• Anibal Venegas

¿Celebraciones en Estado de Pandemia?

Antes del confinamiento había dos actividades fijas en mi rutina de escritor errante: por las mañanas, trotar durante una hora por parques y centros urbanos – del país que fuera – y por las noches, vagabundear en la ciudad, eligiendo éste o ese otro garito, bar, restaurant y okidoki, pasarme horas leyendo mientras trituraba la comida hasta formar el bolo alimenticio. La cocina de mi departamento carecía de ingredientes esenciales de los de revolver en una cacerola y yo ahí estaba, feliz, sin otro norte que preparar la cabeza para el día siguiente o hurguetear en el interior de mi resplandeciente Rimowa de imitación. Ahora todo eso ha cambiado y entonces, claro, debo aprovisionarme de comida que se compra directamente en el supermercado local, donde uno ingresa luego de haber obtenido el correspondiente salvoconducto. De otro modo es posible acabar en el sucio calabozo de una comisaría y pagando una indeseada multa. Si ya no quedan salvoconductos o permisos –que ahora se han reducido a dos por semana– siempre está la aplicación de economía colaborativa donde un tercero le elije a uno las cosas y las lleva directamente a la casa. Se desinfectan los abarrotes. El pan, el frasco de mantequilla de maní y el detergente son guardados en sus respectivas gavetas.

El futuro de los corredores

Cuesta trabajo aclimatarse a esta nueva libertad repartida en certificados de circulación que antes dependía exclusivamente del usuario. Pero uno se acostumbra. Es decir, cuando obtengo mi permiso de pago de servicios básicos me visto como para asistir a las bodas de las cortes Babilónicas. Incluso me hago un “peeling” químico a base de ácido alfa hidróxido y ácido beta hidróxido, para a continuación repartir Vitamina C, ácido hialurónico y aceite de Marula que prometen lozanía y juventud eternas. Una vez en la calle me siento observado y hasta el suspiro del fulano de enfrente y el bostezo del zutano de al lado se vuelven fuentes de contagio. De inmediato quiero volver a la realidad concreta de mi casa y encerrarme bajo siete llaves. Solo esta semana recién pasada he tenido Covid 18 veces, unas por el mediodía, otras a la hora del crepúsculo. Las actividades extraprogramáticas se reducen a salir a fumar a la terraza, revisar libros, hablar con gente vía Zoom y Skype, tomar vitamina A, B, C, D, E, Biotina y Magnesio, tirarme en la alfombra de yoga y hacer plank y abdominales para que mi cuerpo siga entrando en los pantalones talla 28 y no deba invertir en ropa nueva.


Pero uno se acostumbra, uno se acostumbra…


Eso, uno. Aquí el concepto hegeliano de “lo uno” y “lo otro” calza perfecto, pero no como sustento de la crítica feminista ni de los estudios postcoloniales. Porque mientras uno se mantiene encerrado saltándose todas las fiestas importantes entremedio (cumpleaños, día de la madre, día del padre, etcétera) hay un otro que necesita su fiesta no más, y ¿quién se lo va a impedir? Respuesta: nadie. Por redes sociales circula la invitación multicolor donde en contraste con los ánimos bajos y la presencia de la doña Guadaña un “host” cualquiera promete toneladas de diversión a cambio de una transferencia bancaria equivalente al valor de una botella de wiski de calidad ínfima. El convite llega por la vía de siempre, es decir, Facebook y WhatsApp. Un fulano de tal con su fulana de tal ya han reventado los permisos y salvoconductos, se enferman de cáncer, cálculos renales, pancreatitis o de un terrible glaucoma todas las semanas y usan las 12 horas que dura el permiso a fin de revolotear entre las cremas baratas de la farmacia, las afueras del mall o el Parque Forestal para terminar siempre en la botillería de la esquina donde se compra ebria felicidad en la forma de pisco y chela. No es suficiente.


- El otro día leí en el Face que los países del mundo se reunieron para barajar la posibilidad de mermar la población humana. Y resulta que un grupo de científicos chinos iba caminando por la calle con una bola de cristal que contenía el virus, alguien los empujó, el virus cayó al suelo en plena avenida y ¡zaz! empezó la propagación inmediata. Los países vieron en eso una oportunidad no solo para controlar las tazas de nacimientos humanos, no señor, porque el virus también sirve para frenar el cambio climático, castigar la disidencia y mantener a la gente a raya.


Eso espeta el novio sabelotodo a la novia completamente estupidizada que en estos precisos instantes ya se arranca las cutículas a fin de pegar sus elegantísimas uñas de acrílico que ella sabe colorear muy bien, con motivos florales, abejitas, cuncunitas y hasta una réplica del Juicio Final en el dedo meñique. Se lo enseñó su amiga ultraderecha ítalo-venezolana. Y es que ella espabila siempre antes que el novio, solo que éste no lo puede saber, las cosas deben parecer de ocurrencia original del hombre-hombre, ese que también tiene enfrente y que ya examina con ojo clínico el Walk-in-closet del departamento de 35 metros cuadrados en búsqueda de los pantalones modernos de mezclilla que compró el año pasado en su aventura inca. Bueno, en realidad él no salió a ninguna parte, fue su amigo quien aprovechando el viaje a Tacna en búsqueda de luces LED para el Suzuki Alto, trajo kilos y kilos de ropa sofisticada y falsificada que ahora es necesario estrenar.


La felicidad de dentro debe verse naturalmente reflejada por fuera, ojalá con escarchilla y luces de neón. ¿Y qué mejor oportunidad que en una fiesta? ¡Y en plena pandemia! Porque total, lo del virus es una pérfida creación del judío internacional, los masones y el Partido Comunista en unión con el Partido Capitalista, salta a la vista que el hombre-hombre no va a caer en esa sucia trampa. Y por lo demás, si existiera el virus ¿Qué le importa eso a él? Hasta el cansancio han dicho que el Corona solo afecta a los más viejos que en cualquier caso deben morir igualmente. A gente como él le esperan otros magnos proyectos culturales, es decir, años, qué va, décadas de esplendorosa juventud de cara a una jaba de cervezas mirando el partido en una enorme pantalla plana. En su cabecita se pone él mismo en el centro de todo rodeado de gente blanca y muy gringa como la que aparece en la revista de los Testigos de Jehová, el Atalaya.


¡Tantos meses sin ir a una fiesta!


La mujer no cabe en sí de gozo, tanto, taaanto, que decide alisarse el pelo con la plancha nada menos que, correcto, de alisar pelo. Tampoco es que lo tenga particularmente rizado, solo que la estructura de las greñas es algo gruesa y eso arruina la impresión global de su atuendo que ella obtiene a partir de su mejor amiga, la protagonista de la teleserie que ella ve en YouTube y que es igual de fina que su otra mejor amiga, esa preciosa bailarina de trap. El aire está viciado ante la presencia de tanto producto de belleza, tanta laca, base, colorete, rímel, pegamento de falsas pestañas, desodorante con olor a primavera y perfume con olor a verano. Los zarcillos suenan en los brazos y desde la entrepierna arranca un aroma a flores de azahar, total, una nunca sabe. Apenas sí cupo en los pantalones, y eso que ella tiene un magíster televisivo en dietas Grez. El hombre-hombre no entiende porqué las mujeres deben ponerse tanta cosa encima y seguir tanto régimen, a él le basta con los pantalones, la camisa roja, las zapatillas nuevas y una ducha de desodorante Brut. En fin, ya tiene el salvoconducto a mano. Es una verdadera suerte no tener hijos, porque en caso de tenerlos, igualmente iría a la fiesta.


Los conserjes no dicen ni pío cuando ven pasar a la flamante pareja a través del sistema cerrado de televigilancia, porque su sueldo lo obtienen a partir del pago de los Gastos Comunes, uno no puede contradecir a los jefes. Ellos mismos desearían estar en otro sitio en la vida, pero la vida no es dadivosa ni mucho menos justa y los ha plantado frente a un mesón desde donde deben apretar el botón que abre la puerta y donde además reciben la correspondencia de los habitantes de la estructura de acero y ladrillos estucados también llamada condominio.


La fiesta es en Recoleta, Las Condes o Maipú, en Maipú, Las Condes o Recoleta. Si llegan antes de las 10 de la noche (después empieza el Toque de Queda, uy ¡qué miedo!) es posible que la mujer efectivamente sirva para algo y tengan derecho a pagar solo una entrada, o al menos un descuento en los vinos. El bribón hunde el pie en el acelerador, ni los soldados amedrentan el espíritu libre y rebelde propio de esos treintañeros que ya se ven a sí mismos embriagándose hasta que no puedan sostenerse más en pie. El lugar es un edificio común y corriente, solo que en ausencia de propietarios –hasta el inicio de la pandemia, casi todos los departamentos eran usados como Airbnb– los estacionamientos abundan, lo que funciona a beneficio personalísimo del organizador, que no se detiene ante nada en la vida, total, sin una orden del tribunal ¿Quién puede allanar su departamento de 120 metros cuadrados y donde entran igual cantidad de personas? La pareja, como tantas otras, toca el timbre. Ahí nadie da la lata con eso de las mascarillas y la protección, y que el distanciamiento social, el alcohol gel y la responsabilidad ¿Habrá que quitarse los zapatos? ¡Jajaja!



Panfleto de fiesta en Maipú

Y efectivamente, dentro del “depto”, todo mundo es idéntico a todo el mundo. Y esto no quiere decir únicamente descerebrados, no señor, porque hasta la estética que promueven es una mímesis de la de más allá y también la de más acá. La absoluta totalidad de las mujeres rivalizan entre ellas por ser la más regia de la francachela, que una escupa saliva contaminada en los vasos de plásticos mientras fuma al ritmo de una estupenda canción de moda, eso, todo eso, no preocupa a nadie. Los hombres se reúnen en círculos imperfectos, una mano en la cerveza, la otra mano en el vino. A veces hay wiski barato y asimismo ron. En otras oportunidades está el teléfono donde explican a las aburridas amistades y sus cuarentenas que el lugar del hombre libre está precisamente en la libertad. Son incapaces de definir un concepto sin apelar a ese mismo concepto, pero de todos modos se ríen, especialmente cuando llega la policía porque entonces aparece la adrenalina. Con el mismo ímpetu de un Schumacher cualquiera salen disparados hacia sus respectivos autos profiriendo ruidos de motor por la boca. En el camino dejaron escupos, meadas, vasos a medio tomar. En la fiesta se contagiaron de todo y al día siguiente continuará la rumba. El hombre-hombre y su mujer-mujer visitarán parientes viejos: junto al amor les llevarán sendas dosis de carga viral, pero bueno ¿No hablaba el Ministro de Inmunidad de Rebaño? ¿Y que no son ellos mismos sino eso, rebaño? De noche es posible oírlos balar mientras llenan su cabeza de conocimientos inservibles.


Si bien el gobierno ha demostrado una incapacidad espeluznante en el manejo de la pandemia en Chile, más allá de “cooperar” como dicen algunos, nuestro deber es investigar, aprender y seguir directrices al pie de la letra. Todas y todos echamos de menos nuestras rutinas ¡Cuánto extraño el Parque Forestal, el Balmaceda, el Parque Bicentenario! Y sí, es verdad que las estadísticas indican que los más jóvenes corremos menos peligro, sin embargo, quienes efectivamente podemos hacer una cuarentena total encerrados durante meses, por duro que suene, debemos hacerlo. Por los mayores, por los menores, por mí. Esos que se ahogan entre las dalias y rododendros de su jardín establecido de 2 mil metros cuadrados más piscina y toman un helicóptero para fugarse de la urbe con dirección a la casita con terreno de Zapallar, o los que organizan fiestas en honor a Dionisio, todos esos merecen únicamente nuestro más profundo desprecio. Tampoco son “flaites” como espetaba hace unos días la rubísima Evelyn Matthei: se trata de descerebrados cuyo único norte en la vida es ser felices ellos mismos sin importar las consecuencias en la vida de los otros. De nosotros.

¿Pilates o Pandemiates?

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