• Anibal Venegas

El juego de la Imaginación

Hace muchos años, antes, aaantes de la travesía asiática, antes de la aparición de abrigos elegantes para ir a comer a algún restaurant con certificación Michelin y de las camisas almidonadas hechas a mano por campesinas empoderadas, yo era bastante pobre. Pobrísimo. De vez en cuando abría el refrigerador para buscar entre la incertidumbre y la escasez algo de “variedad”. Lo que significaba poco o casi nada. Mucho menos había regalos de cumpleaños ni de navidades y en caso improbable de haberlos, debía ser algún objeto útil con beneficios concretos para mí y mis dos hermanos, como por ejemplo, una cuerda para saltar porque encima ayudaba a armar un buen estado físico. Fue así como mi madre inventó el Juego de la Imaginación: ante las penurias económicas, conviene más reunir neuronas y ¡zaz! algo de sinapsis para restaurar narcicismos heridos o deseos capitalistas post-exposición a juguetes plásticos ajenos vía TV.


Cuando mi hermano mayor estaba ad portas de ingresar a la Universidad mis padres se reunieron en concilio secreto en una oscura noche de invierno. Llovía a cántaros, el viento soplaba encima de las copas de los árboles de hoja perenne y les arrancaba ramas enteras que iban directo a la ventana de nuestra sala de estar y la dejaban hecha trizas. Un enorme cartón corrugado engalanaba el atalaya desde donde yo se supone que miraba de cara al mundo. La economía doméstica estaba destruida y sin ninguna apariencia de mejorar en el corto, mediano y largo plazo. Había que trabajar duro y mis padres así lo decidieron. Al cabo de unos años se transformaron en dueños del capital con empleados cuya fuerza era medida y cuantificada según las normas del mercado doméstico, competencia física y algo de inteligencia. Pero la última palabra la tenía (tiene) mi madre, quien pasó de las parkas feas, abrigos horribles y los quehaceres domésticos, a las carteras italianas y sus vestidos elegantes que usa todos los días. Sin repetir el “outfit” o al menos alterando el orden de las joyas (pocas y discretas, el buen gusto le venía en el ADN) de modo que la impresión global se distinguiera de todas las anteriores.


De niños mis padres quisieron mantenernos lo más alejados posible de los tentáculos del capitalismo y en cambio, nos rellenaron la cabeza de novelas, sí, pero las que había en casa y que un cierto pasado lustroso y apabullante de mi abuela materna había legado a nuestro empobrecido núcleo familiar. Eso y unos vestidos de diseño a la medida y una colección de perlas. Fue así como nos pasamos la infancia, adolescencia y la mitad de la primera juventud tirados en el suelo leyendo a C.S. Lewis, Stendhal, Victor Hugo, Henry James. Y qué íbamos a hacer si se acababan los libros, desde luego no había dinero para comprar nada nuevo, así que a releer lo de casa y lo que estaba en la biblioteca pública más cercana. Nada de televisión. Absolutamente nada de videojuegos. ¿Y cuándo todo eso se terminaba y no había recursos disponibles, cuando el cielo se caía junto a la lluvia y no podíamos salir al patio? “Pues imaginen, jueguen a imaginar” respondía mi madre entre el humo de su cigarrillo Advance y alguna Selección del Reader’s Digest. Ahí estaba: el Juego de la Imaginación.



Hasta ahora no tenemos hambres atrasadas ni recuerdos amargos por no haber tenido la muñeca determinada, el equipo de esquí necesario ni los pantalones modernos apropiados. Sin duda habrá tiempo y espacio para satisfacer esos anhelos, si es que se tienen. En cambio, el Juego de la Imaginación lo mantuvimos, mantenemos y mantendremos siempre. Y es tan fácil: ¿Qué implica? Si su hijo está aburrido y no tiene juguetes que comprarle ni ganas de hablar con él o con ella –las mujeres y hombres no están obligados a entablar conversaciones estúpidas con sus críos todo el tiempo– simplemente pídale que se siente, tome aire y juegue a imaginar. Lisa y llanamente imaginar. Si hay lápiz y papel, tanto mejor, si no, pues bien, dígale que juegue a imaginar que dibuja eso que imaginó. Así de enredado, pero así de efectivo. Y la verdad es que con mis hermanos preferimos efectivamente esa forma de diversión y recreo, de ahí que siempre chocamos con las cosas y las personas. Mi hermana se ha ido directamente de bruces al suelo por ir imaginando en plena vía pública. Da igual si Santiago o Nueva York. O cuando estoy comiendo con mi hermano ya sé en qué mundo está metiéndose en tanto no contesta a lo que estoy preguntando y en cambio su mirada se detiene fija en un punto inexistente, como los bailarines del Bolshoi interpretando Don Quijote al tiempo que realizan un fouetté. De vez en cuando esboza una sonrisa. Pero la atención no vuelve. Horas, semanas, pero tal vez meses y años perdidos en la propia cabeza durante cinco minutos. O quizá dos.


Y desde luego el Juego de la Imaginación siempre resultó más atractivo que las casitas, las muñequitas y los autitos.


Por ejemplo, estaba mi hermana machacando día y noche con su capricho de tener una muñeca Barbie para traspasar algo de su subjetividad al objeto inerte y construirse a sí misma a través de él (OK, estuve releyendo a Simone de Beauvoir). Mi madre se rebelaba celosamente en contra de ese antojo pretencioso, explicando que la muñeca en cuestión era fea, tonta y sin sueños ni aspiraciones a largo plazo, y sin que se oiga “no tengo plata para comprar una”. No obstante, señoras y señores, llegó el gran día y sí, el tan esperado día. Se trataba de una navidad o algo por el estilo (yo me quedo con Janucá). Antes que ninguno de mis hermanos –yo incluido– hubiera hecho su mínima contribución a la sociedad. Antes que los diseños, los cocktails y el jet lag se nos transformaran en experiencia sensible. Resulta que sin querer romper la triste rutina de la pobreza económica ni mucho menos el Juego de la Imaginación, mi padre (único sustento en mi niñez y cuyos ingresos se iban directamente al buche de tres críos, a quienes encima había que enseñar buenos modales) apareció con dinero extra obtenido a partir de uno de sus innumerables aventuras empresariales, que incluían adiestrar perros y regentar un emprendimiento de cortadores de pasto. ¿Qué? ¿Qué va a sobrar algo de la compra del pollo, las papas, las zanahorias y el perejil para la comida? –mi madre, siempre digna y elegante, ya por ese entonces tiritaba frente a la palabra Cena que en Chile se tiende a pronunciar “Ssssena”–. Y así mismo fue. Entonces, como sobró algo más que una pizca, claro, salta a la vista que los niños podrán obtener algo de eso, materializado, cómo no, en algún juguete estúpido e inservible que será olvidado al cabo de días, no, horas.


Pero de vez en cuando es necesario ceder a los caprichos.


Ahí estábamos mi hermano, mi hermana y yo, junto al horrendo pino “minimal” que había armado la matriarca el día antes de la nochebuena, para que la invisible opinión pública, también conocida como cosificación de la conciencia, no la juzgara como mala madre. Bueno, ya se comieron el pollo y la ensalada rusa y la torta de crema, aquí tienen, un regalo para cada uno. Primero Aníbal. Despliegue de dimensiones épicas tratando de arrancar el papel de fantasía que ocultaba algo duro y muy plástico que resultó ser una mano, dura y muy plástica, que a la fecha aún no entendemos para qué diablos servía. Una mano plana con los dibujos de los dedos y un cinturón de velcro para que no se cayera de la propia mano. Al parecer mi madre meditó enseguida respecto a las consecuencias nefastas que traería la mano plástica sobre el rostro de algunos miembros del grupo familiar, de modo que la posesión de mi obsequio duró hasta el día siguiente, “se lo llevó un duende”. Next. Mi hermano Aarón y su flamante libretilla de apuntes de 5x5 centímetros, Made in Liliput. Sus torpes y adolescentes dedos tropezaban al tratar de escribir algo sobre el supuesto “diario de vida” que, de acuerdo a lo explicado por mi madre, era un diario inteligente, porque se iniciaba únicamente con la primera palabra de la experiencia a narrar, el resto se completa internamente en la cabeza: ahí no hay hermanos pequeños intrusos que quieran escarbar en la narrativa concupiscente (¿qué otra cosa?) del primogénito. Mi hermano estaba feliz con su regalo y presumía de tener el mejor de todos. Turno de mi hermana. La caja cuadrada y la sonrisa dadivosa y cándida de mi mamá solo podían significar una cosa: la Barbie. Con mucha emoción y algo de dificultad, porque era lenta y miope, mi hermana arrancó el papel lustre de la caja y removió de su interior lo que efectivamente era una muñeca Barbie, no wait, ¿Barbie?, no, Jessica. Ahí estaba una rubia villera de pelo plástico sin la característica sonrisa de la original, acaso una mueca de enojo muy cercana a la decepción. Y la cosa no terminaba allí porque aparte de carecer de las articulaciones de la creación Mattel, Jessica venía descalza, ojos café… y embarazada. “¡Mamá, me regalaste una muñeca con pasado!” chilló mi hermana. “Eso es para que veas la suerte que tienes en la vida”. Y claro, como los adultos saben, los juguetes nos importaron hasta que nos fuimos a dormir…



…porque nada supera al Juego de la Imaginación. Uno se sienta, camina o corre y lo único que hace es imaginar, ¿Qué cosa? Lo que a uno le dé la gana. Si se quiere es posible llegar a ser dictador sanguinario o santo de la devoción de alguien, todo depende de la mala o buena conciencia del que está ahí, imaginando. Otro recuerdo: hace mil años, cuando mi madre decidió, contraria a todo pronóstico económico, celebrarnos nuestro cumpleaños, eso sí, a todos juntos, para qué repetir y gastar. Desde luego todo era de calidad ínfima. Y abundaba la fruta. Y los famosos paquetitos con pastillas que le entregan a los otros niños invitados al convite mi madre los había hecho con el tubo de cartón del papel higiénico, lo que años más tarde unos amigos ingleses atribuyeron a mi, según ellos, educación “Waldorf”. ¿Y la piñata? Un globo de goma que cuando se reventó… no cayó absolutamente nada. “Pero chicos, imaginen las pastillas que caen, a ver, quién consigue más”, y ahí estábamos con mis hermanos, revolcándonos en la moqueta, compitiendo por ver quién de nosotros conseguía la mayor cantidad de pastillas de la fantasía. A veces, nos dábamos la vuelta y quedábamos de cara a la bombilla de la luz, se nos encandilaban los ojos: tres hermanos buscando cazar luces multiformes y de todos los colores…


Pero siempre quedará el Juego de la Imaginación. Ahora mismo estoy jugando.

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