• Anibal Venegas

Viviendo la Fantasía. Parte VIII

El final de una estación y el inicio de otra en la Granja. Extranjeros, lecturas a la luz de las velas, recogida de forraje para los animales, composteras de última generación, amistades recién pactadas, "¿Te puedo agregar en Instagram?" Y si te he visto no me acuerdo. Prefería a los indios y sus cuitas. Aún cuando Sunil y Kamal se burlaban de mi ridículo sombrero adquirido en África meridional, eran más atentos que los europeos anticapitalistas. Duchas diarias que en realidad eran baldes de agua sucia, perros rabiosos, murciélagos de la fruta, cobras extraviadas, narraciones repetidas hasta el infinito respecto a qué se come en tal y cual país, donde simplemente no se respetan las leyes de la ecología orgánica. Faltaban semanas para pactar un auténtico encuentro con Vandana Shiva. Pero estaba Biji, la anciana que recolectaba semillas y las conocía de memoria. Nos separaba la barrera de la lengua pero ella hacía lo imposible por traspasarnos su exuberante sabiduría contenida en unas manos estropeadas por la artritis y el trabajo doméstico y ahora con la dura tierra de la selva de Uttarakahnd.


El trabajo de la Granja: un ir y venir de actividades ordinarias y repetitivas. Empezaban nada más abrir los ojos. Yo era el único que dormía con el mosquitero puesto arriba de la cama y metido por debajo del colchón, porque es la barrera no contaminante que le pone coto a la Malaria en casi todo el sudeste asiático y la África subsahariana, aunque en teoría la mosca del género Anopheles no puede volar tan alto y la Granja estaba a los pies de los Himalaya, en el Doon Valley. Los repelentes contra mordidas de insectos también resultan inútiles: la piel se agrieta, se desprende de los tejidos esenciales que envuelven a los músculos y cae como arena sobre las sábanas de retazos de saco harinero. En caso de haberlas. En Agra y Varanasi los peregrinos duermen donde los pille la noche y por cien rupias es posible acomodarse entre las cacas de ratón, neumáticos llenos de parásitos, cupones de sorteo y un fuerte olor a axila en un lugar que osa llamarse “habitación compartida Deluxe”. Allí los extranjeros son felices porque ellos se contentan con poco, no, con una pizca, el sobrante del despilfarro asiático se queda estancado en la forma de una cuenta de ahorros del HSBC que servirá para costear los estudios de maestría que permiten efectiva y objetivamente participar de la economía doméstica primermundista. La licenciatura no vale mucho, salvo que uno quiera consagrarse a una vida entera en Starbucks, escribiendo con estudiada mala caligrafía el nombre de la sueca, el noruego o el inglés que exige su café Tchai cuyos granos provienen del comercio justo, que representa un porcentaje importante del PIB de Etiopía. De esa última pesadilla únicamente se salvan los judíos negros que emigran hacia Israel, donde felices barren las calles, riegan las plantas o frotan baños públicos con el paño de arrancar mierda.


Por la cama de en frente habían pasado: Federico, un francés con aspiraciones tibetanas, un griego, un polaco. Ahora dormía Gareth, cuyos pies sobresalían del colchón. Yo quedaba mirando los míos que ni siquiera lograban llegar a tocar la punta del armazón de fierros llamado “marquesa”, porque claro, la estructura ósea del “Sur Global” de mi generación se estancó en el promedio 170 centímetros. Al canadiense había que agregarle 18 centímetros extras, lo mismo a Emma y sus piernas que lucían brillantes en las resplandecientes páginas de la revista Vogue acompañadas de carteras y accesorios de la casa Chanel. Hasta la llegada de esos dos, yo solo me estaba concentrando en la pérdida inexorable de peso, pero a esas alturas como fin en sí mismo: adelgazar por adelgazar, for the sake of it. ¿Me estaba ayudando a mejorar mis alicaídos niveles de autoestima? No lo sé. Tampoco es que me quedara otra alternativa. Salvo cuando vinieron de la BBC a grabar pedazos de un documental sobre biodiversidad, la visita del Príncipe Carlos y la Duquesa de Cornualles y las inspecciones azarosas de Vandana Shiva quien recorría el mundo entero congregando rebeldes contra la expansión capitalista, en la Granja se comía lisa y llanamente mal. Ni idea qué hacían con el dinero que le sacaban a los visitantes. Yo me costeaba el jengibre y el limón, el resto corría por cuenta de Sunil y los cocineros cuyas siluetas se perdían entre las luces de los faroles alimentados con energía solar, corriendo con bolsas llenas de frutas y verduras que venderían en el mercado de campesinos. De esta forma mi pantalón cargo se parecía peligrosamente a la ochentera falda pantalón, ese armazón de tela que usan en el video “Xanadú”… a place, where nobody dared to go. Y al cinturón no le estaban quedando espacio para agujeros. “¡Mierda!” exclamé una mañana, cuando tuve que amarrar una soga a la cintura para que no se me cayeran al suelo. ¿El secreto? No comer y trabajar. Mucho.


Y ahí estaban mis nuevos amigos. Me parecía increíble que gente tan bonita estuviera en esos precisos momentos ayudándome a rellenar sacos con forraje para animales sagrados. Las restricciones propias de la cultura india impedían que Emma usara minifalda o pantalones cortos y que Gareth se quitara la kurta absolutamente empapada de sudor. Yo aún vestía mi camiseta de “I <3 Tel Aviv” escrito al revés y que ya iba en su cuarto día de uso. Ahora, de pronto, me había empezado a atacar la vanidad y me rondaba la idea de que, quizá, tal vez, en una de esas, yo también podía ser “bonito” a pesar de que desnudo aún notaba la abultada panza. Gareth parecía miembro de los Strokes mezclado con todos y cada uno de los elementos de la belleza occidental: ojos azules, tez perfecta, pelo ensortijado con tonalidades doradas y rojizas. Y Emma… ¿por dónde empezar? No solo era el tamaño, el cuerpo y la forma de coger las cosas como si estuviera llenando los sacos con orquídeas perfumadas: al igual que Gareth era hermosa más allá de lo que comprende la palabra, el pelo lustroso, el cuello largo, los ojos de una tonalidad violácea imposible.


El problema de algunos gordos (y encima bajos) es que somos algo resentidos. Y el problema de los resentidos es que tratan de desprestigiar al otro a partir de lo que ellos mismos no tienen pero que morirían por tener. De ahí que mi época de cúspide sebosa coincidió con un desprecio ridículo y vulgar hacia todo aquel que fuera o luciera mejor, atribuyéndoles una superficialidad y estupidez inherentes, porque está claro que, si se es tan bien parecido, la naturaleza no puede ser injusta y encima haber dotado de vasta agudeza intelectual al prototipo de belleza masculina y femenina. Imposible. Y ahí estaba yo, juzgando desde mi invisible atalaya: ese, ese que está parado ahí, no tiene nada en la cabeza y demás está decir que su forma de entender el mundo es completamente absurda y carente de sentido. Y sin que se oiga: ¡Cómo me gustaría verme así, para que otra gente bonita reposara sus ojos en otra cosa que no fuera mi “supuesta” inteligencia y mi enorme barrigota!


Porque sumado al resentimiento va la idea que, a mayor escasez de atributos físicos agradables al ojo humano, es necesario, no, es VITAL saberlo ABSOLUTAMENTE TODO y que se enteren en la China. Cuando pienso en mi época de gordito, cada año va de la mano de su respectiva obsesión. ¿2010? Todos los diálogos de Platón leídos y algunos memorizados, incluyendo los que parece que ni fueron escritos por Platón. ¿2011? La obra completa de Henry James revisada, los sarcásticos austríacos y ejercicios de meta-lógica, es decir, la lógica de la lógica. ¿2012? Ahí me fui de bruces al suelo. El mundo entero sentenció de forma inmisericorde: usted ha descuidado el cuerpo, usted no obtendrá el puesto para el que sus pretensiones superan sus condiciones. Ahora acarreaba pasto seco y heno junto a este dúo de personajes que no solo eran altos, delgados y espléndidos físicamente, sino además inconmensurables a nivel de patrimonio neuronal. E Intelectual. Porque encima eran graciosos. Estaba enamorado de la unidad que representaban, extranjera, suave, lisa, sin límites. A mí no me quedaba otro camino que “tratar” de verme bien con la ruina de harapos que usaba a diario y los resultados eran a menudo lamentables. Me cepillaba dos veces los dientes, usaba mis anteojos de sol italianos mientras ahuecaba las pesebreras, quise dejarme la barba de “tres días” a lo italiano, hasta que en la calle me preguntaron algo en urdú y me afeité en menos de quince minutos provocándome serios cortes e irritaciones cutáneas.


Nos unían los intereses intelectuales y espirituales y el desprecio por el aseo personal. Si cuando llegué a la Granja la califiqué como porqueriza –es decir, aquí no pueden vivir seres humanos, no wait, el olor viene de ellos, holy cow!– ahora estaba contribuyendo objetivamente a la podredumbre. Ni Gareth, ni Emma (que se pasaba todas las noches en mi habitación charlando) ni yo éramos de ducha diaria. ¿Para qué? Al día siguiente habría que rellenar sacos y más sacos, preparar el curso sobre Gandhi que vendría próximamente; parapetarse en el escondrijo de menjunjes aromáticos, trajes de diseño o camisetas nuevas era una estupidez. Por primera vez tenía público para mi cháchara respecto a cómo Sócrates trataba inútilmente de comprobar la inmortalidad del alma en el Fedón. O sobre la agudeza que requiere distinguir al Nietzche original del alterado por su hermana Elizabeth cuyas pretensiones nacionalsocialistas le hacían creer que el superhombre, el übermensch, era el proletario alemán atosigado por la rapiña judía internacional. Gareth me regaló Orlano de Virigina Woolf. Cuando lo terminé en menos de un día salí a correr por los campos de arroz, convencido que me enamoraría de la primera estructura humana que se me cruzara por delante y cuyos efectos durarían trescientos, cuatrocientos o tal vez noventa años, mientras resoplaba exhausto bajo la sombra de uno de los mangos, contemplando el cielo girar a millones de kilómetros por hora, en una danza vertiginosa de constelaciones y estrellas fugaces.


Mientras hacía los platos en la parte trasera del comedero luego del “almuerzo” (desde que llegaron mis nuevos amigos, volví a comer tres veces al día para no perderme ninguna discusión), cuidando de quitar los restos de sopa verde con papel de diario para no arruinar la compostera, Nora me explicaba que se sentía fatal porque a pesar de los beneficios de la socialdemocracia alemana, ella no estaba decantando en nada concreto. Se habían mudado de Surrey a Berlín cuando tenía nueve años. Y en Berlín participaba en un proyecto Waldorf que no podía aprovechar correctamente porque no había ido a la Facultad.

- ¿De verdad?

- Sí, nunca fui. Y aquí todos han estudiado algo, todos saben algo, tú lo sabes todo, Aníbal…

- Cómo se te ocurre…

- Bueno, en las noches se escucha lo que hablan ustedes, o sea, tú, Gareth y Emma. Entiendo apenas la mitad…


De pronto, una figura elegante y reconocible a seiscientas millas náuticas, se nos unió en la pila de la vajilla sucia. Vandana Shiva:


- Ir a la universidad no es un fin en sí mismo y no creas que te servirá de mucho. ¿Sabes lo que dicen de mí? Que soy una esencialista. Porque se me ocurre defender la sabiduría ancestral de mujeres abusadas por el patriarcado, mientras el patriarcado es el que mete la idea que hay que educarse para la vida. Una vida sin ningún otro sentido que explotar el planeta. A la vida, escúchame bien, se viene a vivir en conjunto con todo lo que vemos aquí, los grados académicos no importan. A los que me llaman esencialista deberían visitar y recorrer Navdanya para conocer realmente los logros de esas mujeres ¡Imaginen! ¡Quitarse el yugo opresor del capitalismo patriarcal! ¿Y estudiaron para eso? Nada. Así que no te preocupes que tu turno llegará, y tú, filósofo, ¿Cómo vas con lo de Gandhi? Recuerda que es muy posible que tengamos al Dalai Lama…

- Yo sí, voy muy bien. Gracias doctora Shiva.


La figura amplia y multicolor de mi jefa se perdía entre las varas de nardo y los junquillos del pantano adyacente, porque le gustaba inspeccionar la Granja a la hora en que todos estaban haciendo la pausa para el tchai después de comer. Nora:


- Wow, no solo es brillante, da buenos consejos

- Así es…

Bueno, cada quien a sus puestos de trabajo. Yo a las tolvas de heno, pienso y hierba, Nora a coser más sacos con retazos de otros sacos. La circularidad y la reutilización de materiales. Don’t throw away, repair. Esa era la consigna.



Ya habíamos terminado de llenar los últimos sacos y ahora tocaba ir a dejar todo eso al otro lado de la Granja. Gareth, Emma, Patricia y yo nos sentamos arriba de nuestros logros personificados en la forma de un cerro de hierba para el ganado hambriento. El vehículo avanzaba lento sobre el camino irregular, porque una inesperada lluvia se había dejado caer la noche anterior, redundando negativamente en la integridad del camino de barro y hojas secas. De la tierra se desprendía un vapor caliente que nos hacía sudar todavía más. Qué importaba eso. Mientras atravesábamos los sembrados de arroz basmati cuya extraordinaria belleza se atribuía a una terapia de healing por parte de una activista surcoreana afincada actualmente en la prefectura de Nagoya, cercana a Tokio, volaban por encima de nuestras sucias cabezas una multitud de murciélagos del “viejo mundo”, cuyo tamaño era idéntico al de un perrito faldero con alas. “En Australia los llaman zorros voladores”, me explicó Emma. Más allá lo girasoles estallaban en pigmentos amarillos y cuando el tractor dio un brinco ¡zaz! aparecieron miles de cuervos y al otro lado, sonriente, estaba Anna haciéndonos una fotografía con su mega Canon modelo Rebel 2000, junto a Margot y Benita, la hija de uno de los campesinos que cuidaban las pesebreras. “Aquí he venido a parar” ...


… “Allí fui a parar algún día” pienso cuando veo la fotografía que tengo guardada entre las páginas multicolores del único diario de vida que he escrito desde la primera hasta la última página y que compré en algún bazar de Sri Lanka. Siempre viaja conmigo. Y ahora, cuando camino entre edificios de acero y cristal rodeado de tiendas a las que se entra solo si se va bien vestido, de Nueva York, de Londres, de Santiago de Chile, pienso en lo sucio y despreocupado que estaba mientras iba atravesando esos campos que emulaban el Trigal con Cuervos de Van Gogh. El perfil de mis amigos era roto por el sudor que bajaba desde la altura de las sienes hasta el cuello, mientras el enorme sol anaranjado del norte de India bañaba los campos y los bosques, y los perros que zigzagueaban entre los junquillos de los charcos recreando una increíble y única impresión estética, porque los lodazales indios han estado allí durante miles de años. Ayayay, es el efecto de India: cuando uno llega, lo odia, cuando uno se va –porque siempre se va– se queda atrapado en el pecho como un grito ahogado o al menos contenido y para siempre por los siglos de los siglos, porque uno está seguro que a pesar de toda la inmundicia, a pesar de las castas, del bullicio estridente de las motocicletas, es en India donde se queda el corazón, donde uno sabe con toda certeza que es posible enamorarse como un adolescente, sin reparos, sin reservas.

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