• Anibal Venegas

¿Seré Camp?

Últimos días en Nueva York. Mientras terminaba mi “running” por Central Park, me topé con un letrero: “Camp at the MET”. Diablos. Se me había olvidado por completo. La última exhibición del Museo Metropolitano (MET) que todos los años instala una alfombra roja en su espléndida noche inaugural para que las estrellas se muestren al público en los más diversos atuendos, normalmente haute couture, porque el evento es auspiciado directamente por Conde Nast, la editorial propietaria de la revista Vogue. El año pasado la muestra fue “Fashion and the Catholic Imagination”: el 2019 está consagrado en cuerpo y alma al Camp, que es algo así como el mal gusto y la ironía en la misma juguera. Una transición bastante acertada.


Cada vez que viajo a Nueva York, mi parada obligatoria es el MET. De vez en cuando me salto el MoMa, pero el MET debe estar incluido en el itinerario sí o sí. Es casi como respirar o comerse un pretzel repleto de sal en la vía pública. Junto con el Museo de la Niñez de Edimburgo, el Museo Van Gogh de Ámsterdam, el Areópago de Atenas y las Iglesias de Santa María de la Vittoria en Roma y Santa María de la Gracia en Milán, el MET es mi ultra-mega-favorito. He ido tantas, TANTAS veces, que en cada nueva visita solo reviso alas específicas para buscar un cuadro o una escultura particular y desde luego la exhibición auspiciada por la revista Vogue que normalmente dura entre mayo y septiembre. Las cosas han cambiado: antes uno pagaba lo que le diera la gana (50 centavos, 1 dólar), ahora se pagan los veintitantos. Si gusta puede saltar la fila, ir a las máquinas de venta de tickets y pagar 12 dólares, tarifa estudiante.


Ábranse las puertas de ingreso tras los sucuchos donde entregan el ticket que debe pegarse en la solapa del abrigo o camiseta –dependiendo de la tolerancia al calor, bien puede dejar todo en la cloakroom– y aparecen los sarcófagos del periodo egipcio, bustos griegos y romanos, vasijas y otros cachivaches. Contrario al MoMa, donde la sofisticada audiencia va vestida como para un desfile de Saint Laurent, el MET es 100% turístico. Sin vergüenza ni reparos. Entre ala y ala emergen Gift Shops, baños públicos y cafeterías. Y por supuesto, aparecen detrás de las puertas la multitud de asiáticos con sus cámaras, chilenos, australianos, ingleses y franceses a quienes hay que capear, parapetándose uno con decisión frente a lo que anda buscando porque de otro modo la pintura, escultura o instalación es raptada por el ojo turístico que quiere llevarse la foto a casa o derecho al Instagram. ¡Cómo se abocinan las boquitas de la familia occidental frente a la selfie con el autorretrato de Van Goh! La felicidad del viajero versus la creación de la mente bipolar, pero qué importa, hay que mostrar la experiencia a toda la parentela que no pudo permitirse el viaje y que solo se contentará con un par de llaveros, imanes para los electrodomésticos y si tienen suerte, una cartera fea con el logo “I <3 NY” que sirve para manifestarle al mundo exterior que uno está de una u otra forma conectado con la gran ciudad y la alta burguesía.


Yo no compro nada. O casi nada.


Como todos los años cambio de hobby, en 2019 me he obsesionado con el estudio de los fouettés, ese complicado movimiento en el que el bailarín o bailarina gira sobre un pie en releve con la otra pierna en 90 grados y la mirada fija en un punto invisible. Mi intención primaria era examinar los estudios de Degas que en la magnífica colección del MET incluye pintura, litografía, bosquejos y esculturas. Todo en torno al ballet. Sin embargo, el lugar destinado al Camp este año lo situaron en el ala 9 del segundo piso. El año pasado fue en el primero, entre los tesoros de la iglesia católica medieval que guarda el museo. Atravesando armaduras, trajes de la dinastía Ming, recreaciones de salitas de té, un sarcófago egipcio con esfinges y espejos de agua incluida, pasillos, gift shops, ascensores y galerías con el nombre de algún ilustre (porque absolutamente TODO lo que hay en el MET fue donado por un multimillonario local), aparece ante mis ojos una habitación pintada de rosa con letras de neón donde se lee: Camp. ¿Qué había allí? Empezando por el célebre zapato de Luis XIV, cuadros de su hermano –ellos fueron pioneros en cultivar el estilo–, óleos del Caballero/Madame D’Éon, la correspondencia de Oscar Wilde y múltiples ensayos y videos de Susan Sontag, casi todo eran vestidos, vestidos y más vestidos. Pero no eran “cualquier vestido”: se trataba de confecciones tan sobre-híper-elaboradas y saturadas de plumas, piedras preciosas y de artificio, inspiraciones en tarros de café, leche condensada y sopa de tomates, que en lugar de recrear la impresión estética de “Wow” lo primero que se viene a la cabeza es “Why?”. Porque lo Camp es el cruce directo entre el mal gusto, intencional o no, y el coqueteo descarado con la ironía. Algo así como la recreación que hacen las teleseries mexicanas sobre los millonarios, donde la señora de la casa, vestida en traje de dos piezas de los años 80, cachetea a los “criados” o una iracunda Soraya se mete a golpear a la lisiada y sus emociones contenidas por el virginal Nandito.


El célebre zapato del Rey Sol

La exposición, auspiciada por Vogue y la marca Gucci, es de las mejores que he visto este año y sin duda educa a cualquiera que vaya a inspeccionar pieza por pieza la historia del Camp, término hasta ese momento desconocido por mí. Sin embargo, no pude evitar preguntarme ¿Seré Camp yo también? Observando mi vida personal, lo que antes me parecía divertido y a la mayoría, excéntrico, hípster o freak, se acerca “peligrosamente” a esa intersección entre lo horrible y sobrecargado y un toque socarrón para reírme un rato de mí mismo. Y de los demás. Vamos a ver.


Primero, datos personales: soy soltero, libre, estudié carreras completamente inútiles para el mercado, duermo tres horas diarias, corro un circuito de 20 kilómetros y escupo en la calle, tengo fobia a subir escaleras pero no a bajarlas, modales impecables en la mesa, me uno a causas perdidas de Derechos Humanos y medioambientales, uso perfume Happy de Clinique porque es de color naranjo y me recuerda a Londres. Y segundo, porque ahí está, dentro de mi armario, la evidencia “fashion”: cientos de sombreros en todos los diseños y colores posibles –los colecciono desde el año 2000–, chaquetas de seda y poliéster, de falso cuero que evidencie claramente el plástico, calcetines verde neón, anteojos de colores furiosos, pantalones negros, amarillos, kurtas de algodón de India, Bangladesh, Pakistán y Sri Lanka, bolsos, zapatillas fucsia, morrales indígenas, billeteras de logo y sin utilidad porque nunca tengo un puto peso. Y lo uso todo. Y claro, siempre hay alguien dispuesto a hacernos entender nuestro lugar en la vida. Regresé hace un par de días a Chile, me pongo mis anteojos de sol “oversized” rojos montados en un marco dorado y alguien me grita “Ella, la Iron Man”.


Anteojos multicolores, sombrero africano: Camp!

Pero tal vez no debiera usar el término “peligrosamente” … ¿Y si lo Camp fuera una forma de subversión estética y a la vez política? Varios creen y asumen que por la forma en que me visto, o trabajo en una revista de modas, o soy muy valiente, o soy comunista (Santiago de Chile) o soy muy excéntrico, o tengo mucha personalidad, o soy gay. O todo eso junto. Los más simpáticos me tratan de “alternativo”. ¿Y cuál sería mi motivación? Ninguna otra que exhibir alegría, sí, pero a veces también incomodidad, y por qué no, desdén, humor negro, desprecio, autoconfianza, desparpajo. Porque en cuestiones de estética, la opinión pública se puede ir por el W.C. Todavía recuerdo cuando me echaron de la Catedral de Santiago por andar con mi extraordinario sombrero de junquillos y cuero de vaca traído directamente de Burkina Faso, y que yo usaba únicamente para cubrirme la cara en un verano de 32 grados Celsius. No quería ofender a Cristo ni nada por el estilo. Dentro se persignaban los curas y sus faldas y su beatitud de mentiritas. “Entonces lo Camp no es tan malo” pensé cuando terminé de examinar la exposición, que, dicho sea de paso, re-examiné dos o tres veces.


A la salida del MET fui a husmear en la Gift Shop y compré un libro estupendo que recién empecé a leer, escrito por un académico del King’s College de Londres, Madison Moore, titulado “Fabulous: the rise of the beautiful eccentric”. Lo recomiendo vehementemente y sin reservas. De tapa dura exterior negra, con imágenes suaves y multicolores. Un libro escrito para mí. Porque en la exacerbación desmesurada de mi individualidad que a menudo exhibo en la ropa, sí, pero también en mi humor negro y políticamente incorrecto, en mis intervenciones públicas (que las hay), mis columnas de opinión, mis conversaciones en otros idiomas, mi activismo político y social, siempre, SIEMPRE salta el sujeto disconforme. Aquel que no está de acuerdo con las pautas establecidas de lo normal y que por lo tanto crea las suyas.


El libro es una celebración de ese tipo de sujeto y que el autor enmarca en los límites de lo Queer. Desconozco si soy o no soy Queer porque a la fecha me siento identificado con el sexo y género que se me asignó al nacer. Quizá cambiaría mi nombre de pila, porque solo en español es pronunciable: Aníbal, Anabel, Hannibel, Hannibal, Anibol, Ani. Pero en ese desprecio por la Norma que se traduce en una actitud interior que debe reflejarse en la exterior y que Moore ensalza en todos los niveles posibles, yo me siento total y absolutamente a gusto. ¿Para qué hacer y actuar como el resto a fin de “caer bien”? ¿Por qué razón voy a acallar mis pensamientos oscuros –normalmente infantiles y superficiales, pero también profundos e idealistas– para que el otro y la otra queden satisfechos y así yo pueda acceder al mundo de ellos, suprimiendo el mío? Incluso mi hermana, una figura elegante y de coeficiente intelectual de no sé cuánto y vaporosa y con una voz que huele a limones y a chocolate y que normalmente me alienta a que haga y diga lo que se me de la real la gana, sin límites, la semana pasada dijo:


- Anda, toma, llévate este impermeable que ya no me gusta para que se lo des a mi mamá.

- No, a mí me queda perfecto.

- Pero es de mujer…

- ¿Y qué?


No todos queremos ser distintos y para algunos resulta más fácil meterse en la maquinaria de la normalidad, esa que Erich Fromm tachaba de “patológica”. Quizá es un lujo que pocos podemos permitirnos y a lo mejor está bien que así sea. ¿Mi impresión luego de haber visto Camp? Haz lo que se te venga en gana siempre y cuando no estés tratando de herir los sentimientos del resto. Así yo me lanzo rio abajo en mi botecito de celofán púrpura con la convicción de que estoy haciendo algo impredecible e incomprensible para mí y para el resto, bah, se siente tan bien. ¿Y cuáles serán mi destino y futuro al hacer eso? Tal vez navegar por siempre.


P.D: La exposición Camp incluye objetos cedidos por Jorge Yarur, el multimillonario chileno despreciado por la “aristocracia” local dados sus orígenes no-nobles (¡!) y a un escándalo bien sonado en los medios a propósito de la repartija de una herencia. Está bien que su nombre se ubique en lo Camp, es demasiado para la decadencia chilena.



  • Black Facebook Icon

©2019 by Opina Santiago