• Anibal Venegas

Los cuicos tontos

En ocasiones, la única forma de destacar entre la multitud es definiéndose por oposición al resto. No por características propias ni por talento sobrenatural del tipo Beethoven o Martha Argerich. Entonces si a fulano le gusta el negro, a zutano le debe gustar el blanco. Esto último se da con mayor énfasis en la conocida e incomprensible clase alta “abc1” chilena, donde la mayoría abrumadora es, efectivamente, más blanca. Sin ser experto en genética, uno intuye que algo de repulsión debe haber hacia los tonos de piel oscuros (de pobre) porque es casi imposible ir a algún Bazar del Parque Bicentenario o un restaurante de Nueva Costanera y toparse con gente chica, morena, de mechas tiesas. A no ser que sean los empleados. Por otro lado, en el paseo Ahumada las únicas cabezas rubias que se elevan por encima del 1.70 pertenecen a extranjeros: deambulan a lo largo y ancho del centro con la mirada perdida en un punto invisible como ad portas de ejecutar un fouette, buscando la dirección correcta de un museo y siempre con los inconfundibles Canada Goose, Osprey, Eastpak o Teva. La variedad la da el cambio de temporada. En el barrio alto, sector oriente, la Dehesa o como quieran llamarle, es más común el rubio o la tonalidad por encima del castaño ceniciento. Pero eso también debe ir acompañado de una actitud y manierismos bien definidos, o sea, lo que hace que un cuico tonto sea eso: cuico tonto. Si no hay temporada de ski o de playa, se refugian en los malls – Casa Costanera, el “Alto”, Parque Arauco– donde parten con toda la prole a ensayar su coreografía cultural que para nada se parece a la clase alta de, por ejemplo, Nueva York o Londres. No hay señoras elegantes de Chanel pies a cabeza, ni bolsos Birkin ni zapatos Roger Vivier. Las mujeres, si no supiéramos que son cuicas porque son rubias, se ven pobres, andrajosas. Un día andaba mi cuñado en Chile, se quedó mirando a un par y me preguntó (en inglés): “¿Acá también hay Amish?”.


Y es que, si al fin y al cabo van a ir a mezclarse entre sí, con símbolos que solo ellos entienden, los objetos de estatus que da el dinero carecen de importancia. ¿Qué sentido tiene ir a lucir un traje Lanvin a un mall? ¿Zapatillas Balenciaga? ¿Para qué? Por eso el señor que gritaba a voz en cuello “ándate a tu población, roto de mierda” se veía, en verdad, bastante mal. Feo, sin estilo. Sería literalmente imposible meterse a los almacenes Harrod’s o Saks y contemplar a gente así de desgarbada, con ropa pasada de moda en colores hirientes que dañan a la vista. Hasta las vendedoras de esos relucientes almacenes son cuicas the real way. Recuerdo a dos compañeras de la Universidad –en Escocia–, hijas de duque y conde respectivamente, con mansión en el campo y castillo en Aix en Provence, sobrexcitadas por haber conseguido pasantías de vitrinistas en Harvey Nichols, algo así como el Falabella pero con marcas tipo Margiela, Fendi, Saint Laurent. Nada de Stefano Cocci, qué rasca. En cambio, una cuica tonta chilena puede chantarse camisetas del Jumbo y falda Ripley y nadie la confundirá con una pobladora porque carece de esos pigmentos repulsivos y en cambio hay mucho de la performance idiota que le meten en la cabeza desde que es pendeja. A veces invierte tímidamente en la cartera y se compra una Prüne que solo conocen en Chile y en Argentina. Louis Vuitton es de nueva rica, o sea, chana, morena teñida con visos (el “meadero de buey”) casada con profesional en ascenso. Eso sí, gastan millones en la camioneta 4x4, automóvil asociado a la población “White trash” en Estados Unidos. Todo mal.


¿Por qué escribo tan negativamente de los cuicos tontos? No debiera, no hago sino demostrar mi resentimiento, mi envidia, mi bla, bla, bla. Creo que esa gente es realmente insoportable. Penca. No solo tienen el descaro de compartir NADA con el resto, sino que se aleonan cuando les van a pisar su iconografía arquitectónica donde se aprovisionan de porquerías que otra cuica tonta, la Brand manager, elige para venderle al resto de descerebrados como ella. Entonces la clase y el “abolengo” se les va a las pailas y claro, rotean. ¿Qué es rotear? Decirle roto a otro/a, o sea, devolverlo a su lugar de origen, lo que supone gente morena con ascendencia indígena en comunas del tipo Maipú, Renca o Pudahuel. O a veces descendientes de árabes o con apellidos que no suenan mucho en el radar cuico. Y se validan porque entre ellos –que dicho sea de paso y dejando a los megamillonarios chilenos, son la verdadera clase media– y la clase baja está la muy parásita y archi descrita por Marx petit bourgeoisie, también conocida en Chile como medio pelo, rascas, fachos pobres, siúticos, “raros”, que les besan el culo una y otra vez. Son quienes le gritan resentido al que critica al empresariado, por ejemplo. O creen que la Mary Rose Macgill –cuyo hijo demostró ser no muy elegante cuando trabajaba de Cónsul en China, en 2003 no había redes sociales– es lejos lo más sofisticado que tiene Chile, lo más “cosmético” que hay. Sobre todo, cuando explica su método de cacerolazo en contra de la “dictadura” de Salvador Allende y alaba al “gobierno” militar, sonriendo, muy coqueta y tranquila. ¿Para qué enojarse? Eso arruga, eso es de resentida y feminista, especialmente en un día tan bonito y tan soleado.


Rotos de población

Y entre medio de los cuicos tontos hay toda una industria del entretenimiento también y que los ensalza y eleva a categoría casi de contracultura. Bueno, eso hasta ahora, por suerte. Estaba el libro ese que escribió una mina bloggera sobre los cuicos: no vi Jumbo ni librería Antártica que no lo vendiera. Hojeando el dichoso mamotreto, se trataba de una suerte de oda a los cuicos, clasificándolos y adulándolos, porque quien se larga a escribir algo así busca la pertenencia grupal por proyección. Lo mismo quienes lo compran. También están los cuicos tontos de la tele o los “ahí no más” que surgen gracias a la divina providencia que permitió ojos claros, pelo rubio y piel más pálida apetecida en los matinales donde quieren exhibir cosas lindas, bonitas, gente apropiada a tono con la dieta a base de leche de coco hervida en ollas Le Creuset. Y qué decir de la política. Nada es casual. Ahí aparecen: Larraín, Errázuriz, Ossandón, Ariztía o el de apellido más desconocido pero mucha plata en la cuenta corriente, tanta, taaaanta plata, que se hace la vista gorda frente a su tufo a ajo e igualmente se le admite en el club de Golf los Leones. Al fin y al cabo, pudo comprarse una casita reluciente en el cerro San Luis y un “depto” en Santo Domingo y refugio en Colico. Y las hijas bien casadas.


Hay quienes dicen que las reyertas de estos últimos meses dividirán aún más a la población, es decir, entre los que tienen y los que no tienen, generando resentimientos nuevos, envidias nunca antes vistas, odios profundos. ¿Y qué querían? ¿Qué las cosas se mantuvieran igual que antes? ¿La dichosa “normalidad” de la que tanto cacarean desde el oficialismo? Perdón: yo también quiero que paren de hacer bolsa la ciudad, que las pymes salgan adelante y dejar muy en claro que destruir el patrimonio cultural es dañino para todas y para todos. Pero no voy a comulgar con la axiología cuica tonta. Nunca. Es que me carga hasta la forma que tienen de hablar. Esa maldita costumbre de contestar a todo lo que uno pregunta con “en verdad, ay es que en verdad”, “como que en verdad, como, así como que en verdad”, “ay en verdad no sé, el país no está preparado”. “Subir”, “el alto”, “el matri de la María Pía, la María Dominga, el Juaco, el José Pedro”, “ay, fino”, “qué playa”, “la Maida es una santa”, “nos conocimos en el interescolar”, “es que Felipe es muy Saint George para sus weás”, todo eso, PUAJ. Un cuico tonto recientemente arribado en Nueva York casi se va de culo cuando su “José Ignacio” fue pronunciado muy gringamente “Hozé Ingeicho”. Lo oí en vivo y en directo.


Y por fortuna, tenemos como aliado a las redes sociales. Infalibles.


Por ejemplo, gracias al Smartphone que tanto desprecian desde la línea argumentativa “el mall remplazó a la plaza”, nos enteramos que hay cierta gente que piensa que el mall del barrio alto es un lugar “seguro” y por tanto es posible gritarle a un manifestante –tan usuario del espacio público como ellos– que es un roto mierdoso y que se vaya de una patada a su porqueriza a donde por naturaleza pertenece, en cuerpo y alma. Ese que es roto no es de aquí. Mírenlo, es negro y feo y resentido y repugnante. Estando yo muy en contra de la cesantía, cómo me alegré cuando supe que al viejujo guatón ese lo habían echado de la pega ¿Se puede ser más estúpido? Fue por lana y salió trasquilado. Pero ojo, al menos ese señor Benvenuto, gerente de no sé qué banco, sacó a pasear a la bestia que llevaba dentro. Su descaro y escaso patrimonio intelectual le jugaron una mala pasada. En esta ocasión, desde luego (probablemente roteaba a la “nana” o la pelaba en inglés en frente de ella). No se crean que los cuicos tontos que hablan de justicia social desde el oficialismo católico no piensan lo mismo. Por la chita que le dieron vuelta a lo de Asamblea Constituyente, todo sea para no usar el término “flaite” Asamblea. Ahí está, la Convención Constituyente, que básicamente es lo mismo, pero pronunciada por la insoportable Jacqueline van Rysselberghe, que comulga con los cuicos sin verse tan pituca. Esas mechas por favor. En fin. Solo en la cabezota de un cuico tonto se pierde el tiempo buscando sinónimos durante días, el quid del asunto es no prestarle el poto a la picante oposición, personificada mentalmente por la gente rota de mierda que vive en comunas repletas de poblaciones.


Escribo porque no pertenezco al universo de los cuicos y por tanto soy medio resentido. O más que medio. Sí, encuentro injusto que esa gente sin mérito alguno esté enchufada en puestos que tendrán influencia directa en mi destino, en la estética de mi ciudad, en mis finanzas, en mi vejez, en mi realidad inmediata. Me carga que un tarado homofóbico, cartuchón, arribista y cahuinero esté a la cabeza de Bienes Nacionales: que lo hayan puesto ahí se entiende únicamente como el pago de los cuicos chilenos a la pequeña burguesía que prestaría hasta su propia bacinica con tal de que los cuicos tontos hagan sus necesidades con serena alegría y felicidad y de ser posible le limpiarían la mugre con una esponja Virginia también. Como en la película Salo de Pasolini, pero sin dirección de arte. Detesto que tengan sumergido al Pueblo Mapuche en la más absoluta y solemne de las miserias, comiendo papas cocidas y pan pelado todo el año, y como eso no es suficiente, se orquestan atentados, mandan a pegarle a los niños, a las mujeres, les tienen podrida la vida. No es una cuestión de desprecio al dinero sino a sus propietarios chilenos. Por eso me gustó que saliera el videíto ese: a ver si dejan de ensalzar tanto a esa casta ignorante, fea y consentida y ponemos las cosas como son. ¿Desde cuándo está bien andar besándole los pies al empresariado vinagre que se colude para subir el precio de todo? Y va uno a revisar quiénes son: puros cuicos. Yo en cambio trato de mantenerme en las sombras, observando y escribiendo, y sobre todo huyendo, porque es fácil la vida cuando uno lo tiene todo a mano. Siempre hay algo de punk en la disidencia mental. O social. O como quiera llamarle.

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