• Anibal Venegas

El Arribismo

Probablemente como consecuencia del encierro, había llegado a creer que el arribismo, es decir, la aspiración irracional a ser mejores en virtud de la holgura económica y otros símbolos de clase e incierto estatus, estaba en franca retirada. No salieron más libros sobre los llamados “siúticos” ni sobre los “cuicos”. En la era post 18 de octubre ufanarse de los privilegios da plancha. Ostentar resulta cringe.


Además, las revistas de papel cuché –o “glossy magazines” como dicen los gringos– desaparecieron hace rato y asimismo sus protagonistas, una corte de señoras peinadas a lo Walter Mercado que no se perdían inauguración ni mucho menos apertura de la temporada de conciertos en el Municipal. Dichas señoras eran punto fijo en la ceremonia de la nueva línea de carteras de la boutique exclusiva junto al cura de congregación top, que iba allí para la foto y también para esparcir agua bendita encima de los bolsos, no se fuera ir a pique el emprendimiento.


En las páginas siguientes: la familia pituca del mes revela en vivos colores lo regia que es su casa cachagüina de diseño de autor. “Las cortinas las drapeó fulanito y los sillones los tapizó menganito, pero siguiendo mis indicaciones” explicaba orgullosa la señora rubia y flacuchenta junto a sus ocho niñitos bien comportados, esos que según la mamá hubo que mandar al fonoaudiólogo para quitarles el acento foráneo, así de profundo era el lazo que los unía a la empleada doméstica peruana. La masa compraba dichas revistas por montones hasta que dejaron de hacerlo, Instagram era la ventana al auténtico y verdadero mundo. Se acabaron los cocktails con la Mary Rose exhibiendo su enorme y equina sonrisa. Fotógrafos y periodistas de sociedad amplifican las cifras de cesantía porque ya nadie quiere aspirar a ser una tal Carmencita Lyon y su chorrera de críos jugando en Zapallar. Las Redes Sociales acabaron con toda una era. Existe un antes y un después de la Pela Tomates.


Pero el asunto es mucho más complicado que la presencia o ausencia de una revista en la parte baja de una mesita de vidrio de la casa unifamiliar. El arribismo se mantiene intacto, sí, pero hoy en día cuesta el doble sino el triple encontrar los mecanismos de mímesis cuica que antaño ofrecían las revistas, porque desde hace años no sirven la Vuitton, el Porsche, el viaje al Caribe ni mucho menos vivir en lugares de aspiración e inspiración burguesa. Qué decir de hablar con la papa caliente: passé. Los vecinos respetables de Parque Forestal o de Vitacura, por ejemplo, no quieren oír ni hablar de Línea 7, la sola idea de tener a gente de otros barrios circulando en las cercanías de sus resplandecientes propiedades los hace poner sus joyas y pinturas de Carmen Aldunate y Pedro Lira a buen recaudo, lo mismo sus costumbres y hábitos de consumo. Entonces ¿A quién imita el arribista criollo en modo pandemia, ese que está ganando “buenas lucas” y debe gastarlas en algo que le suba el pelo? ¿O ese que no gana “buenas lucas” y que también quiere subirse el pelo? Porque la segunda vivienda en Reñaca tampoco sirve. Farándula no hay, el matinal de Chilevisión es muy político. Y ese señor Hirmas tampoco es útil, sus declaraciones respecto al asco que le daba su compañera de asiento en la cabina del avión no fueron recibidos muy dulcemente por la ciudadanía.


Resulta complejo entonces arribar en el capitalismo del laissez-faire (ese que llaman neoliberalismo) en el medio de una crisis sanitaria global, sobre todo cuando los métodos se han democratizado tanto, tantísimo. Es un problema de índole no sólo antropológica sino además epistemológica, porque ¿Cómo saber la forma de arribar si no se sabe a dónde se quiere arribar en primer lugar? Existe la intuición, yeah, sin embargo, escasean los ejemplos. Ni siquiera hay extranjeros [europeos o norteamericanos] dando vueltas por el mall o en los comederos del Boulevard del Parque Arauco. En este sentido el mercado se frota las manos y profiere sendas carcajadas, el arribista se da buenos quebraderos de cabeza, falla una y otra vez en sus vanos intentos por tocar cimas, se pierde en un laberinto de incertidumbre y escasez de ideas.


Porque el pobre o flaite –quien además de cargar con la pesada mochila de la miseria debe soportar epítetos de clase – hace fila en Tommy Hilfiger, Lacoste y Prüne, que antes eran símbolos de distinción “versión desde”. Las imitaciones de marcas de alta moda, las que contemplan el diseño y asimismo el logo, son tan perfectas que es difícil distinguirlas de la cartera, cinturón o zapatilla originales. Cumplen una mera función estética, ya no regalan estatus. Por eso varias de esas niñas que hacen fila para meterse a Bold (“líderes en lifestyle y sportswear” según explica el sitio web) usan bandolera Gucci y Bimba & Lola y mocasines Prada, al tiempo que el pololo flacuchento se sobajea los anillos de falsa malaquita de la casa Yves Saint Laurent. El jopo se humecta con productos caros, la piel con ácido hialurónico, la ropa se perfuma con Jean Paul Gaultier comprado en el Dos Caracoles.


¿Para dónde mirar? ¿A quién copiar? ¿Cómo imitar? ¿O ahora se pusieron creativos y originales? En mis paseos urbanos, única distracción en los pajeros tiempos del confinamiento, he podido ver de todo. Y a todos. Con la presencia constante del toque de queda, se debe destacar en periodos muy acotados, el arribo tiene la curvatura espacio-tiempo luchando en contra. Quizá me equivoque, uy, qué daño, pero hasta Sócrates terminó hablando de otra cosa cuando se lanzó a averiguar la naturaleza de la Virtud en el Menón. Platón se preguntaba ¿Cómo saber lo que se sabe si ni siquiera es posible conocer eso que se quiere saber o conocer? Reemplazar “saber” por “arribar”. He ahí la cuestión.


Si quiere empezar a arribar o reconocer a los y las postulantes al juego de la eterna aspiración, tome nota mental y aprenda. O por lo menos ríase. O en caso de sensibilidad herida, bueno, qué sé yo.


¿Qué vamos a comer?

Desde que la tele empezó a machacarla con los programas de cocina estilo “Máster Chef” y alentados por los influencers, la gente normal complicó lo que antes eran salchichas con huevos revueltos para el desayuno agregándoles chimichurri y semillas de calabaza. Les metieron chía a las sopaipillas, azafrán al causeo de pepino con cebolla en escabeche. Pero la cosa llegaba hasta ahí no más, las familias no arriesgaron la integridad de la dieta criolla y siguieron fieles a la cazuela de osobuco, a las nutritivas lentejas con arroz, al pan con palta y desde luego a los porotos con riendas. A lo sumo, ir a comprar ingredientes complicados al Jumbo para recrear el efecto de alguna torta. Pero había otro grupo que puso más ojo y empeño y que reemplazó la vieja y conocida batidora IRT por una Kitchen Aid comprada en cuotas en el Volcán. Qué decir de la infaltable Nespresso. O de la pila de ollas Le Creuset que no se usan. Porque si bien es bonito cocinar y subir el logro a las redes –sobre todo en cuarentena– el arribista se lo pasa metido en los restaurantes donde puede ver y ser visto. La prole se enquista en fiestas clandestinas de lo cual se congratula a discreción el núcleo familiar. Sin embargo, el acontecimiento tiene repercusión en todo el valle.

Sashimi de Jurel

Ante la imposibilidad de salir a comer cuando uno quiere, gracias a Dios existe algo llamado “La Cocinería”, donde una mina bien lais ofrece la oportunidad de comprar “chanchito mechado” y varios platos típicos “en verdad exquisitos” por apenas cuarenta mil pesos. Y siempre que uno viva en el radio de distribución, porque si se vive en casa de hormigón celular armado de Puente Alto, la tapa se escucha en Marte. La compra es inmediatamente publicada en Redes Sociales. En pandemia es bueno meterse la mano al bolsillo y apoyar a los emprendimientos de gente de esfuerzo, esa es una de las tantas responsabilidades que traen consigo la riqueza y asimismo la nobleza, explica el arribista en su estatus de Facebook con el respectivo emoticón de la felicidad. Ninguno de los que le opinan la compra es Matte o Subercaseaux, o por lo menos algún Said, de manera que no entienden por qué este tipo en lugar de ponerse con un paquete de tallarines n°5 para alguna olla común está manteniéndole el jardín consolidado a la otra.


El Mecenas cree que está bien congraciarse con la desdicha cuica, de modo que en cuarentena adquirió además varios frascos de foie gras donde la Helene de Fleurac que nunca había probado en su vida. Guácala, qué asco, a él le gusta el paté. Sin embargo en las Redes lo exhibe untado en pan del Baco, que compró usando el permiso de desplazamiento. “Exquisito, lo recomiendo 100%, la Florencia y el Agustín se lo devoraron”. Los niños se llevan una mención sí o sí. Les niñes. Siempre tienen dos y que fotografían sin cesar, aplanando las mechas rebeldes con gel Kriss o Laca Alberto VO5, o en casos orgánicos, jugo de limón. El pelo tieso simplemente afea. A veces le celebran el cumpleaños al perro también, por lo mismo son fanáticos de los animales y en el último tiempo de la equitación, igual que esa dama tan fina Mary Rose MacGill.


Se levantan las cuarentenas. Aprovechando los precios bajos el arribista parte con la familia a Brasil o Miami, trayendo consigo imanes, destapadores y abanicos para decorar el living y a la vez Instagram, y también algo de carga viral. Se retuerce convulsivamente ante la libertad coartada, quiere salir a comer hasta tarde para apoyar la economía. Por eso se manda el pique al Aligot (el arribista es intolerante a la lactosa, pero va igual porque todo cuesta mil pesos menos que en el Baco, donde fue en 2019 y lo miraron en menos por andar con zapatillas). O al Muumami. Allí le sirven la hamburguesa en sendos platos de piedra laja, la “propuesta” que viene con queso chanco “icónico”. Todo eso lo deconstruye en una publicación repleta de faltas de ortografía y con lujo de detalles. Otra vez, amigos y conocidos no entienden de qué está hablando. A veces hace su aparición el comentario incorrecto, el de la tía o la abuela evangélica que a menudo olvida que también existe: “QUE RICO HIJITO, TE AMO MUCHO, BENDICIONES”. El comentario se va a la basura, no vaya a ser cosa que alguien haga click en el perfil de la susodicha, muy criolla y muy capaz de comprometer la impresión global de sus andanzas cosmopolitas con una observación precipitada. Hay que ser prudentes.


Pero ¿Había realmente pitucos de imitar ese día? Es decir, los restaurantes están casi siempre vacíos y todos se ven más o menos iguales. Además, algo raro existe en la forma en que la cuica toma el cigarro que es casi imposible de recrear ¿Serán las uñas acrílicas el impedimento? La cuica, sin uñas acrílicas desde luego, apunta todo con los mismos dedos que usa para agarrar el cigarrillo y sin que caiga una pizca de ceniza en el mantel, y en caso de caer, simplemente contribuye al efecto chic-despreocupado. La que quiere arribar tiene la cabeza repleta de preocupaciones de carácter ontológico, chupetea el Kent o el mentolado al tiempo que habla de lo que la otra le dijo a la otra que no le dijera a nadie, y dice que le dijo. La rubia de verdad es flaca y no usa ropa nueva para ir a comerse una ensalada –que ni siquiera termina–, pero su viejo y gastado sweater italiano de cachemira y las manos limpias dan una impresión mucho más perfecta que los botines Mingo blancos a juego con la cartera blanca de la que quiere arribar. El marido juega y juega con la lapicera Mont Blanc a ver si eso compensa el metro setenta (sesenta y nueve, depende de la huincha que se use) y las uñas sucias. El pituco de la mesa de enfrente anda con lápiz Bic y una chaqueta Patagonia demasiado sobria.


El arribista de igual forma cosecha comentarios en la publicación de Facebook donde indica el dónde y con quién. Y ahí aparecen también sus colegas de andanzas parvenu: rivalizan entre ellos para explicar qué cosas debieran pedirse del menú, para dejar bien en claro que ellos también se han ido a comer pucheros a ese mismo “local”.


Como se puede ver, comer, ya sea en casa o en la calle, se transforma en toda una faena. Lo que menos importa es la integridad del bolo alimenticio.


¿Y por quién vamos a votar?

El arribista tenía miedo a la Convención Constituyente y a la posibilidad de que saliera Jadue o Gabriel Boric. Convención y candidatos de izquierda suponían (suponen) un reto para los inversionistas que bien podrían no estar en el país, pero están y muy presentes. Cada día más. Empero, si se quiere arribar, se vería feo congraciarse con el empresariado o los dichos de Tere Marinovic. Eso sería demasiado obvio. Las chaquetas Helly Hansen o Armani destacan más cuando uno se declara fan de la machi Francisca Linconao, aunque quien se endeudó para usarlas se haya hecho pruebas genéticas a fin de comprobar que por sus venas no corre una pizca de sangre mapuche. 10% hispánico, 30% indígena de la zona andina, 30 % indígena del Yucatán, 5% Yemen, 5% Argelia, 10% blanco europeo. Esa información contradice en gran medida el supuesto origen polaco de la abuela materna, de modo que hay que afirmarse al último porcentaje. Con todo eso, se puede admirar abiertamente a la Doctora Loncón. Es como si se hubiera nacido Errázuriz o Bezanilla, o se tuviera fundo de mil hectáreas con casa patronal.


Hasta que apareció Sichel.

Nadie contaba con la victoria del autoproclamado líder de los emprendedores. El tipo se llama a sí mismo liberal, amante de la naturaleza, vivan los gays, viva el mercado. Un insondable y libertario ímpetu se apodera del ciudadano de aspiraciones arribistas precisamente cuando el Seba habla de las profundas implicaciones espirituales que conlleva un emprendimiento y el seguro de salud de contratación privada. Cada vez que Sichel habla de las bondades de la libertad financiera y de los capitales de riesgo, el arribista se siente como si le estuvieran hablando a él, cosa que sin duda no pasa. A Sichel su vida le importa menos que un racimo de uvas podridas. Pero hasta de eso es posible obtener vinagre. De modo que accede al acoso del arribista en el restaurant y se hacen la dichosa selfie. De modo que ahora el candidato natural es Sichel. DEBE ser Sichel. Debiera ser Provoste también quizá, pero ésta es demasiado “ordinaria” según explica la mujer arribista, que incluso encuentra “mino” a Sebastián II.


La mujer arribista cree que a la “tal Yasna esa” le hace falta urgente una asesoría de imagen. Su peinado, declara, la hace parecer una presidenta de centro de padres cualquiera o recolectora de donativos para el Hogar de Cristo. Ella misma es presidenta de centro de padres cualquiera y de vez en cuando solidariza con causas como la cadena de oración por el niñito Eleuchans o Costabal de rigor, lo que encima le reporta un like (no un “love”, ni un “care”, solo un “like”) de la Larraín que tiene en el listado de amigos “del Face”. Y ella misma es bastante morena, con la piel oscura de tonalidades sepias, como si estuviera eternamente recuperándose de una hepatitis, no de Malaria o Dengue, que esas sí son enfermedades finas de las que hablar cuando alguien pregunta. Para quitar del medio a Jadue votó por Boric y desde luego decantará por Sichel, que es el equivalente a vivir en la Dehesa en lugar del conjunto de casitas mediterráneas con patio a 30 kilómetros de la capital. ¿Se entiende?


Sichel promete no hacer peligrar el emprendimiento de los piures ni mucho menos el de las asesorías computacionales del páter familia, despedido en pandemia tras largos años de servicio. La sola idea de gerenciarse a sí mismo lo encumbra hacia las cimas de la escala social. Eso es lo que probablemente debe estar pensando la gente de barrios refinados que gustan de humillar con apatía y despreocupación a quienes están más abajo, que es lo que el arribista sueña poder hacer algún día. Sin embargo, la espontaneidad le está vetada. No es posible cambiar el color de piel o hacer que el bruto del abuelo la corte con eso de llamar yerna a su nuera. Pero se puede votar por Sichel y gritarlo a los cuatro vientos, o decir que se votó por el apruebo y a la vez por Sichel. De ahí que el arribista puede verlo todo con total claridad: luego de dos horas y media tras el volante, la familia entera dando círculos alrededor del Parque Bicentenario al tiempo que se izan banderas y se machaca la bocina del Changan. Seguro es lo que todos los gerentes de Chile harán ese gran día en sus Land Rover.





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