• Anibal Venegas

La casa por dentro

De niño siempre tuve curiosidad por saber cómo eran las casas ajenas por dentro. En el sur de Chile, desde fuera, las casas lucían más o menos iguales: de madera pintada o barnizada, techumbre a dos aguas, jardín delantero, patio trasero, algunas tienen chimenea, otras, estufa de combustión lenta. Todas instalan cortinajes de visillo grueso o “velo de novia” en las ventanas para que el mundo interior no se escape al exterior o pueda simularse relativamente bien. La variedad está en los rieles. Hoy en día la moda imperante dicta poner los dichosos “Rolls” que suben y bajan, permitiendo que la luz atraviese, mientras que otras juran un total y absoluto “blackout”, una vida entera sumergida en las tinieblas. Pero ¿Qué hay adentro? Fui criado para no entrometerme en la vida de la gente de modo que suelo rechazar las invitaciones a casas ajenas: no gracias, ¿por qué no nos juntamos en un restaurant, en un bar?


Habiendo crecido sin ninguna otra referencia estética que la de mi propia madre y los museos a la hora de decorar mi departamento y con absolutamente todas las reuniones pactadas en Zoom, Skype o Google Chat ahora me doy cuenta, con horror, que toda la gente vive en las mismas condiciones.


O por lo menos toman las mismas decisiones visuales. Sin ningún cuestionamiento.


La oferta indica: casa o departamento acogedor (chico) cercano a estaciones de metro, supermercados, colegios y servicios públicos. Sala de estar, tres dormitorios, principal en suite. 60 metros cuadrados. Dentro de esas viviendas es posible hallar la felicidad: en el brillo de la melamina de sus clósets se refleja la mirada atenta de los futuros propietarios que inspeccionan el “piloto” decorado estratégicamente por el equipo multidisciplinario de la inmobiliaria. En el clóset número 1 organizarán toda la ropa de invierno de acuerdo a la lógica del alfabeto. En el clóset número 2 irán las toallas y los juegos de mantelería fina. La cocina y sus resplandecientes muebles empotrados albergarán los ingredientes para cocinar un rico pie de limón, baguette de masamadre o una tartaleta de membrillo. De haber patio, los planes culturales se expanden todavía más y rápidamente es posible imaginar la anhelada ampliación donde se construirá el quincho para numerosos asados, cumpleaños y ebrias celebraciones futbolísticas de cara a los vinos, el pisco y la cerveza. Es posible que la mujer ande dando vueltas por ahí también, entorpeciendo la visión global de los penales con su estúpido afán de ir recogiendo trastos, platos sucios y vasos para a continuación acarrearlo todo hacia el fregadero donde se realiza como sujeto histórico. En el baño el marido es incapaz de apuntar correctamente en el W.C. ¡hurra! Más trabajo para la mami. Los niños se idiotizan en el play.


¿Por qué todas las casas deben tener un juego de sillones, uno grande y dos pequeños? ¿Un comedor de 6 sillas? En casos dramáticos, hay casas cuya cocina viene con la habitación de “servicio” instalada: un cuartucho oscuro donde la empleada doméstica puede cambiarse el delantal a gusto, lustrarse los zapatos, cortarse las uñas y guardar cremas faciales de rosa mosqueta. Cuando sale de casa a hacer su propia vida (sí, también tiene una) aparece Doña patrona hurgueteando en los cajones del velador para comprobar que la “nanita” ha sido obediente y no se ha encariñado negativamente con el rouge de la hija mayor ni mucho menos con el arroz, los polvos de hornear o los breteles del sostén Victoria’s Secret comprado en el Parque Arauco. Las casas con este tipo de habitaciones suelen ser amplias, residen en ellas familias patricias, con pisos de mármol y calefacción por loza radiante. La chimenea de piedra volcánica está ahí para efectos decorativos. ¿Y las ventanas? Éstas carecen de cortinas a fin de no entorpecer la visión del regio y apacible jardín consolidado que los dueños contemplan cuando llegan a casa y se entregan al wiski o bien a la violencia intrafamiliar, esa que el cura de la parroquia trata de abordar con la palabra del Señor.


El tiempo ha cambiado y nosotros con él. Entregados a los afanes del confinamiento, quienes podemos trabajar desde casa nos pasamos encerrados 24 horas al día. Entonces lamentamos ciertas decisiones estéticas que se oponen directamente a la más elemental comodidad. Primero hay que orquestar la sala de operaciones desde donde uno tendrá las benditas reuniones por Zoom. Ahí también se instalan el computador, los cuadernos de apuntes, la impresora, la infaltable colección de sharpies. ¿Qué me ha tocado mirar a través de la cámara? Lo que su dueño permite ver no más. Pero alguien siempre tiene la ocurrencia de invitar a un paseo “virtual” por la propiedad privada y así enrostrar los logros materiales del núcleo doméstico, donde hasta la marca de los fósforos fue decidida en conjunto. ¿Qué es el Concilio de Nicea al lado de la reluciente familia y sus disquisiciones sobre el abrillantador de pisos, las dalias de la jardinera o el mantel de retazos? Absolutamente nada. Entonces el otro día me invitaron a ver una casa ajena por dentro… Living, cocina y credencia, habitación en suite y su respectivo clóset. Satisfecha la curiosidad, pero ¿sueño o pesadilla?

Living-Comedor

Fui el último en abandonar la dichosa reunión de Zoom, oportunidad en la que una de las cofrades decidió que había llegado la hora de mostrar de una vez por todas algunos logros de su universo sensible precisamente cuando me arrellanaba en mi silla Breuer de imitación. Alcanzó a mudarse en febrero, los muebles ya los había empezado a seleccionar y comprar desde muchísimo antes. Porque ella es precavida. Los arrimos, felpas, mesitas y sillones repletos de arabescos lucirían definitivamente mal en esa vivienda del futuro, construida bajo la premisa “la seguridad de un departamento y el tamaño de una casa”. 109 metros cuadrados de inspiración mediterránea emplazados a varios kilómetros de la Cordillera de los Andes. No hubo oportunidad de inaugurar con cocktail de bienvenida porque las amistades arrancaban en masa del veraneo y rápidamente se refugiaron bajo siete llaves en la triste realidad del confinamiento.


El marido es un bruto malhumorado que se centra en sí mismo precisamente cuando ella quiere hablar de las profundas cuestiones espirituales que conlleva limpiar una mampara usando Lysol para suelos que flotan, con olor a madreselvas. Cada vez que ella quiere abordar la nueva secadora, el librero de nogal y la habitación de servicio, él se comporta como un auténtico violador de Derechos Humanos. Es una verdadera suerte que estés tú, Aníbal. Mira, te voy a mostrar el living.


iPad en mano comenzó el recorrido virtual.

La central de operaciones estaba ahí mismo, en el living. Una habitación pintada de blanco y un tanto oscura con vista al estacionamiento, porque el departamento era el más barato del conjunto, es decir, sin derecho a ver de frente las albas montañas capitalinas, privilegio exclusivo del pent-house del último piso. Tres ventanales de arriba abajo tutelados por dos regios sillones normandos de factura reciente y cuatro sillones adquiridos en el atelier de Cristian Valdés. “Para el contrapunto entre modernidad y guiño a lo antiguo” explicó en su endeudado lenguaje de revista de decoraciones, aunque nada en esa habitación databa más allá de diciembre de 2019. Una mesa en el medio para disponer picadillos en caso de una probable soirée, dos lámparas con base de mármol falso, cuadros de naturalezas muertas y antepasados germanos inexistentes y alfombras adquiridas en multitiendas. Tanto ella como el marido lucharon con uñas y dientes para hacerse de un hueco en la vida respetable y escalar muy alto, de la sima a la cima. Por lo mismo junto a la imitación de una obra de Marta Colvin había un escaparate repleto de cachivaches traídos desde los múltiples viajes: Aníbal, este llavero es de Cancún, este otro de Miami y estos preciosos abanicos de Málaga debo colgarlos en algún lugar ¿En esa o en esta pared?


Como todo en la espiral de la pequeña burguesía que anhela encumbrarse hacia la auténtica, orgullosa y tangible burguesía, aunque sea en cómodas cuotas, por un ratito y sufriendo infinitos tormentos, hay poco lugar para la espontaneidad y de sobra para la imitación. El living ese tiene todo lo que debe tener un living respetable, sólo que la suegra insiste en buscar sitio para sus creaciones a palillos aprendidas en el Centro de Madres. La imbécil no vio la casa piloto recamada en telas de rico paño blancas como la nieve, que es el color de los cielos. Y las puertas y las manillas, y los zócalos y los guardapolvos, y los frisos y los suelos, todo, todito cabe en la categoría “fina terminación” que duele en el alma pagar todos los meses, porque las miles de unidades de fomento no se regalan ni mucho menos hay bonos para costearlas. Parece que ni con el 10% del fondo de pensiones. El marido reza para que su trabajo continúe siendo relevante en la “nueva normalidad”, de otro modo habrá que vender. Enormes gestas han presenciado esos muebles a la medida. Qué decir los críos, cuyas cabecitas han ido a dar a las patas recamadas de las sillas, en detrimento de la impresión estética ideada en noches de eterna vigilia. Miro mi propio living: un sillón, una impresora, una lámpara de escritorio en el suelo, cajas de plástico, libros apilados de acuerdo al orden en que fueron leyéndose. Y mucho alcohol gel para ofrecer alguna garantía a mi sistema inmunitario.


Cocina

También construida pensando en el futuro. En realidad, idéntica a todas las cocinas de los anuncios comerciales. Muebles empotrados en estructuras de pino insigne, vidrio y algo similar al granito. Encimera de 6 quemadores, lavavajillas, horno eléctrico, comedor de diario y una puerta que conduce directamente a la sala de planchado, de lavado y finalmente la insignificante habitación de servicio. Los albos y finísimos muebles llenos de vasos y copas, tazones y el regalo elegante del jefe de la “oficina” del marido, es decir, el único juego de tazas de porcelana de “Flimoch” (Limoges).


¿Y la comida? Porque ante todo hay que comer o al menos tener algo que arrojar al puchero. La comida brilla por su ausencia, no, en efecto ahí está, solo que a mi anfitriona le avergüenza mostrar las marcas alternativas que compra a fin de permitirse el sueldo de la empleada, de otro modo ¿Cómo? Además, pasa la cuarentena con la reluciente familia a la que friega por arriba y por abajo, hay que ser dadivosos en épocas de tempestades. En una esquina, es decir, en el mueble esquinero, la proliferación de suplementos alimenticios y vitaminas que constituyen el fundamento de la dieta familiar, a excepción de los niños que únicamente comen cereales de avena y en colores vivos. El refrigerador está repleto de imanes traídos desde el extranjero y en el medio de todo, la fotografía del viaje a Disney. Todo aquel que es alguien tiene esa cocina y el paseo por el mundo mágico del ratón Mickey. Pero por supuesto.

Dormitorio “en suite”

No es la suite de Cascanueces. Se trata de una habitación con el meadero metido ahí dentro.


“Bueno, estamos llegando a la pieza, atención, que es en suite, te fijas. Eso quiere decir que tiene el baño aquí mismo, ¿tú tienes baño en suite? Mira el vanitorio, precioso, es de mármol. Las cortinas las hizo mi mami porque igual la shower door se ve muy fea así, toda pelada. Ay qué vergüenza, esta bruta dejó la cortina mal puesta (rápidamente se dispone a tapar lo que no debe ser mostrado, es decir, el shampoo Ballerina, el jabón de barra, los cosméticos marca Petrizzio). En el medio, aquí mismo, atento, mira mi cama, la sacamos en Rosen, y fíjate en los ventanales window, tenemos terraza para nosotros. Afuera tengo la trotadora para estar delgada con la ayuda de la gimnasia…”

Desde luego, todo en esa casa debe ser visto y dispuesto como se supone es la realidad tangible del resto de las otras casas del globo terráqueo, parte occidental, ojalá norteamericana, pero de referencias versallescas. Nada ha de salirse del marco de referencia ni mucho menos moverse de su sitio. No lo entiendo ¿Por qué todo el mundo arregla su casa precisamente… como todo el mundo? ¿Lo diré desde mi tribuna de escritor pobre acostumbrado a arrendar departamentos con los muebles puestos? El mío viene con la decoración funcional al gusto promedio, mi único atrevimiento fue desmontar los posters de Rembrandt enmarcados que alguien puso en las paredes creyendo erróneamente que lucirían bien. Sólo atiné a cambiar la silla de mi escritorio-comedor, en verdad era incómoda.


¿Todas las casas han de verse iguales? Entiendo que es asunto de funcionalidad y diseño arquitectónico: la casa viene armada, sin lugar para la rebeldía estética. De vez en cuando una habitación sobrante ayuda a estimular vaivenes anarquistas y ¡zaz! ahí se instala un improvisado estudio de pintura. Hay gente que vive para ahorrar el dinero que permite la reserva y posterior depósito para comprar una vivienda familiar donde se instalará precisamente eso, la familia. Yo detesto el encierro al interior de una casa. Mi curiosidad por saber cómo vive otra gente muere cada vez que tengo una reunión virtual: si están echados sobre una cama, qué hay ahí, desde luego el dormitorio. Si es un sofá, se trata del living, que le dicen así, living, por la apropiación de la cultura anglo sobre todos los modos y formas de vivir.

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