• Anibal Venegas

Del jengibre a la menta. Parte IV

Durante todo el viaje a Paonta Sahib, una ciudad industrial emplazada en el límite del estado de Uttar Pradesh y, según repetían como loros, repleta de granjas orgánicas, yo solo podía pensar en lo fácil que me estaba resultando acostumbrarme a mí mismo. Así nada más. El hacinamiento en el que vivía, compartiendo absolutamente todos los espacios con una legión de indios, alemanes, ingleses, franceses, italianos, americanos, suecos, japoneses e israelíes, hacía reafirmar aún más mi individualidad, de modo que siempre estaba tratando de distanciarme del resto. No es que resultara complejo destacar en esa multitud congregada para tomar cursillos de agricultura orgánica –aún no hablaba mucho con los pocos con quienes trabajaría hasta la próxima primavera.


Y claro, también estaba la cuestión de los kilos y gramos que se iban fugando sin que yo me diera cuenta: con cada día que pasaba, varios gramos menos. Agnes, una inglesa de mi edad que llegó a inspeccionar la Granja con un grupo de niñitos millonarios de un colegio Waldorf, introdujo en mi dieta un nuevo elemento: agua caliente con hojas de menta después de cada comida. Salvo excepciones, mi rutina iba así: agua caliente con jengibre y un limón exprimido, desayuno o almuerzo (jamás desayuno y almuerzo), agua caliente con menta; por la tarde, antes de la comida, nuevamente agua caliente con jengibre y un limón exprimido y a continuación agua caliente con menta. Otra vez. Absolutamente nada de bebidas carbonatadas salvo en caso de extrema necesidad, lo que en India significa: si piensas que en la comida venía algo mal cocido o bebiste agua “potable”, toma Coca Cola Light. A la fecha, de mi dieta habían desaparecido de forma espontánea el pan blanco, el aceite hidrogenado, azúcares refinadas, tortas, dulces, carnes de cualquier tipo. En cambio, estaba totalmente entregado al vegetarianismo que rayaba en lo vegano si no fuera por el té Tchai de las 5:00 pm y las sendas cargas laborales que hacían transpirar a lo bestia bajo un clima casi siempre desfavorable para el extranjero occidental. 35 grados Celsius con humedad del 90% que vendrían a menguar solamente a fines de octubre. Un Spa al aire libre.


El bus en el que íbamos me hacía pensar en los clásicos videos de YouTube sobre las carreteras más peligrosas del mundo. Desde luego ahora era yo el protagonista. Largos intervalos de la ruta consistían en desfiladeros con un espacio estrechísimo para camiones y automovilistas: más abajo roqueríos y en ocasiones casuchas erigidas entre basurales y bosques salvajes. De vez en cuando una horda de elefantes o algún accidente entre Tuk-Tuks con consecuencias fatales. Los macacos se las arreglaban de todas formas para sentarse a la orilla del camino asfaltado y quitarse los piojos, siempre atentos a la lamentablemente alta posibilidad de recoger desperdicios de comida arrojados a través de la ventana de una camioneta.


Parte del curso consistía en un “fieldtrip” a diversas granjas sustentables, para que el alumnado de la Agricultura Orgánica de la A a la Z se diera cuenta que el dinero que habían pagado podía reflejarse directamente en una actitud concreta hacia la siembra de dátiles, arroz y hortalizas, al tiempo que llenaban la compostera con su propia caca. Mirando las condiciones de la Granja, tal vez parte del alumnado podría rebelarse y exigir excentricidades del oeste como por ejemplo papel higiénico o menos papas en la ensalada (que abarataban costos), reflexionaron los organizadores del curso en su último concilio nocturno. O más bien dicho, era lo que yo creía que reflexionaban. Había que sacarlos a dar una vuelta, discreta y sobria, claro que sí, pero a un lugar bonito y multicolor. Brillante y suave. Kyle y Federico decidieron mantenerse acostados en sus respectivas camas porque durante toda la noche habían estado de juerga mariguanera. Yo iba sin ilusiones, a pesar de que no me habían asignado tareas y que podría disfrutar de la experiencia como si fuera un alumno europeo o canadiense. Pasamos ciudades, puebluchos, algo de selva, deltas de ríos a punto de sucumbir a la sequía, campos de polo y campos de criquet.


Parada número 1: Granja doña Biodiversad.


Se trataba de un palacio inmenso construido en mármol blanco y rodeado de jardines suntuosos de prados ingleses, rosas, pinos, dalias, magníficos rododendros: se regocijaba uno contemplando las cortinas de seda del baño de visitas o las esculturas de Shiva en oro y repletas de jade y lapislázuli. Nos recibieron con un coctel servido en platos hechos con hojas de vid para llevarlos directamente al cantón del reciclaje. Atravesando campos y un pequeño bosque nos condujeron directamente hacia hoyos repletos de barro cubiertos por manteles de sacos de harina donde trabajaban los “hermanos sirvientes” (¯\_(ツ)_/¯) que tenían prohibición absoluta de abrir la boca, no se les fueran a escapar detalles del sueldo o del contrato de trabajo, en el caso improbable de que existiera. Y ahí estaban: 12 tipos distintos de composteras. Mis compañeras relinchaban de felicidad y los machos cabríos del grupo, Alessandro, Chris y Jean Baptiste, bromeaban con chistes verdes que de vez en cuando hacían explotar a una alemana de dentadura espantosa, Nina, cómo es posible que ofendan tan profundamente estos extraordinarios entornos con observaciones y comportamientos eurocéntricos, patriarcales y neoliberales (hasta el día que la acusaron de apropiación cultural por ir vestida de Sari, Nina se declaraba derechamente Hare Krishna. Hoy en día trabaja para un banco tipo Goldman Sachs en la sección Fusiones y Adquisiciones). La Granja era lugar de refugio y solaz para occidentales multimillonarios cuya fama impedía la exposición abierta y pública, a pesar que en unos meses en nuestra Granja recibiríamos al Príncipe Carlos y la Duquesa de Cornualles. Por ahí habían pasado estrellas de Hollywood y modelos de alta costura con hambre y sed de justicia social, que acto seguido se veía reflejada en sus posts de Instagram redactado por personal a cargo. Next.



Parada número 2: Paonta Sahib.


Antes de ingresar a la espantosa ciudad –pueblo– donde prácticamente nadie hablaba inglés (llevábamos a dos nepalíes como intérpretes) nuestra guía, Allison, nos condujo hasta una de las Gurdwaras más antiguas de Uttar Pradesh fundada hacía siglos por el gurú sikh Gobind Singh. Los Sikhs son los practicantes del Sikhismo (o “Sijismo”), una religión india relativamente antigua donde los hombres usan barba y turbante, algo que tuvimos que aclararle a Michael, el norteamericano del grupo que creyó que estábamos metiéndonos en una mezquita y empezaba a hiperventilar. Nos quitamos los zapatos y nos pusimos turbantes y pañoletas para cubrir nuestras viciadas cabezas. La Gurdwara era inmensa, de cielos altos, ápside, cúpulas y paredes en mármol: constituía el refugio ideal para arrancar del calor asfixiante del mediodía. No nos quedamos mucho tiempo en el servicio religioso donde el Gurú de turno abanicaba el aire con un plumero rosado mientras hombres y mujeres se arrodillaban repitiendo plegarias incomprensibles, porque el “manager” del templo nos llevó en fila india hacia un patio exterior para las respectivas fotos con los blanquísimos occidentales. Acto seguido anunciaron que estábamos naturalmente invitados al almuerzo, porque uno de los principios fundamentales del Sijismo es ofrecer albergue y comida a cualquiera que lo pida, ¡sin ningún costo! (P.D. Tiempo después conocí a tres chilenos que se hospedaron cinco meses en la Gurdwara completamente gratis. Dato para el viajero pobre e inescrupuloso).




Sentados en el suelo duro y frío de piedra roja nos repartieron sendas porciones de arroz, lentejas, chapatis, samosas y algo que parecía sémola con leche. Se me dormían las extremidades tratando de copiar la postura impecable de mis compañeros, que en el afán de demostrar cuánto respetaban la cultura ajena, se echaban en posiciones de yoga al tiempo que tragaban los manjares usando únicamente los dedos de la mano derecha, porque la izquierda estaba reservada para limpiarse las partes impuras del cuerpo. Como no había muchos baños públicos en los que confiar o que no estuvieran atestados de lagartos o ratas XL, decidí comer poco de lo que me echaban en el plato metálico, salvo dos bocadillos de Dahl con legumbres y el agua previamente hervida que llevaba en mi botella Nalgene. Una vez terminado y eructado todo, salimos del templo y nos regalaron dos horas de libre albedrío para recorrer el pueblo y sus maravillas.



Patricia, Tejal, Nina y yo formamos un grupo, el resto hizo otro tanto con quienes tenían afinidades personales como la fotografía y la ira contra la privatización occidental de la semilla. A nosotros nos unían los vicios. Deambulamos por calles atiborradas de comercio barato donde vendían cocos partidos por la mitad a menos de cincuenta centavos de dólar. Fotografías correspondientes junto a carretillas de frutas podridas, postes de alumbrado público que sostenían cientos de miles de cables en desuso, limpiadores ambulantes del oído medio, servicio de planchado itinerante y vacas solitarias que vagaban por oscuros rincones urbanos de indescriptible fealdad. Patricia manifestó en voz alta la idea de que mejor buscáramos un sitio donde tomar cerveza y escapar del calor. Llegamos al segundo piso de una construcción británica abandonada hacía décadas y que en las plantas bajas ofrecía reparación de motores, recauchaje de ruedas y telas horribles idénticas, según indicaba el cartel pintado a mano, a las obtenidas hacía siglos en peregrinación por la Ruta de la Seda. Nadie hablaba inglés así que confiamos en el criterio de Tejal a la hora de pedir nuestros brebajes. Una regia botella de un litro de Kingfisher caliente que en otra época me hubiera espantado. Eso y cigarros Gold Flakes que estaba prohibido fumar en el interior pero que la cabellera rojiza de Patricia permitía porque los indios sentían una debilidad especial por esa tonalidad capilar. La moda, de hecho, es teñirse las greñas con henna logrando resultados a menudo lamentables sino lisa y llanamente patéticos.


Patricia se quitaba los anteojos de sol, presionaba la yema de sus larguísimos y huesudos dedos contra los párpados y hacía movimientos circulares hasta las cejas. Eran sus ejercicios post-almuerzo para evitar la caída prematura de párpados.


- Los párpados caídos son la señal más evidente de vejez y decadencia. ¿Quiero ser decadente? No. Y encima estoy descuidando tanto la dieta con la mugre de comida chatarra que nos sirven…

¡Comida chatarra! Esta mujer está loca, pensé. A continuación, explicó que, desde su llegada a la Granja, que apenas sí soportaba, había engordado unos diez kilos y que se estaba poniendo como una morsa, muy jamona. Nina –que también era extremadamente delgada y alta– dijo que ella no comía nada después del desayuno para equilibrar su “dosha”. Lo único que tomaba era agua y cigarros, y claro, bueno, ahora me estoy saliendo de la dieta con lo de la cerveza lo que desde luego significa que mañana no habrá comida. Ni un gramo de chapati ni un granito de arroz. Yo escuchaba y tomaba notas mentales: Equilibrar dosha, mucha agua, nada de nada después del almuerzo, salvo mi agua de menta. Sonaba muy parecido a desorden alimenticio. Patricia:

- El lunes quiero ir a Dehardun a comprar vitamina C, Aníbal ¿Me acompañas? No has salido de la granja en todo este tiempo, debes estar volviéndote loco…

- Bueno, estamos acá…

- ¡Bah! Este es un pueblucho sin importancia.

Tejal asentía, mientras sacaba de sus propios cigarrillos para abastecer a Nina y a Patricia, a quienes continuamente les estaba besando el culo. Patricia explicó que fuera de la sesión de “plancha”, ese complicado ejercicio de mantenerse en posición recta con la ayuda de codos y dedos de los pies, de media hora por la tarde, media hora antes del almuerzo y media hora antes de acostarse, podía al menos, con todo eso, dormir con algo de buena conciencia. Alrededor de la Granja había tantos perros vagos que era imposible salir a correr veinte kilómetros. También estaba el peligro latente de las cobras o la aparición de algún tigre salvaje o un escorpión. Segunda botella de cerveza. Patricia contó que Alessandro tomaba un rastrillo con agujas de un tamaño pequeñísimo, invisible al ojo humano, y que se lo pasaba todas las noches por la frente, por las mejillas y el cuello. Needling. Eso provocaba heridas milimétricas que permitían una mejor absorción de su rutina matutina de cosméticos Himalaya que desde luego todos en la Granja usaban y seguían al pie de la letra como indicaba Patti, la masajista oficial de cuanto famoso existe sobre la faz de la tierra. ¡Y yo que pensaba que de lo único que hablaban era de las semillas felices!

- Estás loco. Jean Baptiste, por ejemplo, tiene solo maletas Gucci y Louis Vuitton, y usa “foundation”. Fíjate bien.

Yo tomaba más notas mentales, aunque jamás podría costear las dichosas maletas de cuero. Pero en la noche buscaría eso del “needling”, a pesar que no tenía (ni tengo) arrugas visibles. De momento Nina explicaba que el mejor desintoxicante del cuerpo era tomar la propia orina y escobillarse los dientes con un trapo blanco untado en lejía en polvo, que además si lo tragabas, ayudaba a prevenir, entre otras enfermedades, cáncer al esófago, cáncer al pulmón, tendinitis y mal de Chagas. Por eso ella fumaba con toda conciencia y tranquilidad, porque guardaba sus meadas, porque claramente tenía visión de futuro. De sus recomendaciones únicamente me quedé con el equilibrio del Dosha…


Con la cabeza repleta de nuevos conceptos e ideas, ahora me encontraba sentado frente al río Yamuna, que a lo largo de su rivera hospeda templos, sitios de peregrinación y mezquitas, entre ellos el espléndido y magnífico Taj Mahal. Nos acarrearon directamente desde Paonta Sahib hasta este sitio donde era posible jugar en bicicletas acuáticas, regalarle bananas a un babuino ansioso o tomar una merienda rápida –y vegetariana. El código de vestimenta para los occidentales indicaba que los hombres podíamos usar pantalones cortos, sí, pero hasta debajo de la rodilla. Para las mujeres, absolutamente nada de minifaldas, transparencias o leggins. De ahí que llamó la atención cuando mi enemigo natural, Chris, se quitó toda la ropa (salvo los calzoncillos), y decidió echarse un piquero en las turbias e inmundas aguas sagradas del Yamuna. Gritos y escandalera de Allison, cómo era posible tamaña falta de respeto. Las dos indias que viajaban con nosotros, Sima y Niha, se ponían rojas como una amapola contemplando el cuerpo atlético y musculoso de Chris, quien producto de tantas horas de exposición al sol en su viaje en bicicleta desde Estambul, regalaba un espectáculo dorado que ellas habían visto solo en revistas y uno que otro sitio porno. Chris se reía mientras caminaba en dirección a su mochila y sacudía su melena rubia para despojarse del agua sobrante; Chris reía y tragaba dos samosas rellenas de arvejas y papas y pateaba a un macaco con los pies. Estaba bien, gran hombre, contento por tu hazaña.


Y después querían que respetara a esa gente.


Sirvieron el Tchai, repartieron chapatis rellenos de chocolate, contaron chistes de semillas e intercambiaban datos de desintoxicación cutánea. Al parecer, cualquiera que era alguien iba a Rishikesh a tomar un cursillo de yoga y someterse a las manos de algún masajista Ayurveda, expertos en embellecer y adelgazar a la gente. Nota para el futuro.


El viaje de retorno a la Granja se sintió como una suerte de regreso al núcleo multifamiliar, a pesar de que el sitio todavía me era definitivamente ajeno. Nuestros amigos nepalíes se pusieron a mover los pies en una espiral de bailes regionales y animaban los rostros de esta muchedumbre feliz por la mañana, pero que con tanta dieta y escondida de alimentos dentro de la bolsa de género “para comer luego, ahora estoy muy llena”, lucían rostros cansados, tristes, abatidos. Yo miraba atentamente a todos. Eran increíblemente guapos. No, más que eso: eran hermosos. Como sacados del reino de los elfos o de un tríptico del Atalaya de los Testigos de Jehová. El que no era delgado, alto y atlético (aplíquese para ambos sexos), era atlético, alto y delgado y encima de ojos azules. O verdes. Tendría que seguir más de cerca los métodos de adelgazamiento porque definitivamente en la Granja no había gimnasio ni spa ni rutas biodiversas para hacer running. ¿A quién elegir? Los más espléndidos eran Alessandro, una tirolesa llamada Anna y Jean Baptiste. Me centraría en los dos primeros, vigilando qué comían, qué ejercicios hacían, cuáles eran sus hábitos. En cualquier caso, con lo de las infusiones calientes de jengibre, limón y menta los resultados se estaban dejando ver porque por primera vez en meses tuve que ponerme cinturón para afirmar los pantalones.


Dios estaba escuchando mis plegarias.


Eso sí, había que hacerlo todo con minuciosidad y disciplina soviética. De ahí que a las 7 de la tarde cuando tocaron la campana para la comida no iba a ir yo a echarlo todo a perder, así que limité mi ingesta alimenticia a una infusión de agua hervida con limón y jengibre y dos cigarrillos Gold Flakes en el patio de los fumadores. Más tarde, después del baño, llamé a casa para narrar las aventuras vividas exagerando algunas cosas para mantener contenta a mi madre, quien luego de mi vívida descripción de la Granja creyó que me estaba metiendo en las barracas de Birkenau. Laptop apagado, mosquitero listo, tapones de oído, “head torch” encendida, El Origen de la Tragedia de Friedrich Nietzsche abierto en la página número 56. Me quedé dormido en veinte minutos. Mañana empezaría mi investigación sigilosa.

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