• Anibal Venegas

¿Cuerpo insano en mente insana?

Ahora que estoy nuevamente de viaje por el hemisferio norte en plena primavera, la gente se deja ver más en la vía pública. Abandonan autos y camionetas de doble tracción, que aquí *literalmente* todo el mundo tiene. Como buenos norteamericanos, no les da vergüenza absolutamente nada, cuando pasan por el lado de alguien jamás se van a quedar reparando en la vestimenta del otro; en fiestas y reuniones no preguntan detalles de la vida personal ni mucho menos el muy latino “¿Cuánto te están pagando?”. Los americanos tampoco tienen complejos con la barbarie estética, para ellos siempre va primero la comodidad antes del “cómo se ve”: de esta manera es posible contemplar casas enormes en los suburbios, llenas de madera plástica y piedras de utilería, climatizadas, con muebles horrendos frente a un televisor de 800 pulgadas, piso de baldosas blancas y la credencia y la cocina metidas ahí mismo.


Y si con esos aspectos de la vida son despreocupados, lo mismo ocurre con el físico. Es verdad que en mi país, Chile, hay problemas de sobrepeso y por lo tanto, acomplejadas (escribo a un público femenino), las mujeres tienden a “ocultar” los kilos de forma directa usando capas y capas de ropa de polyester, mucho negro, camisetas debajo de la blusa, mezclilla tipo denim y chaquetas abultadas que redundan en kilos falsos que antes no se veían porque simplemente no existen. De forma simbólica, se blanquean y emperifollan con una plétora de maquillajes y ungüentos, mechas teñidas de rubio –las clásicas “californianas”–, joyas doradas del H&M y zapatones de tacón alto y grueso que en ningún otro lugar del planeta están a la moda salvo en Chile.


Las gringas plus size, por otra parte, no tienen ni un solo complejo a la hora de salir a la calle y mostrar sus curvilíneas figuras. Si hay calor, van de short, si hace un poco de frío… van de short. Al buen tiempo buena cara. Y que se note.


A propósito de las columnas que publico en mi blog, donde narro mi travesía por el mundo para pasar de 94 a 56 kilos, muchas mujeres me han escrito mensajes sobre qué métodos debieran seguir para deshacerse de los kilos extras. Lo primero que les digo a estas queridísimas lectoras cuyas palabras me llenan de ilusión, es que yo no soy nutriólogo ni nada vinculado al área de la salud. Soy periodista, escritor, filósofo (de formación, especialista además en el mundo clásico), muy bien informado, sí, y con una amplísima cultura, también, pero no nutriólogo. Lo único que tengo a mi haber en este sentido es la experiencia. La publicación de las entradas en mi blog de una u otra forma les ha servido como acicate para ponerse en campaña y así lograr quitarse algunos kilos extra ¡Bien! Me preguntan si el agua caliente con jengibre efectivamente surte efectos en un plan de dieta a mediano plazo o si saltarse comidas está bien en el contexto del climaterio, donde muchas ganan kilos que jamás habían tenido. Etcétera, etcétera y un larguísimo etcétera. Mi respuesta a menudo es: querida, lee las entradas del blog, escritas por un ser humano tan inseguro como tú, pero con una disciplina casi militar. Bueno, no tan militar pero sí muy dura.


Entonces ¿Qué? ¿No puedo aconsejar a estas mujeres? ¿Abandono a mis lectoras?

La verdad es que sí. Las puedo aconsejar. Pero vamos despejando el camino. A lo Hegel diría que voy a subirme a una montaña y contemplar el bosque a fin de encontrar más fácilmente la salida (en mi caso, claro está, se trata del bosque de los kilos extras, no de la filosofía, aunque si quieres leer filosofía también puedo recomendar: busquen a la grandiosa Martha Nussbaum). Por despejar quiero decir: ¿Pretendes bajar de peso por una cuestión de salud o de estética? ¿Te sientes fatal por llevar a cuestas la carga de peso corporal que, no obstante todos los métodos habidos y por haber, no has podido quitarte de encima? Ciertamente la obesidad es una enfermedad reconocida tanto por el Estado a través de planes de salud pública como por la Organización Mundial de la Salud. E-N-F-E-R-M-E-D-A-D. Si está enfermo, vaya al médico. Así de simple.


Pero también hay una carga estética y creo que en esa área puedo decir un par de cosas. ¿Recordemos que la estética es el estudio ético de la belleza? Aristóteles, discípulo de Platón y maestro de Alejandro Magno, nos hablaba de la Catarsis: esa experiencia sensible y espiritual que surge entre el agente y la obra de arte cuya belleza inhibe la maldad y promueve la creación de más objetos y experiencias nobles. ¿Es importante verse bien para sentirse bien? Qué duda cabe. Mi blog recoge precisamente esa temática: cómo el factor “peso” se transforma en una determinante a la hora de presentarnos frente al mundo, para dialogar con él y estar en él. A las americanas no les importa mucho aún cuando la obesidad gringa es alarmante. A las chilenas –y también a las amigas argentinas, españolas o peruanas– les importa más. Esto lo colijo a partir de observación participante en los tres países y por la multitud de correos que me han llegado.


Pero más que los kilos extra per se, hablemos de la manera en que nos planteamos frente al mundo. Por eso iré publicando ideas, sugerencias y recetas para ir encauzando ese plantearse frente al mundo y dotarlo de nuevas dimensiones. Soy lo suficientemente culto, agudo, viajado y meditado para atreverme a dar un par de consejos. Quien quiera los puede seguir o interpretar a su manera: si en filosofía no existe “la verdad” absoluta, mucho menos en cuestiones tan subjetivas como aquellas vinculadas a la construcción externa de nosotros mismos. De ahí que la pregunta fundamental nos lleva otra vez a Grecia Antigua y su concepto de ética vinculada al “florecimiento humano” que ellos llamaban eudaimonía (εὐδαιμονία):


¿Quién soy? ¿Para qué estoy acá? ¿Qué quiero lograr?


Por favor mantengan muy despejadas esas preguntas y traten de contestarlas lo mejor que puedan. Piensen en sueños y expectativas, deseos a largo plazo, ideas sobre cómo cambiar el mundo o cómo les gustaría que fuera ese mundo, cómo piensan vincularse con él. ¿Ya lo pensaron? Ahora pueden seguir leyendo.


Algo muy usual que veo en las mujeres de mi país, es la creencia ciega en “verdades reveladas” de índole estética y que están destruidas en el mundo culto desde hace un siglo. Si es que alguna vez fueron ciertas y no son parte de la mitología urbana. Verdades como que la cartera debe ser del mismo color de los zapatos o que una mujer no modelo de pasarela tiene vetada la minifalda. Mitos hay muchos: hoy me referiré a dos de ellos.


Mito número 1: Come poco, sí, pero varias veces al día.


Es difícil entender la obstinación de un sector amplio de la comunidad médica e incluso alternativa en tratar de intervenir los mecanismos subjetivos del control de la sed y la alimentación. Por aquí y por allá aparecen directrices “científicas”, new age y de revistas ilustradas explicando cada cuánto se debiera comer y tomar agua y en qué cantidades. A las 10 un yogurt; a las 11:30 un puñado de nueces; a las 12:30 un pedazo de pechuga de pollo hervida con hortalizas. ¿Qué he aprendido en mi travesía para bajar de peso y los años que llevo manteniéndolo? Respuesta: hay que comer cuando se tenga hambre. Así de simple. Si eres judía o celebras Ramadán, dependerá de ti cómo conjugarás el ayuno con los inevitables mareos (para las futuras madres, existe investigación médica seria respecto a los efectos colaterales del ayuno en el niño que está por nacer), sin embargo, es tu decisión. Nadie puede decirnos a qué hora comer y en qué cantidades. Así no se obtiene mucho.


Este mito me trae a la cabeza algo de lo que escribió el gran filósofo alemán Herbert Marcuse. Ante la locura consumista e hiperventilada del capitalismo pre-mayo del 68 en París, Marcuse acusaba a la “Sociedad industrial avanzada” de no solo cosificar al sujeto en las instituciones Trabajo/Familia sino además de pautearle el tiempo libre. Cuando no se está de lleno entregado al trabajo, el tiempo de ocio es malgastado en actividades y espacios regentados por la maquinaria: el parque de límites claros y conocidos, el Centro Comercial, el Supermercado que vende las obras de Beethoven y Marx en ediciones fastuosas despojándolos de toda subversión inicial, por tanto, anulándolos como entes revolucionarios y volviéndolos simples mercancías. ¿Así queremos organizar nuestras vidas? Es verdad, mi Blog ofrece –y ofrecerá– consejos, actividades que a mí me han sido útiles para sentirme bien con mi cuerpo, alimentos sanos, ritmos y agendas que se ajustan a mi subjetividad. No obstante, permitir que voces externas nos dicten qué hacer con algo personal e íntimo como la propia alimentación –a no ser que estemos lidiando con una enfermedad grave, en cuyo caso acudimos a un especialista de la Medicina– me parece un despropósito y una falta de respeto hacia nosotros mismos. Además, en mi experiencia, dichas directrices sirven poco o nada: si no nos vinculamos intelectual y espiritualmente con lo que comemos y con nuestras rutinas diarias donde precisamos dividir el tiempo entre el trabajo, el cuidado de los niños, del medioambiente, el cuidado personal y nuestra aportación a la belleza individual y colectiva, dichas guías de “dónde y cuándo comer” se transforman en un contrasentido. Eso lo tengo más que comprobado.


Mito número 2: ¡Ay! ¡Si es que un chocolate no me hará nada!


Aquí nos pasamos directamente al peso, o más bien dicho, a la interpretación mental de éste. Es imposible, por formación académica y por respeto a subjetividad individual, que me siente a escribir recomendaciones dietéticas respecto a cuál es el peso ideal o cómo conseguirlo. Pero en mi travesía de “obeso a delgado” aprendí muchas cosas que iré detallando a lo largo de mi blog y en otras columnas. He hablado en extenso sobre las bondades del agua caliente con limón y jengibre que en mi caso ha funcionado increíblemente bien dados los beneficios –a largo plazo– asociados a la ingesta de vitamina C y al jengibre; sin embargo, he escrito poco sobre lo que no hay que hacer. Si la idea es ir perdiendo peso y mejorar el ánimo y la condición “interna” que luego se verá reflejada en el exterior, es indispensable tratar de abandonar el consumo de ciertos alimentos cuyos beneficios en la dieta son casi siempre… maleficios.


¿Cuál es el aporte de una barra de 100 gramos de chocolate y sus 500 calorías vacías?

Respuesta: Ninguno. Salvo que el fin último sea engordar o mantener la figura rolliza y opulenta. La idea de muchas es: Si no como un kilo de algo ¿Cómo voy a subir un kilo? Claro, tiene sentido. Pero si dejamos de lado la grasa que nuestro propio organismo almacena y nos centramos en el nulo aporte de la barrita de chocolate que casi siempre va entre comidas ¿De qué manera podré obtener mis resultados a largo plazo? ¿Y si reemplazo la chocolatina por una banana, una manzana, un puñado de frutos secos? Esta es una pequeña lista de alimentos de los que YO comencé a prescindir desde que viví en el sudeste asiático y que en realidad no me han afectado anímicamente ni, claro está, físicamente:


1) Chocolate con menos de un 50% de Cacao

2) Azúcar refinada

3) Pan blanco

4) Charcutería del tipo Bolonia, Mortadela o sucedáneo de jamón

5) Margarina

6) Bebidas carbonatadas no light

7) Huevos fritos en manteca

8) Tocino

9) Mayonesa no light


Como les comentaba, más adelante iré detallando nuevas adiciones y modificaciones en la dieta y formas de enfrentar los alimentos, pero, por sobre todo, un estilo de vida completamente renovado que invita a verse y sentirse bien, lo que incluye yoga y, por supuesto, ejercicio físico, con metas claras y fáciles de hacer de acuerdo a mi estilo y enfoque. Verán lo distinto y entretenido que puede resultar la desprestigiada “plancha” siguiendo mis recomendaciones o salir a correr con las zapatillas y la mejor selección de música en el iPhone.


Un abrazo



Aníbal.

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