• Anibal Venegas

Hecho en Chile

Como viajero y escritor errante me ha tocado ver miseria y riqueza extremas codo a codo, típicamente en sitios oscuros del mundo “en desarrollo”, ese del que mi país, Chile, trata constantemente de huir. ¿Qué es la miseria para el gobernante de turno? Una mancha en su chaleco blanco. De vez en cuando, eso sí, surgen recordatorios de que quizá Chile no es precisamente la Suiza sudaca como les gusta repetir a los políticos que mendigan membrecías OCDE. Pienso, por ejemplo, en el incendio del vertedero hace dos años que envolvió a Santiago en el maravilloso neroli de caca que perfumó maliciosamente el aire ya viciado en un día que debía ser bonito y claro. O cuando una Secretaria Regional Ministerial (SEREMI, adoran las siglas por estos andurriales) repartía frutillas y porquerías cosméticas en un automóvil del fisco. Pero nunca he visto un palacio con barrotes de oro junto a una chabola putrefacta como las que abundan en Delhi o la miseria sublime de los campos de refugiados afganos en el extraordinario valle Hunza en el norte de Pakistán (donde, dicen, viven los seres humanos más hermosos del planeta Tierra).


Tal vez estaba ciego, inmerso de forma involuntaria en mis privilegios de clase media, que dado el actual contexto de protestas masivas que duran día y –no obstante la prohibición absoluta de salir de nuestras casas después de la hora que a las fuerzas de orden se les ocurra– noche, parecen las regalías de un Sultán. Resulta que la renta de mi minúsculo departamento santiaguino que alquilo con muebles para únicamente preocuparme de “cosas que valgan la pena” y coger las maletas y salir disparado, supera varias veces el salario mínimo, ese que gana la mayoría de la gente. Siempre lo he sabido, pero creo que me he hecho el idiota por conveniencia, total, la gente ni chistaba, de algún modo la cajera del supermercado se las arregla para estar todo el día sentada o parada escaneando longanizas, queso, virutilla y cera. Y encima, por supuesto, sonriendo para que no la vaya a sorprender el cliente incógnito, detective mal pagado y con mucha hambre y sed de venganza. La impresión estética interna del supermercado debe verse reflejada por fuera también. Son los valores que promueve la gerencia de RSE. Ojalá subrayada y con destacador verde flúor. Y en el medio de todo, risas con miras a Halloween.


Eso hasta el viernes recién pasado cuando la olla a presión explotó.


¿Debo entrar en detalles? Google: Chile.



Porque la historia ha recorrido el mundo, Chile no es ni Suiza ni desarrollado ni Oasis ni nada. Es un país chanta (Chanta: a medio hacer, mentiroso, ladino, embustero: elija). En realidad, sus políticos, porque la gente es maravillosa y con algo de superdotación intelectual, porque ¡Cuánto saben las jefas y los jefes de hogar que sacan algo de donde no hay nada que sacar! ¡Y para que rinda todo un mes! He escrito bastante mal sobre algunos vicios que detesto de la cultura criolla, pero ¿Acaso uno no critica con vehemencia lo que en el fondo admira y sobre todo ama? Y ahí estaba yo, en la Plaza Baquedano de Santiago centro, justo en la parte en la que la capital se divide en dos: Santiago de la plaza hacia arriba (los ricachones), Santiago de la plaza hacia abajo (los pobres, A.K.A. la mayoría). Una cita nefasta normalizada por la absoluta totalidad de la población que hasta hace poco se hacía la tonta, sobre todo quienes hemos tenido más suerte en la vida. De vez en cuando lo prohibido: alguien del lado “oscuro” se pasaba al lado “blanco” y era visto con sospecha, recelo, crítica. Ese, ese moreno que está allí ¿No vendrá a robar? Porque salta a la vista que no es rubio ni de ojos claros, y la pinta que trae, desde luego los pantalones y la camiseta repletos de logos no logran elevar simbólicamente el estatus de su propietario, contrario al rubio local que bien puede ir con un saco harinero encima y nadie lo confundiría con el hijo de un taxista, recolector de basura o chofer de micro, por ejemplo. La maldita idolatría a los pigmentos claros de los países sudamericanos.


La mañana de un miércoles la plaza divisoria se transformó en un festival multicolor donde abundaban las pancartas, canciones, himnos improvisados con exigencias en rimas libres y humor negro, ingenio y sabiduría, y que denunciaban una espantosa realidad: Chile es un país rico cuyos gobiernos han querido mantener pobre. En la miseria escondida en la forma de pensiones paupérrimas y de tarjetas de crédito donde se cargan desde la margarina hasta los zapatos de colegio y su duración correspondiente a la obsolescencia programada. Carreras universitarias inútiles que venden la ilusión de la movilidad social. Autos de calidad ínfima que “se pagan solos” gracias a la precariedad laboral escondida en el Uber y los mentados tratados de libre comercio. Casuchas miserables a tres horas del trabajo al que se llega gracias al servicio de transporte público más caro de América Latina. Ahora es el movimiento ciudadano el que produce una verdadera tempestad. ¿Y qué había? Cientos de miles de jóvenes, pero también no tan jóvenes, demostrando el cansancio y el hastío que les producen las injusticias, sí, pero sobre todo el descaro y las migajas con las que el gobierno de turno pretende “parchar” lo que el presidente de la República denominó descaradamente “una guerra”. Se disculpó en cadena de televisión, a él hay que perdonarle y alabarle, gajes del oficio, después de todo hace tan poquito fue Yom Kippur, el día de la “expiación” para el pueblo judío. Y claro, a fin de controlar al enemigo interno pacíficamente no se escatimó en formas de castigo vistas por mí sólo en documentales de la dictadura militar en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos o tal vez algún conflicto en Oriente Medio. Militares con metralleta en mano y las tanquetas estacionadas a vista y paciencia de todas y todos, cientos de miles de carabineros entrenados en palizas y disparos al azar, carros lanza agua, bombas lacrimógenas, pistolas y cuánto horror existe en la imaginación de la industria bélica, porque incluso se habla de torturas.


Confieso que le tengo pavor a las multitudes que hacen una misma cosa, algo que intuí desde niño cuando les recortaba las mangas a los sweaters de acrílico y le pegaba escarchilla a mis Converse All Star solo para sentirme y lucir diferente. El afán de arrancar del concepto masa que se agudizó cuando me creía “superior” por pasar los veranos leyendo tochos de 500 páginas, a Marcuse en la adolescencia o estudiando a Epicteto en la Escuela de Divinidad de la Universidad de Edimburgo, en un edificio que se parecía a las locaciones de las versiones cinematográficas de Harry Potter (Nota: J.K. Rowling vivía a pocas cuadras). ¿Las multitudes asiáticas? Exóticas y coloristas. Las del Louvre y el Museo Británico son elegantes, reposadas y con olor a Portofino Neroli de Tom Ford. La gente chilena era el palo en la rueda de la bicicleta. Demasiado tonta para sentirme parte de ella, su forma de comprender la diversión y el refinamiento intelectual era sencillamente estúpida y carente de sentido. El cuento me lo creí incluso cuando llegué a Chile en 2012 y no encontraba trabajo porque no tengo conexión alguna con el amiguismo, la oligarquía y la clase alta locales. ¿Cómo me las he arreglado para obtener tanto privilegio entonces? Bueno, soy la típica excepción que comprueba la regla y nada más: padres que trabajaron horas impensables para construir emprendimientos sin ayuda de nadie, hermanos con elecciones profesionales amistosas con el mercado y su hermano filósofo pobretón a quien de forma constante consienten con todo tipo de dádivas a las que tiene acceso únicamente la clase alta. Mi voz interna que nunca quise escuchar gritaba: Aníbal, eres resentido y pobre, lo único que tienes es suerte. Mucha suerte. ¿Si me ponía a llorar o explotaba en un ataque de pánico? Madre: Aníbal, ¿Por qué no vas a Rusia este año? ¿O quizá India otra vez? ¡Estudia Derecho!


Por eso me uní con alegría y entrega a las protestas chilenas de gente que está hasta las narices de que los (nos) traten como burros. Ahí iba yo, con miedo, sí, pero compartiendo la misma rabia de que gente objetivamente más tonta que todos los que estábamos en la calle nos vieran, como decimos en Chile, “la cara”. ¿Hasta cuándo? Quizá el más resentido era yo –seguro todos pensaban igual de sí mismos– y probablemente había un miedo extendido en el ambiente no obstante la actitud absoluta y definitivamente pacífica de la protesta, porque los videos de los castigos a los “disidentes” y “agitadores” los hemos visto hasta el cansancio. Nos han llamado lumpen, flojos, buenos para nada, agitadores. Quizá es cierto, pero ¿Saben qué? Esta es mi actitud: yo y todos los que estábamos ahí y seguiremos mañana y por mucho tiempo, elevamos la desobediencia civil como un acto no de odio, sino de un profundo amor por el otro. No un amor barato en la forma de teletones y besuqueos de teleseries. Amor con miras a un país justo. ¿No fue el amor acaso el que impulsó la desobediencia vital de Rosa Parks y Nelson Mandela? ¡Y qué decir de nuestra capacidad intelectual! Por favor, déjenme ser más narcisista de lo que ya soy. Porque sin duda somos muchísimo más inteligentes que el gobierno de turno y sus anuncios para crías de jardín infantil. Sepan ustedes que para ser empáticos (cito de memoria a Martha Nussbaum) es necesario imaginar escenarios distintos al propio, caminar simbólicamente en los zapatos de aquel que sufre y ¡ayayay! la imaginación, ese juego sobre el que he escrito y con el que mi madre disfrazaba la falta de dinero para comprar juguetes, requiere de inteligencia. Mucha inteligencia. Algo de lo que definitivamente carecen quienes planean diseñar nuestros destinos e indicar hacia dónde y hasta dónde podemos avanzar.


Escribo con los enormes ventanales abiertos de mi departamento de barrio Gentrificado y su correspondiente Starbucks, consciente de la posibilidad que a alguien de las “fuerzas del orden” se le ocurra tirar una bomba lacrimógena. Pero fuera está tan tranquilito y sosegado gracias a la prohibición de salir de noche para cuidar la paz y el orden público del Chile republicano que se supone alguna vez existió. Es increíble cómo el autoritarismo estimula los sentidos y la rebeldía creativa. Por cada acto de represión una muestra de amor. Por cada asimetría justificada con citas mal usadas y en contextos erróneos, un ímpetu que parecía resignado y dormido pero que ¡zaz! despierta el alma indisciplinada de la primera juventud: revive en estos días de primavera con olor a verano, para dar paso al otoño y el inverno y otra vez primavera. Una y otra vez. Y para eso no hay que pedirle permiso a nadie…

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