del gobernante y su inclinación hacia el vocabulario escatológico en tomos navideños muy coloristas y divertidos llamados socarronamente “Piñericosas”. Qué humorada, para partirse de la risa en verdá. De esa forma nos acostumbramos al mal hacer como política de Estado pero, bah, el dueño del diario es pariente del Hombre y además estuvo en el “Verbo”. No hay publicidad mala, dicen. Entre bueyes no hay cornada. Dicen.


2011.


Como si se tratara de empresas, el “negocio” de la educación falló rotundamente y nos topamos con el escenario grotesco de Universidades que se fueron a la “quiebra” porque ni con los créditos universitarios con aval estatal (CAE, creación del “elegantísimo” Ricardo Lagos, en términos Mary Rose Macgill), pudieron salir a flote capitalista. O sea, los futuros ingenieros en turismo y sus respectivas deudas no sirvieron para contentar a los dueños de los centros de educación superior: la plata era insuficiente para que los de la junta directiva se sacaran otro departamento en Miami con mansarda y vista a la playa, dos pastores alemanes, un Volvo y nana filipina. El cierre era el destino inexorable, hay que invertir en otra cosa, por ejemplo, medicamentos. Y claro, nos enteramos que nadie velaba por la calidad de lo que allí enseñaban, lo importante era educar a la masa mediocre con contenidos mediocres para obtener dos cosas: 1) obligaciones financieras con la banca privada y 2) estancamiento social en modo opción propia con miras hacia la mediocridad. Los pobres flojos eran los culpables de su desgracia. Chile es un país de emprendedores que hacen ricas mermeladas y teteras de cerámica Grez con sus respectivos sombreritos de lana tejidos a mano, si la gente falla es porque es tarada. Rápidamente los estudiantes se organizaron y reclamaron y espetaron rabia a los cuatro vientos y fin a la LOCE y que se vele por la calidad y entonces Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric y otros tantos saltaron como figuras contraculturales que jamás de los jamases se mezclarían con la élite política por una cuestión de principios éticos. El gobierno, a pesar de tener las rentabilidades más altas de la historia a través de los llamados commodities, es decir, el cobre, explicó que era imposible gestionar un sistema de educación gratis porque no había plata así que, como medida para solucionar las demandas ciudadanas, las cosas se quedan igual que antes y vivan los aplausos y miles de focos. Porque el Estado es un ente fantasma según ora la constitución: cuando el Mercado no pueda regularse solito, ahí recién empieza a meter la cuchara.


Llegamos a 2012: protestas masivas por Punta de Choros y las pretensiones de construir hidroeléctricas en reservas naturales. Aparecieron en escena gente como Iván Fuentes, bueno como el pan con margarina espolvoreado con azúcar, defensor de los pobres pescadores sureños, que pronto sería convertido en diputado gracias al patrocinio y venia de la Democracia Cristiana y que una vez en el puesto se gastaría la plata en teléfonos celulares mientras votaba a favor de las pesqueras extranjeras en detrimento de sus antiguos (ahora sucios, tontos, lerdos) colegas. Víctima de las circunstancias. Qué se le va a hacer. Ahora es un ermitaño, retirado del asqueroso juego de la política. Eso duele.


¿Y 2014, 2015, 2016? Curiosos atentados “terroristas”, bombas repartidas al azar y ninguneo al aspecto físico acaparaban todas las portadas de diarios y revistas cada vez que la presidenta trataba de abordar el matrimonio igualitario, Asamblea Constituyente, fin al lucro en la educación y un larguísimo etcétera. Hasta echaron a la Helia Molina por decir que las cuicas abortaban en las clínicas. Cómo se le ocurría a esa mala madre de la Bachelet hablar tanta lesera, era evidente su pretensión bolchevique de conducir a Chile al sino venezolano. Piñera nuevamente y su discursillo sobre los tiempos mejores, con propaganda televisiva donde se le veía con la camisa arremangada, tal como los patrones de fundo, y relojes de plástico –sobriedad del Chile republicano ante todo–, ad portas de arreglar lo que con tanto esfuerzo se había logrado en Chile y que ahora estaba en evidente peligro: el rascacielos más alto de Latinoamérica que salvo por su mall está casi totalmente hueco, mansiones millonarias rivalizando por cuál tiene el mejor jardín establecido, la apertura de H&M con alfombra roja, el distrito de lujo del Parque Arauco y la bandera e himnos más importantes del mundo entero. Ah, y el Festival de Viña. Eso no puede peligrar, los jaguares del continente no deben sucumbir a otro gobierno de ultraizquierda.


Es necesario meter a Piñera, pero que no haga mucho, más bien lo mínimo, simplemente que se quede ahí y asegure la continuidad de Chile Vamos y sus pretensiones espirituales a favor del crecimiento propio y en contra de la realización personal del “pueblo”, a quienes se apeló de todos modos, un voto es un voto jejeje.

Los Aliens fueron los protagonistas indiscutibles de 2019

El chiste alcanzó a durar hasta el 18 de octubre del año 2019 cuando luego de la negativa de bajar 30 pesos al pasaje de metro (eso dañaría la economía de Metro, la de la gente daba igual), el pueblo, PUEBLO, salió a la calle y por fin se atrevió a decir: basta. Yo continúo viajando y leyendo y escribiendo, pero ¡Qué maravilla poder caminar por la Alameda en masa, y gritar a voz en cuello! No mediocremente, sino con actitud crítica y ganas de lograr eso que en Grecia llamaban eudaimonia, florecimiento humano. Porque resulta que a varios nos tenían más que chato los Larraín, el “en verdá, como que en verdá”, la subvención estatal del negocio de las universidades y de la atención hospitalaria, las pensiones de hambre, y sobre todo, la desigualdad. Y esta vez, como siempre, el gobierno de cuicos que vive en el lado oscuro de la Luna, no supo predecir la catástrofe que se le venía encima apagando el incendio con bencina no una, sino dos, tres, cuatro, nueve veces. Se creyó que el cierre del penal Cordillera era la última concesión a las demandas de los rotos de población, error nivel Marcus Linicius Grassus. Ahí están cambiando gabinetes, reformulando leseras, pasando días buscando un sinónimo para la indeseable y repugnante palabra Asamblea. ¿Qué sacaron con fotochopearle la cara morena a la Pérez o meter a la Olivera en el parlamento? Nada. Absolutamente nada. Ahora, por supuesto, se quejan porque los bribones de siempre se disfrazan de manifestantes y hacen pebre la ciudad. ¿Y qué querían después de estirar el elástico hasta romperlo en mil pedazos? ¿Luego de mirar otra vez la estrategia nazi y lanzar militares a la calle con Toque de Queda incluido? Chile no despertó porque nunca estuvo dormido. La gente estaba tratando de sobrevivir y el fin de esta década es la antesala de otra nueva donde por fin el miedo ya no se transforma en una camisa de fuerza. No se crean los zorrones con MBA de Wharton que la pascua y las fiestas de año nuevo serán la ansiada oblea china para la jaqueca provocada por la gentuza ordinaria. Confío en que 2020 será un gran año. Para los no conformes.


PD: alguna vez tomé un curso de psicomagia y tarot con Alejandro Jodorowsky. Pronto mis predicciones del 2020. El Tarot es más confiable que el segundo piso de la Moneda.


PD2: No todo fue malo. En 2012 tuvimos a Björk y The Wall y este año vino Patti Smith a iluminarnos con su talento oceánico.


Toas, toas quieren hablar con el Presidente

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