• Anibal Venegas

Los Aspirantes: Pamela Jiles

Una debilidad criolla por las mechas rubias hace que la inclinación estética natural de cierta gente sea, en efecto, rubia. Los pasillos de la farmacia y el supermercado ofrecen tratamientos capilares especialmente diseñados para el número 6 hacia arriba ¿Lo quiere rubio-ceniza impactante? ¿O rubio abismal? ¿Tal vez rubio-rubio de ascendencia indígena? Porque hay de todo. Asimismo, la plétora de aceites y emulsionados cuyas instrucciones de uso ruegan no mezclar los ingredientes activos propios con los de la marca de la competencia, juran de guata que el pelo sometido a infinitos tormentos decolorantes resistirá la plancha alisadora o la máquina de rulos, dependiendo si la futura rubia anhela parecerse a la queridísima Cecilia Bolocco o a Carole King ¿Quizá por lo mismo la diputada del Partido Humanista, Pamela Jiles, se ha transformado en una figura trascendente en el ámbito de la política, al punto que las encuestas la elevan como probable candidata a la presidencia de la república y por encima de los demás aspirantes? ¿Qué más hay? ¿Hambre y sed de poder? ¿Megalomanía? Algunos la comparan con Trump. Sí, pero de la misma forma que con las tinturas, la inspiración no viene sola, entonces algo así como Donald Trump meets Volodymyr Zelensky, el presidente de Ucrania que al igual que la Jiles, saltó desde la farándula a la política.

Por mucho que quiera apearse del cahuineo de lo que en Inglaterra llaman the noughties, es decir, la década del 2000, en mi cabeza millennial esta señora es a la farándula lo que los chanchos al afrecho. Se pasó casi dos décadas, es decir, 20 años, hablando mal, pésimo, de la gente, porque entre 2010 y hasta su investidura como diputada profundizó en el escarnio televisado. Es por lo que la conozco y reconozco. También publicó algunos libros de sexo, tema que solía evocar con su famosa papa caliente ochentera, en el instante mismo que abordaba las disquisiciones espirituales que conllevan el catre de la hija de fulano y las mansiones millonarias de zutano. Cuando pendejo me la topé en el funeral de Volodia Teitelboim, de negro, pies a cabeza. Un par de años más tarde caché que vivía cerca de la casa de mi hermano en el sector Pedro de Valdivia Norte, entonces uno la encontraba en el Santa Isabel o en el Castaño, donde con insalvable lejanía pagaba la compra, uy, qué horror, me están mirando mis rubias mechas. Esa distancia también la trató de instalar en los shows de farándula donde se dejaba ver, cual aristócrata, poniendo bien en claro que su salida del Canal Nacional se debió a una conspiración en su contra, y qué bien encaja Foucault en el pelambre, porque probablemente los nietitos (y sin que se oyera, la gentuza) no tienen idea quién era ese gallo.


Resultó fácil trepar en la escena pública, en especial desde la tribuna que ofreció el programa “Intrusos” del ahora, según algunos, deconstruccionista izquierdo-revolucionario La Red. Allí estaban: la curia de expertos dedicados a analizar la compleja vida de gente muy sofisticada como Nicole Moreno (Luli) o la hija de Raquel Argandoña y que callaba en el instante preciso que la Jiles imponía su análisis crítico. Porque desde luego la cachetada a Eugenia Lemus es posible abordarla con la ayuda de la semiótica o bien Erich Fromm y Herbert Marcuse, qué va, toda la Escuela de Frankfort más un estudio comparado con Rosa de Luxemburgo. Es cosa de retorcer teorías, vida y obra, a fin de cuenta tanto los cófrades como la teleaudiencia, los “nietitos”, vienen de ambientes privados de los beneficios de la cultura general. La Jiles se creía como hecha de oro como el rubio de su pelo a juego con sus ojos claros, programada para burlarse de esos incultos ambientes.

Grandes pensadoras

¿Cómo lo hizo esta señora para trepar tan alto en la arena política chilensis? Para responder a esta pregunta debemos hacer una exploración, justa y necesaria, de su figura. Hay poco que agregar desde la perspectiva “cuál es su teoría” y “profundas creencias”, por lo que éste es un ejercicio muy parecido a la “Maldita Farándula”, como se titulaba una de sus impresionantes obras maestras de la literatura no ficción. Quién es Pamela Jiles, o sea, Jiles la política, qué cosa promueve, cuáles son esas ideas que la han elevado en la totalidad de las encuestas ¿O acaso no hay ideas? ¿Es posible promover vehementemente y sin reservas la nada misma y a cambio cosechar tantos frutos?


Nace una estrella


Actitud

Ya sea en su vertiente de cahuines ajenos examinados con atención mayúscula desde el panel de la farándula o en Twitter o en el despacho en directo, como asimismo en sus intervenciones catárticas en la cámara baja, Pamela destaca. Y lo hace con trucos finos, con trucos del periodismo interpretativo como le gusta decir y repetir constantemente. Algo que ha dejado muy en claro es que cualquier lugar puede convertirse en trinchera de resistencia política y por supuesto que para ella (cómo no) la farándula constituye un medio de deconstrucción de la cultura heteropatriarcal. De hecho, el término “heteronormativo” lo metió cada bendita vez que hablaba de Paulina Nin o de Pamela Díaz (a esta última le recomendó depilarse la cara), da igual, lo que importa es desintegrar los pilares fundacionales de la visión dominante, siempre es mejor criticar desde dentro y encima cobrando, que de tonta no tiene un pelo (rubio). Fue así como pasó largas temporadas hablando mal de mujeres y hombres, de niños jamás, según ella por temas de ética periodística, pero además porque ella es mujer y sobre todo madre: niños que lo pasan mal eso a ella la conmueve en lo más íntimo. La mujer que lleva dentro se trastorna, la futura presidenta de Chile se quiebra como un florero de cristal murano. En mil pedazos.


Por eso adoptó en el Sename. De su hijo mechero, uno que robaba porquerías en el H&M, no se supo más. Tener hijo mechero tampoco fue impedimento para seguir insultando la vida ajena, eso sí, desprovista de ventilador, ya que la “abuela” empezó a usar abanico de plumas. Hoy en día es posible verla con las plumas encajadas hasta en la mascarilla o engalanando su mochila de felpa fucsia, la misma que usa en puntos de prensa para criticar al sucio y pérfido patriarcado neoliberal, al que ella hace frente con el 10% de los retiros previsionales de los nietitos o diciendo que está a favor de la pena de muerte para acto seguido, una vez emplazada en Twitter, retractarse. El conocido juego de la farándula, o sea, de la política.

Horizontes políticos

Para ser candidata o candidato a la presidencia hay que tener ciertos atributos. ¿Quién es el Príncipe? se preguntó Maquiavelo. En el caso de la autodenominada Abuela, periodista sin golpes periodísticos, famosa por sus trifulcas con gente de la altura moral y valor estético como las videntes Hermanas Peña o la cantante Patricia Maldonado, no hay mucho que decir. Salvo el hecho consumado de sus greñas rubias y plumas rosadas y de manejarse con el vocabulario de las teorías de moda en la cultura LGBTQ2+, no hay mucho más. A sí, está el 10 por ciento.


De manera un tanto extraña (así de intrincados son los caminos del Señor) la diputada ha hecho creer a la ciudadanía que su constante petición de retiro de fondos previsionales desde las cuentas de afiliados a las AFPs se corresponde con un solidísimo y estratégico ideario político que tiene como norte ¿Qué? Exacto, elevarla a ella misma en las encuestas y hacer que las plumas de su abanico se transformen en alas que la hagan volar muy alto. De la sima a las cimas. Se le exige al gobierno de turno que en ausencia de un Estado de Bienestar robusto aumente las ayudas sociales. No llegan las dichosas ayudas o bien la rigidez de la burocracia estatal impide que un grupo de gente que gana –literalmente– un peso más que el límite de los rangos de sueldos contemplados obtenga algo. Entonces aparece la genial idea de exigir a las pérfidas y sucias AFPs que permitan a sus afiliados hacer un retiro del 10% de sus fondos para jubilación. Ciudadanos pagándose la vida, “rascándose con las propias uñas” en palabras de Alejandra Matus, se transforma en la monedita de cambio con la que la Jiles extorsiona al gobierno. Pide un segundo retiro y si el gobierno accede a un tercero, ella no irá a por la gresca presidencial.


El argumento funciona así: que los nietitos saquen su platita, ¡hurra! que suba la inflación (probablemente no saben lo que es eso, ¿cierto, nietitos míos?) redundando negativamente en lo que queda en sus fondos, pero no importa, vamos por el tercero, cuarto y ojalá un quinto, aunque momento, hay gente que ya no tiene un peso. No importa, aquí lo que interesa y que quede bien en claro, subrayado con destacador en verde neón, es que la gente piense que costearse la crisis económica, a propósito de la emergencia sanitaria global, con sus recursos, es la doctrina política de un alma pura, noble, generosa. Que los nietos ojalá se gasten hasta el último peso de sus fondos para solventar una regia Navidad o un fastuoso día de la Madre, que los usen o que los pongan en una cuenta bancaria que no renta absolutamente nada de nada, da lo mismo, porque eso eleva el nombre de su gestora en las dichosas encuestas.


¿Sabrán los nietitos que son ellas y ellos los principales financistas de la carrera política de la ilustre abuela? La desfachatez y la ausencia de freno moral de la Jiles no tienen límites. Su política, su ética, es hacer creer a los dichosos nietos que ella ha gestionado y hecho algo para beneficio de ellos, cuando en realidad la única que sale ganando es ella. Todo esto es demasiado complicado de entender para nietitos recién instalados en el mundo laboral y que han tenido como horizonte, una vida entera, las zapatillas nuevas modernas. Todo esto es demasiado complicado de entender para nietitos con analfabetismo funcional. Todo esto no importa entenderlo o no entenderlo para familias que necesitan efectivo para parar la olla. Lo único que importa es ser reina y soberana.

Abordaje desde la Escuela Crítica, por supuesto
Público objetivo: los “nietitos”

Interpretando las palabras de la Jiles, los llamados “nietos” o “nietitos” son sujetos enajenados, incapaces de reflexión crítica y autoexamen, pero con la suficiente visión de mundo como para confiar en las decisiones de su autodenominada y omnipresente abuela. Gente pobre, de clase baja, no de Pedro de Valdivia Norte como la dulce abuelita, no señor, mucho menos rubia, sino que morena de las periferias y desde la vitrina de alguna disidencia sexual o de género, cuyas peticiones son incapaces ellos mismos de articular. Para eso la tienen a ella, ah, y también al abuelo, que para efectos de evitar el nepotismo, se desentiende de las actividades conyugales que han de tener lugar en la regia alcoba. El abuelo llega a rechinar con los dientes por tan loable sacrificio ¡tres años sin recurrir al antiguo juego del mete y saca! El abuelo, el otrora carcamal, el eterno don nadie, también se postula, eso sí, no tiene aspiraciones palaciegas, de gobernanza no más, él es humilde. Confía el abuelo que la popularidad de su superiora le salpicará en la forma de votos para hacerse con el cargo de Gobernador de toda la comarca. Cómo le gustaría eso al tierno abuelito, cansado, cómo no, de no avanzar por cuenta propia e ir una y otra vez a la sombra de la rubísima postulanta.


Los nietitos siguen a la abuela como hechizados por el ruido de su flauta, como en Hamelin, avanzando a lo largo y ancho de una superficie lisa y sin límites aparentes pero que en realidad tiene un borde definido, desde donde uno puede caer rápida y fácilmente en sucias, oscuras y mortíferas aguas. Tal vez cuando los nietitos vean que a costa de subirle el ego y popularidad a la abuela van a tener que trabajar cuatro veces más a fin de recuperar el dinero de la muy lejana jubilación –los nietitos tienden a pensar que serán jóvenes por siempre– es posible que renieguen de la abuela, le echen pullas y la odien mucho, mucho más incluso que a una maligna AFP, que a propósito de los retiros, capaz que también podría hacer lo suyo (ley de encaje). Las sucias AFP también están compuestas de nietitos ¿O no?


¿Está claro quiénes son los nietitos? ¿Puedo yo aspirar al club? ¿Cuáles son los requisitos de ingreso? ¿Qué quiere decir la Jiles cuando los invoca? Tal vez su historial farandulero podría arrojar algunas pistas. Porque en Intrusos, cuando el panel discutía con profundidad y astucia analítica (que ya se la quisiera Wittgenstein) sobre la Daniela Aránguiz, la “cara de cuica”, y su casa brasileña que constantemente mostraba en Instagram, según la abuela gente como José Miguel Villouta no es público objetivo. ¿Quiénes son el público objetivo de Daniela Aránguiz? Inquirió el panelista. “Yo creo que su público es la rotería”, “sus ellas que se impresionan por esos muebles feos, por esos clósets llenos de baratijas”. En aquella época la Jiles no tenía aspiraciones abiertamente presidenciales, a lo mejor un Tolerancia Cero, por lo que no tenía empacho en rotear o sacar epítetos de clase a fin de construir su enfoque. ¿Era necesario decir en cámara que Luli era “Nicole… Moreno Moreno”? ¿Qué se debe desprender de esa información? Uy, ¿no será que cuando dice “mis nietos” en el fondo piensa “rotos ordinarios”?


Un nietito no sabría cómo manejarse con los cubiertos heredados en la porcelana de Limoges de cara a un solomillo en reducción de frutos exóticos. Mucho menos podría identificar un Rothko de un Matisse o si Hilary Hahn o Pinchas Zukerman. En cambio, una persona normal, votante, con los pies en la tierra, sabe que, en tanto ciudadano de la Polis, para poder elegir a sus gobernantes necesita un plan de gobierno, una visión precisa y clara de cómo quiere ver a su país. El Estado no se cimienta con plumas, Doc Martens, mochilas de felpa ni mucho menos con la dirección ejecutiva de una rubia farandulera correteando por el Congreso armada de una capa como si estuviera en el patio de un manicomio. Tampoco la Región a la que aspira gobernar su comparsa, el doncel de Providencia.


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