• Anibal Venegas

¿Perdiendo kilos non-stop? Parte VI

Al comité creativo de las oficinas de Nueva Delhi se le ocurrió gestionar un “mash-up” entre estudiantes de una escuela rural india de Uttar Pradesh y estudiantes de una escuela privada Waldorf de la capital, donde por supuesto predominaban las cabezas rubias, las mochilas repletas de tecnología Apple y donde se abocinaban las sonrisas durante un fin de semana en Agra con el Taj Mahal de fondo. Todos eran hijos de diplomáticos. En la Granja quedábamos alrededor de nueve extranjeros y se nos encomendó la misión de preparar las instalaciones para hacer sentir lo “más bienvenido posible” al flamante alumnado, especialmente a los que padecían hambre, enfermedades y un futuro incierto entre neumáticos, la suciedad, el heno y la siega. Al resto le aguardaba el empresariado, los viajes al extranjero, las fiestas de matrimonio en algún Emirato. Después de un mes de terminado el Curso de la Agricultura Orgánica ya nos habíamos acostumbrado a la soledad y a la hambruna: sopa verde con una banana para el desayuno mientras que para el almuerzo se reservaban las patatas, las coliflores y a veces una manzana. Podrida. La visita de los estudiantes garantizaba variedad en la credencia porque además el gobierno y una marca tipo Patagonia habían gestionado los recursos. ¿Cómo se administraban? Los indios guardaban el secreto bajo siete llaves, parloteando en hindi cuando eran interrogados. A mi me daba lo mismo.

Antes del desembarco de los más de cuarenta adolescentes, habían llegado tres nuevas adquisiciones al plantel de la Universidad de la Tierra: Melody, india afincada en Pennsylvania, Anastasia, de Nueva York, y Agnes, de Inglaterra, que antes ya había visitado la Granja. Anastasia estudiaba sociología en NYU y se había pasado sendas temporadas en el extranjero: un año en Kenia, otro en Australia, asistente para Evo Morales en La Paz. Cuando Anastasia hablaba, escupía una multitud de injusticias que se estaban gestionando maliciosamente al interior de alguna oficina corporativa, donde gente de nuestra edad corría para trabajar día y noche. Una chica interesante.

- Anastasia… ¿Cómo se pronuncia?

- Anasteisha. Pero me gusta más Eisha

- Lo siento, prefiero la versión rusa, Anastasía, tiene aire de auténtica revolución.

Anastasía era gordita y declaraba sentirse orgullosísima de su figura “curvilínea decolonial” que sus padres celebraron con una enorme fiesta a la que asistieron tíos, primas, sobrinas y madrinas. Habían atribuido, gracias a Dios erróneamente, los kilos sobrantes a un embarazo adolescente, lamentable tradición en su familia del sur de Estados Unidos repleta de críos y mamás quinceañeras. Por las noches Anastasía se encerraba en el baño a vomitar lo que había comido durante el día y acto seguido se untaba el rostro con cuánto producto Clinique existe en el mercado. El desorden alimenticio se perdía entre los pigmentos de los rubores y las bases y ungüentos de la belleza occidentalizada que desde la perspectiva marxista no debían mostrarse a la sociedad y cuyos ingredientes y compuestos se contradecían unos con otros. Pero daba lo mismo, había que darles algún tipo de fin último. Aunque fuera para esconder los rastros de las arcadas reflejados en la firmeza del cutis, aunque fuera para lucirlos entre las vacas y los establos de la Granja. Las otras dos, Melody y Agnes, eran delgadas y lentas y en realidad resultaban bastante aburridas y predecibles y si no fuera por Patricia –quien aún se mantenía en la Granja a pesar del notorio cambio en la calidad de vida de quienes nos quedamos ahí– me hubiera ido a otro lado. Siempre estaban Rishikesh, Dharamshala, Gangotri. O el templo de los Sikhs en Paonta Sahib donde era posible comer y dormir gratis.

Los estudiantes debían ser introducidos en la cultura alimentaria orgánica que, de acuerdo con los cálculos de Vandana Shiva, iba a salvar al planeta a una escala aún incomprendida por el capitalismo patriarcal del que no lográbamos desprendernos, a pesar de tanto machacarle al Shramdaan y al Morning Circle. “Las semillas son vida” repetía constantemente, y mientras más temprano se aprenda eso, tanto mejor. Para tales efectos se apilaba a los jóvenes en grupos compactos que recorrían las instalaciones cámara fotográfica en mano o smartphone. Normalmente esto se reservaba exclusivamente a los niñitos Waldorf y su vocabulario urbano despreocupado. Los campesinos eran de piel oscura, pantalón gris y zapatones sucios. Algunos no tenían dientes y en caso de tenerlos, no sabían cómo cepillarlos. Para evitar todo tipo de conflictos en ese ambiente biodiverso, los niños pobres no fueron mezclados con los de más alcurnia y si acaso coincidían en algún punto era solamente a la hora de la comida, donde cada quien cogía su lugar a gusto personal, India es la democracia más grande del mundo, repetían orgullosos los maestros. Después los profesores y niños Waldorf volverían a casa y los padres de estos últimos relincharían de alegría al saber que estaban criando y creando sujetos cosmopolitas desprovistos de todo sesgo de clase y género. Veinte años más tarde, cuando el púber alcanzara la edad de trabajar y demostrara lo que aprendió desde la tierna infancia, creería que su comprensión del mundo es definitiva y profunda y que las actuales crisis humanitarias e injusticias sociales se deben a fuerzas exógenas y superestructuras en las que él no tiene participación alguna. Él vio desde muy cerca la miseria, se vinculó críticamente con ella y por tanto no cree haber nacido con privilegios distintos a los de los demás. El mundo está mal hecho. Así de simple. Y resentidos habrá de todos modos, eso va en el ADN, eso está claro.

Yo no me interesaba mucho en lo que ocurría en la Granja en esos momentos por lo que me dedicaba vagar entre los sembrados de arroz que en pocas semanas había que empezar a cosechar. Machete en mano, cuidando de no ser picado por un escorpión o mordido por una cobra enfurecida. Tal como habían enseñado los antiguos indios y que ahora traspasaban a los contemporáneos de acuerdo con el nivel de aprendizaje alcanzado en la vida anterior. A veces la reencarnación actual resultaba decepcionante, pero qué se le va a hacer, en esta vida se acumularían los conocimientos para la próxima, dejad que las mujeres se encarguen de la cocina, los críos, los calcetines sucios y las pilas de sábanas cagadas. Las cosas había que tomárselas con calma, muuucha calma. Yo mientras tanto, me saltaba el desayuno y su aporte nutricional de 100 calorías y a veces también me pasaba del almuerzo. En mi botella Nalgene llevaba un litro de agua caliente con limón que ahora también me servía para activar el sistema inmunológico porque jamás se me contagió un resfrío, aún cuando los indios me estornudaban directamente en la cara.

Caminaba todos los días desde el amanecer hasta que la bruma helada del Doon Valley empezaba a colarse entre el tejido de mi sweater color gris y desde lejos se oían las peleas entre elefantes y macacos. El calor asfixiante de mis primeros días era cuestión del pasado. El reloj indicaba las siete de la tarde y la comida estaba lista. Cuatro bandejas enormes repletas de papas, zanahorias, arroz y verduras picadas que los niños de la escuelita pobre devoraban y que los niños Waldorf miraban con una mueca de asco, porque en tanto no podían usar Dettol para desinfectar los platos y las cucharas, preferían sus Snickers y Reese’s traídos de contrabando en sus preciosas mochilas Eastpak, Samsonite y Calvin Klein. Mis compañeras devoraban todo lo que había en las bandejas dejando los sobrantes para mí, que siempre llegaba tarde.

- Aníbal tienes que comer

- Pero si eso es lo que estoy haciendo…

Me iba temprano a la habitación para sentarme a escribir o leer un libro, junto a Brian, el australiano con serios problemas de control de impulsos que había reemplazado a Chris en la cama de enfrente. Como él había vivido un año en Japón, la limpieza y la disciplina eran esenciales y se sentaba todas las tardes a barrer, que era su forma de meditar. No comía absolutamente nada de lo que ofrecían en la Granja y me explicó que su única fuente de alimentación eran las raíces: de papa, mangos, hortalizas, daba igual, sólo las raíces. De esa forma había cultivado una apariencia esquelética que le habían servido para costearse el año en Tokio donde se ganaba la vida modelando para marcas europeas. Eso y su pelo negro y ojos azules. Pero no solo estaba la ingesta de raíces, no señor, y así es como adquirí un nuevo conocimiento: la “plank” o “plancha”. Bien, en lugar de iniciar su día con la rutina de yoga a la que asistía la Granja entera, a excepción de las vacas y los de la cocina que debían mantenerse en sus respectivos establos, Brian instalaba sobre el frío piso de la habitación su manta de yoga, se echaba encima, elevaba el cuerpo con la punta de los pies y codos, antebrazos extendidos y cabeza gacha, y se mantenía en esa incómoda posición durante cinco minutos multiplicados por seis con un intervalo de minuto y medio entre plancha y plancha. Había logrado construir un abdomen duro y brazos fuertes, sí, pero no musculosos, porque en Japón el ideal es macilento, pero bien trabajado, tipo patinador de hielo Yuzuru Hanyu. “Este ejercicio permite elevar la concentración, además de trabajar los músculos principales” me explicaba Brian. Un día traté de mantenerme durante un minuto, pero ni siquiera fui capaz de alcanzar los 30 segundos. “Es que para la plancha debes estar delgado… y tú estás… obeso”. No me faltaban las ganas de arrojarle un valde de agua hirviendo al australiano y sus raíces. Algún día manejaría la famosa plancha a la perfección. Sobre eso más adelante, porque efectivamente la domino con una técnica que me inventé solo y que le ha servido a todo el mundo. ¡Aguanto hasta 40 minutos y quizá más!

Gracias al cielo Patricia tuvo la espléndida idea de arrancarnos de la Granja un rato y visitar el “Farmer’s market”, que era una feria tipo bazar donde los campesinos pobres de los alrededores iban a ofrecer sus productos. Anna y Margot se nos unieron, ansiosas de comer otra cosa que no fuera nuestra sopa para perros. Caminamos durante una hora siguiendo la ruta que iba hacia las montañas hasta que la línea del horizonte se empezó a recortar con las siluetas del trajín indio que a las 5 de la tarde extendía sobre el suelo inmundo enormes pedazos de tela con sacos de fieltro completamente llenos de azafrán, mostaza, jengibre, zanahorias, papas, y cuanta comida se pueda uno imaginar. Yo probé de todo. Cuando ya iba en mi quinta samosa caí en cuenta que ninguna de mis compañeras comía nada.

- ¿No tienen hambre? –preguntaba con la boca llena.

- Sí, pero no nos parece lo más higiénico… de hecho estamos sorprendidas de que tú estés comiendo.

¡Diablos!

Esa noche apenas pude dormir. Fueron alrededor de veinte idas y venidas al baño occidental, donde las maestras de los niñitos Waldorf también hacían sus necesidades, dejando rastros de papel con caca y toallas higiénicas pegadas en la pared. Vomité lo que había comido ese día, el anterior y los años previos. Por cada viaje al baño se cruzaban sapos, cobras, perros vagos, de vez en cuando una lechuza y el aleteo espeluznante de un murciélago. No me importó nada. Finalmente acabé tomando un par de antibióticos para la diarrea que había metido en mi equipaje y sobre los que la totalidad de la opinión pública, personificada en los miembros de la Granja, se rebelaba vehementemente. Ahora, gracias a mí, el compost se había contaminado porque le había metido antibióticos lo que redundaba negativamente en la “naturaleza natural” del cuerpo humano y la mentada Biofilia. Y quizá tenían razón, porque el único efecto de los antibióticos fue transformarse en un tapón que me impedía ir al baño. Las ganas estaban allí, sin embargo, la tripa se había encogido como las dalias después de las 7 de la tarde.

Se me permitió mantenerme en cama durante una semana completa donde lo único que pude ingerir fue la sopa verde de los desayunos que me traían Kyle o Gautam. En el intertanto, la visita de los niños se había terminado: los niños pobres volvieron a sus arrabales, los niños Waldorf tenían programado un curso de buceo con certificación Padi en las Islas Maldivas. Según me explicó Anastasía, uno de los niños indios (pobres) era “Queer”, lo que significaba que no estaba conforme con su asignación de sexo y género, desde luego eso él no lo sabía porque cualquier tipo de desviación en ese ámbito terminaba inexorablemente en la casta de las Hijras, un tipo de travestismo indio. Qué mal, declaré. Anastasía me miró espantada: “¿Qué tiene de malo? ¿O acaso las revoluciones las echan a andar los conformes?”. Gran punto sobre el que no tuve tiempo de reflexionar, porque cuando pude al fin dejar mi dura cama rellena de paja, en el preciso instante en que me subía y abotonaba los pantalones, éstos cayeron al suelo. Vaya, vaya. La diarrea me sirvió para deshacerme de “algo” de la barrigota. Le tuve que adicionar agujeros al cinturón y finalmente pude salir al mundo exterior. Fuera no había gente porque todos estaban trabajando en el relleno de sacos para el forraje de las vacas. Al día siguiente conocería a las dos personas más hermosas que he visto en mi vida, tanto, que todavía pienso en ellas y me pregunto donde están…



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