• Anibal Venegas

Algunos efectos de la hierba

Cuando al cabo de seis meses mis actividades en Navdanya y la Universidad de la Tierra concluyeron, me pasé una buena tanda en Rishikesh, la capital del yoga, donde los peregrinos occidentales se reúnen en cada esquina para intercambiar secretos respecto a tal o cual Ashram. Y, sobre todo, dónde están los afamados centros de belleza que ofrecen abiertamente y sin reservas el secreto de la eterna juventud. Nadie quiere acabar sus días luciendo un mapa de arrugas ni mucho menos en el temido Asilo de Ancianos, subiendo y bajando escalones de altura mínima para alivio de los gerontes. Frente a la German Bakery, al otro lado de Laksham Jhula, habían colgado un cartel inmenso donde ofertaba sus servicios un maestro con 105 años de experiencia en el rubro de la meditación trascendental. De momento, yo prefería absorber la experiencia de lo que estaba viviendo junto a mis personajes favoritos, Gareth, Emma y Patricia, esta última, la única a quien he vuelto a ver una y mil veces, casi siempre en algún garito neoyorkino del Upper East Side. Dos o tres veces al año, entonces dos vasos de wiski tintineando con el fox-trot de fondo, quizá alguna pareja dando vueltas en círculo en algo similar a un baile, pero en verdad, casi todos metidos en sus propios asuntos. Si no llueve, un cigarrillo compartido en las afueras, de espaldas a los rascacielos del imperturbable Manhattan.

De momento un gran recuerdo. Enorme, inconmensurable. Fueron tres o cuatro días que se fusionaron en uno solo. Luego la despedida de la Ciudad donde no se come carne –absolutamente prohibida a cambio del vegetarianismo más exquisito del universo–, un viaje en Tuk-Tuk, parada en Dehradun para comprar un cartón de 20 cajetillas de Marlboro Light, un tarro de mantequilla de maní, Skittles, dos jarras de coca cola para matar cualquier indicio de bacteria estomacal, la Rikshaw que nos llevó nuevamente a la Granja donde empezaban a organizar seriamente el curso sobre Gandhi y la Paz, con la presencia de nuevos extranjeros, nuevos millonarios, algún monje budista y la supuesta venida de su santidad el Dalai Lama. Por supuesto habría comida a la altura de las resplandecientes e ilustrísimas visitas.

De frente al río Ganges me siento en la terraza mal construida de algún coffee shop: uno puede ir ahí para ver aparecer y desaparecer el sol con la ayuda de una taza repleta de Tchai extra dulce y sobre todo, con la de la mariguana, que nunca me enteré si era legal o no, pero que todos fumaban. Me uní al fenómeno de la repetición y ahí estoy chupeteando un porro de los de liar, por cuya boquilla han pasado los fluidos salivosos de dos amigas y un amigo. ¿Qué es eso que se ve más allá de la Panadería? Al otro lado del río se extiende una hilera de Ashrams y hoteles de lujo, pero detrás hay únicamente selva. El agua del Ganges se mueve como un rápido de modo que la pestilencia de Varanasi o Kolkata no penetra los sentidos en Rishikesh. O al menos la del porro es más fuerte. Durante el atardecer un hedor profundo a madera quemada impregna todo, porque en su mayoría los indios no usan calefacción central ni sistemas de climatización y la única manera de calentarse los pies es usando el brasero. La ciudad se transforma en el escenario de una obra Dickensiana: entre el vaho que se deja caer desde la selva empujada quizá por algún iracundo elefante, el humo de las brasas ardiendo y el de los porros fumados por los extranjeros sin cesar, transita una bruma oscura y nauseabunda que está allí para ocultar miserias absolutas, fugitivos, macacos hambrientos listos para ejecutar alguna fechoría, motocicletas, Sadhus, fornicaciones entre matorrales, serpientes hambrientas y si la mala suerte acompaña, algún tigre sin pigmentación cutánea, es decir, una pantera.


La ciudad me da vueltas porque tengo resistencia nula a las drogas en general y a la mariguana en particular. La probé por primera vez en Ámsterdam y la experiencia no fue placentera: casi gateando hasta el mesón del bar para exigir un jugo de naranjas recién exprimido que costó 20 euros. ¡Fuck!


Gareth quiere saber si la verdad absoluta existe y yo soy incapaz de contestar correctamente en inglés porque antes ya me había zampado un clonazepam que junto a la mariguana triplica el efecto de la hierba. Solo veo el agua que a las 6 de la tarde se transforma en una intuición, porque el sol ya se ha ido y solo el ruido de los rápidos sagrados dan a entender que por allí está el Ganges. Los extranjeros son preciosos, se regocija uno con solo verlos. Se dividen entre europeos y americanos, quizá algún latino, y cientos de israelíes que viajan durante las vacaciones pagadas de las Israel Defense Forces (IDF) para quitarse el peso de las armas de encima y jugar al pacifista durante un tiempo: pronto viene el viaje a Tailandia, Laos y Vietnam, o quizá Perú, Argentina y la Patagonia chilena. Después a mantener palestinos fuera de los límites del Estado. A veces es posible derribar un barco con provisiones y gente metida dentro. Entonces uno sabe que ha valido la pena el duro entrenamiento militar. Es eso o la temida celda de castigo para objetores de conciencia.

Ahora que pertenezco al mundo de los delgados y vestido para ocasiones específicas, según me han dicho, con muy buen gusto, únicamente voy a restaurantes donde el contrapunto precio, comida, decoración y servicio alcance la perfección de los Conciertos de Brandemburgo. Todo lugar que no sea atractivo ha de ser despreciado. En los coffee shops de Rishikesh tal vez me encuentro con la misma concurrencia de Jean Georges, pero aquí hay que jugar al despreocupado y comprometido con la cultura local, de manera que el contraste entre los occidentales y el sitio en cuestión es dramático.

Primero hay que meterse en un sucucho donde las ratas abundan. ¡Ala! ¡A quitarse los zapatos y presentarse ante la terraza con respeto y solemnidad! Si no es un indio el que da las instrucciones, es un extranjero quien, conmovido por tantos siglos de civilización védica, no acepta faltas de respeto hacia las deidades del hinduismo, especialmente al enorme Hanuman tallado de la esquina derecha, a un par de cuadras del Green Hotel. En realidad, al occidental le importa nada lo de la deidad y los chacras y las reencarnaciones, pero si lo hace es momentáneamente ya que en casa esperan asuntos realmente serios. Cuando uno va a India siempre está la certeza del pasaje de retorno, pocos son los que se quedan. Entre porro y porro se escupen miles de problemas que aquejan a TODA la humanidad, pero dentro de la cabeza hay un martilleo constante que indica que sí, hay que complementar la licenciatura en Negocios con un MBA de universidad norteamericana, ojalá cerca de Boston. Cuando el ex peregrino tenga 40 años sabrá que habrá vivido una vida que valió la pena haber vivido porque no arrojó por el hermoso atalaya de la resplandeciente ventana de doble vidrio su juventud que debía ser rebelde y contestataria, que es lo que piensa cuando contempla satisfecho el suntuoso mobiliario inglés de cedro y nogal, el Porsche estacionado en las afueras, la cocina moderna repleta de ollas y sartenes Le Creuset, los niños rubios y los dos Rottweiler que ahuyentan a los bribones. Los niños rubios repetirán el ciclo. Una y otra vez. ¿Cuántos jóvenes rebeldes habrán fumado hierba de cara al río Ganges? Pocos, seguramente. Y está bien que así sea.

¡Nada peor que vivir como lo haría el resto! Es decir: terminar la facultad para empezar a vender seguros de vida o abrir cuentas corrientes en un banco de cuarta. ¡Puaj! Eso, para el arribismo y deleite de la pequeña burguesía que trata de compensar privaciones de la niñez con muebles feos y armarios repletos de baratijas que asume erróneamente que son finas. Para cada quien lo que corresponda: algunos sueñan a lo épico, otros menos afortunados se contentan con casi nada. Bueno, a alguien hay que dar órdenes ¿No? Aunque ello contradiga el espíritu revolucionario del chavalote que incluso pensó que podría cambiar el mundo. Tonterías, el mundo no necesita cambiar, lo que uno debe hacer es tratar de hallar su lugar en él, ser la tuerca para el engranaje, eso sí, ojalá en la forma de alguna jefatura que incluya oficina y secretaria, subidas y bajadas a la calle para un único momento de rebeldía: dos cigarrillos. Pero ¡Ay que mala pata! Los cigarrillos redundan negativamente en la productividad, la integridad de los pulmones y la tersura de la antaño suave superficie cutánea que después de los 30 se entrega por completo a los radicales libres, para lo cual existe la Vitamina C de día y el aceite de Retinol de noche. Entre medio algo de exfoliación. Si se es hombre todo eso debe esconderse debajo del lavatorio y bajo siete llaves, no lo vayan a cuestionar a uno de forma negativa. Si se es mujer, se pueden dejar ahí encima las cremas y los ungüentos con ingredientes contradictorios entre sí, claro, pero de todos modos a vista y paciencia de la opinión pública, personificada en las amigas meonas que ojalá vayan y revisen las marcas exclusivas que ella sí se puede permitir.

Santa Cachucha de las alturas, qué fuerte está el porro. ¿O el Clonazepam? ¿O la mezcla de ambos?


Mareos.

Sobre las sucias tablas del suelo mal hecho –que en caso de terremoto promete una muerte segura en las gélidas y mortíferas aguas sagradas de más abajo… abajo y más abajo– hay mantas multicolores para que el occidental se sienta como en casa. Ahí se envuelve la sueca, el islandés y el noruego mientras chupetea un Beedi para luego abrirse a la maravillosa incertidumbre de la mariguana verde que es la experiencia que uno puede narrar cuando alguien pregunta: ¿Cómo estuvo el viaje? Respuesta: fabuloso, espléndido, o sea, no es lo mismo un porro compartido en las limpias arenas de Portobello, la falsa costa de Edimburgo bañada por la furia del Mar del Norte, o un hongo mágico recogido en Arthur’s Seat, que estar ahí donde fueron a dar los Beatles. Es decir, no es lo mismo. ¿Cómo es? Pues eso, no es lo mismo. Gareth se echa hacia atrás y estira sus enormes piernas: expulsa lo sobrante de la hierba con la boca fabricando aros de humo que desaparecen al cabo de unos segundos y que Emma cree que puede atrapar con la mano izquierda, en la derecha sostiene una taza de Tchai frío en cuya superficie se ha formado una costra blanquecina. ¡Qué asco! (Patricia).

Como el efecto tiene un límite acotado, es decir, por mucha mariguana que se fume no es posible drogarse más allá de un punto X, al fin puedo mantenerme estático contra la pared de adobe y sin ganas de vomitar. ¿Qué he logrado con la experiencia de dejar mi confortable y limpia casa a cambio de las infinitas incomodidades del cuarto Mundo? A ver… Concéntrate. Focus, focus. Bueno, estoy objetivamente más delgado: toda la ropa me queda grande y al cinturón ya no le puedo ir agregando agujeros porque simplemente no queda espacio. ¿Tal vez debería visitar las tiendas de Dehradun que no están nada mal? Benetton, French Connection, Calvin Klein. Y al parecer los precios son una ganga para la tarjeta de crédito. También está Fab India, donde venden los mismos cachivaches de los bazares, pero en telas y materiales nobles, finamente trabajados por gente que cose a gusto los botones con escarchilla para el abrigo atemporal, a cambio de un mínimo salario que permite pagar la dote de la hija.

Sí, ahí le compraré algo a mi madre, algo bonito, colorista y moderno, de seda. Next question: ¿Por qué si estoy delgado, nadie se fija en mí? La excusa que me había hecho antes era: con este peso, estos cachetes gordos, esta barriga parrillera, no hago otra cosa sino espantar a la gente. El espejo ahora devuelve un rostro alargado y macilento, sí, pero objetivamente mejor que el anterior. Quizá soy feo desde el punto de vista de la objetividad estética. Contra eso no queda más alternativa que el quirófano. Doy vuelta la cabeza con cuidado, ouch, cómo duele. ¿Quién se fijaría en mí teniendo a estos tres en frente? Es decir, altos, delgados, ojos azules, sonrisas perfectas. ¿Qué dices, Aníbal? ¿De qué cinturón hablas? ¿Y qué es eso de los hippies que se transformarán en qué cosa? ¡Quiero morir! Es decir, mierda, pensé, no, creí, que estaba pensando y resulta que estaba hablando. Lección aprendida: la mariguana bloquea la desconexión vital entre el prejuicio sudaca que se fabrica en el seno de las estructuras neuronales y la boca. Todo lo que voy imaginando lo voy escupiendo, una, dos o tres veces. Entonces el inevitable y desgraciadamente imparable ataque de risa, que encima es contagioso porque todos nos reímos al unísono, incluyendo al ucraniano de al lado. Río hasta que me duelen los huesos de la cara y entonces: ¡Botón de pánico! Síntomas idénticos a la meningitis meningocócica, que jamás he padecido ni averiguado de qué se trata, pero de pronto pienso que me estoy enfermando de eso. O quizá se me ha pegado VIH mientras hacía caca en un baño donde se han sentado cientos de culos durante siglos y siglos. Pálido como un plato de porcelana fina, no, vulgar, porque soy demasiado vulgar. ¿Aníbal, no eres un plato? Nuevo ataque de risa y así continuamos riendo, ja, ja, ja, ja, a nadie le importa porque en esas sucias tablas de cara al río Ganges se han reído miles de occidentales, es muy probable que los indios de dentro estén mirando con pena y vergüenza ajena. Es imposible ponerme de pie. Gareth me coge la mano (que es dos veces más grande que la mía), y agarra también la de Emma. Se une Patricia a pesar de su negativa inicial. Caminamos hacia nuestro hostel totalmente idos, ausentes del mal olor, los perros callejeros y la altísima posibilidad de encontrarnos con un elefante. La única habitación que logramos abrir es la mía.


Dormimos sobre el frío suelo de concreto hasta el amanecer del día siguiente, con una especie de resaca que una amiga describió alguna vez como “despertar con el cenicero en la frente”. Bolsos hechos, estadía pagada más daños ocasionados en la propiedad ajena, entonces de vuelta a Dehradun. Mientras voy sentado mirando por la ventana pienso lo de siempre: el próximo año, por estas fechas, estaré recordando que el año anterior, por estas fechas, estaré pensando en lo que pensaré en este momento y es lo que hago mientras tipeo la última palabra que describe un capítulo imborrable de mi vida.

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