• Anibal Venegas

Preguntas idiotas que hacen los chilenos

“Yo soy yo y mis circunstancias” escribió el filósofo español Ortega y Gasset, el mismo a quien Pinochet confundía con dos sujetos diferentes. Bueno, hablemos de la cita citable y no de la ignorancia de quien tenía cuentas secretas en el banco Riggs bajo el nombre Daniel López. Efectivamente, escribo y hablo desde mi experiencia, circunstancias y subjetividad: joven, ansioso, viajero eterno, amante de los libros, del deporte, experimentar la vida sana y encima promoverla. Por tanto mis reflexiones más que una charada prejuiciosa tienen que ver con una postura antropológica de observación participante. Cuando critico un fenómeno es porque he estado en el lugar de los acontecimientos, lo he vivido, lo he experimentado. He escrito mucho sobre Jaipur, Dacca, Florencia, Edimburgo, Detroit, Nueva York. Sin embargo ¿Cuánta tinta he derramado para escribir de mi país, Chile? Es decir, no es mío, pero en vocabulario Rawlsiano, tuve el destino inmerecido de haber nacido ahí. Franja larga y angosta. Desierto en una punta, Patagonia en la otra. Durante muchos, muchísimos años sus habitantes contemplaban con insalvable lejanía al resto, se creían los ingleses de América Latina. Ahora se inclinan por Suiza con miras a Singapur. ¿Será por las soberbias montañas de los Andes que se dejan ver únicamente cuando llueve sobre la capital tres veces al año y arranca la densa capa de smog? ¿O por el turbulento río Mapocho, que tiene más del Ganges a la altura de Varanasi que del Támesis frente a la Galería Tate? Quizá. En cualquier caso, con tanta lisonja y pertenencia a organizaciones internacionales ricachonas donde se tranzan las riquezas naturales a cambio de peaje libre y consumismo barato, me gustaría agregar algunos puntos negativos. Arena en el motor. Pelos en la sopa.


Chile, también conocido como la "Suiza" de América Latina...

¿Cuáles son las cosas que no me gustan de Chile, o mejor dicho, de los chilenos? Varias.


Porque ser chileno es una carga rara, friki. Es decir, cuando salimos al extranjero, a menudo pensamos erróneamente que las cuitas y el bochinche locales aparecerán en la primera plana del New York Times o el The Guardian, cuando en realidad el país sólo hace noticia en caso de erupciones volcánicas, terremotos y sus respectivos tsunamis, o reclamaciones al Museo Británico para que devuelva los tesoros de Rapa Nui. Chile no es tan importante ni tan suizo como se tiende a creer. Yo nací en el sur, en una ciudad fea donde a pesar de albergar cinco universidades sólo existen… dos librerías. Las bibliotecas públicas tenían –tienen– más computadores para el chateo que libros en sus mohosas estanterías y frisos de melamina. De ahí que puedo asegurar que gran parte de la población (el fenómeno se repite hasta en la capital) es derecha y decididamente bruta. Caldo de cultivo para el cotilleo patológico, única fuente para la reflexión y el cultivo del conocimiento.


Según la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica, el 72% de los chilenos cree en los milagros y el 60% asegura a pie juntillas que los espíritus existen. Pero esas cifras no son tan alarmantes, simplemente pintan una nación más cercana a Macondo que a la frialdad calculada y elegante anglosajona. Entonces ¿Qué? OK. En unos meses más mi cuñado, estadounidense de pies a cabeza, se viene a vivir a Chile y lo poco que conoce del país a propósito de sus esporádicas visitas junto a mi hermana, ha sido “filtrado” cuidadosa y estudiadamente por mi familia, donde cada miembro habla idiomas extranjeros y ha vivido fuera. Aparece de la nada un país formal, sobrio y elegante, con sobremesas donde se discuten temas que importan a TODA la humanidad –die Menschheit– y cuando el gringo se tropieza en alguna calle mal hecha o en evidente estado de degradación por la flojera del ayuntamiento y la miseria propia de un país del tercer mundo, explicamos “los efectos del último terremoto”. ¡Y nos creen! La cablería, también llamada “contaminación visual” es imposible de explicar y justificar, pero siempre podemos decir: la suciedad es pintoresca opinaban los impresionistas. Tenemos un PhD. en mentiras.


No es un país tan malo tampoco… porque sencillamente no hay países “buenos” y países “malos”, pero Dios mío sí que tiene defectos, no el lugar físico, sino su población. Hace poco una encuesta explicó que 7 de cada 10 chilenos se irían felices a trabajar al extranjero… no para desprenderse de la idiosincrasia patriótica, sino para mejorar su lamentable nivel de inglés y adquirir experiencia forastera blanca. A Australia o Nueva Zelanda, para saltar, claro, a Bali, Tailandia y tal vez a India junto a otros chilenos, donde verán todo con mucho etnocentrismo y sustancias alucinógenas en el esmirriado cuerpo sometido a la recolección de kiwis y bayas de exportación. Lo que yo he visto de mis coterráneos fuera de los límites de la cordillera es la mímesis de lo que ocurre dentro de la franja larga y angosta. Viajan con Chile en la cabeza, en los bolsillos, en las cacas y en la forma de limpiarse el trasero. La mentada experiencia anglo no cambia ciertos vicios en el comportamiento. Apenas oigo el barítono híper agudo chileno en alguna galería de arte o en la selva de un país remoto, tenso la voz y arranco el acento más british del que pueda echar mano. Simplemente no quiero que me escupan las mismas estupideces que preguntan una y otra vez en el territorio nacional. ¿Cuáles son esas preguntas? He aquí algunas y que al mismo tiempo engloban lo que no me gusta del país, o más bien de su gente. Prometo jamás volver a contestarlas.


1) ¿Cómo te llamas?

Una pregunta inocente, qué duda cabe, pero que en Chile (y recitada hasta el cansancio por chilenos en el extranjero) se extiende más allá del “What’s your name”. Porque quien la formula anhela saber con todas sus ansias el segundo nombre, sí, pero en realidad el apellido y ojalá también el segundo. Y el de toda la parentela, incluida la que llegó en barco (a Argentina). ¿Con qué fin? Para ubicar al entrevistado en el mapa social chilensis y sacar conclusiones, medir y ponderar cifras, ¿Me conviene o no me conviene este tipo? En Chile, apellido y color de piel van de la mano con la escala social y todo lo que eso implica, es decir, colegio, universidad y barrio. De ahí que el nombre importe tanto. Y hasta la forma de decirlo. Cuando estudiaba en Gran Bretaña, mi mejor amigo tardó medio año en preguntarme el apellido y sólo porque le mandé un mail y le pareció interesante saber cómo se pronunciaba correctamente. En Chile no es lo mismo ser Vidal que Vial. Los extranjeros se miran algo contrariados cuando el santiaguino empieza con la cantaleta de los nombres, porque sencillamente no es bien visto entrometerse en la vida personal de forma tan evidente y descarada. Por mucho viaje a Australia que consigan, los chilenos siempre acabarán trabando amistad con otros chilenos porque entre bueyes no hay cornada y punto. Retornarán al país con el inglés horrible de siempre y descripciones vívidas de dos o tres íntimos nuevos mejores amigos extranjeros sumamente locos y liberados en lo que a consumo de cocaína se refiere, y claro, desde luego “humildes” de personalidad no obstante su pertenencia a la alta burguesía holandesa o francesa. Los supuestos amigos vuelven a la economía doméstica de su país de origen, organizada hasta el paroxismo. A los chilenos los llenarán de promesas del tipo “pronto nos veremos” y sin que se oiga “no me interesa”, pero seamos amigos en Facebook, eso sí, bajo el rótulo acquaintance. ¿Qué otra cosa harían si no? Triste.


2) ¿En qué estás?

Esta pregunta no debe traducirse como “What’s up mate/dude” sino: “No perdamos el precioso tiempo: dime, rápido, en qué trabajas y cuánto ganas”. Así de simple. Un día iba caminando por la calle Presidente Riesco en Santiago y ¡zaz! me topo con un conocido indeseado, de esa gente que el cerebro se encarga de ocultar en lugares inaccesibles y que se destapan gracias a un psicoanálisis, la mala suerte o la demencia senil. Mi caso fue el segundo. Creo que no veía al tipo desde el año 2008. Hola Aníbal, qué tal, en qué estás. La respuesta fue directa y seca: en mis cosas, nos vemos. El susodicho me importaba menos que una tabla podrida, que en cualquier caso podría ir a la compostera. El problema es mayor cuando el interrogado es extranjero y no sabe cómo reaccionar frente a la intromisión y al descaro. Así como cuando los argentinos preguntan “¿Qué hacés?” y uno responde lo que está haciendo –la pregunta debe traducirse “¿Cómo estás?”–, frente a la pregunta chilena, el extranjero dirá que está en la calle, en la cafetería, en la selva, es decir, en el lugar físico donde se encuentra en el momento en que la pregunta es formulada. Decepcionado, el improvisado reportero hará un carraspeo de voz y entonces, “¿En qué estás trabajando?”. Shit. Luego vendrá “¿Y pagan bien en esa porquería? A ver ¿Cuánto te pagan?”. La cifra, si es dicha con sinceridad, hará entender a quien la formula el lugar donde vive el interrogado, cuántos dormitorios tiene el departamento, el tipo de muebles de la cocina ¿de nogal o cedro? la calidad de los rododendros en el jardín establecido, si Volvo o Kia, vacaciones en Brasil, Inglaterra o Sri Lanka, fracaso o asenso en la vida profesional. Si las respuestas son muy positivas, el preguntón se retirará casi de inmediato, hasta nunca. Enseguida se encoge al tamaño de una arveja intimidado por la envidia, él apenas gana por encima de la renta de su departamento de alquiler: calza las botas de siete leguas y se prepara para dar un salto mortal con pirueta hacia atrás ¡Enseguida! Durante el almuerzo (de comida rápida) se tratará de convencer de que todo lo que le han contado es una gran mentira. Si la suerte le acompaña y las respuestas describieron una vida más o menos miserable, ahí sí: mucha plenitud y tal vez invite al entrevistado a una cerveza algún día bonito y claro que nunca llegará.


La patología del cotilleo: emblema nacional

3) ¿Cómo lo estás haciendo?

Traducción: cómo lo estás pagando. Continúa la patología del cotilleo, el “dice que le dijo” y la intromisión descarada en la vida íntima. Otro ejemplo: un día salí a fumar un cigarrillo a las afueras de la Maison Bleu, mi bar favorito de Edimburgo en la calle Victoria (búsquenla en Google Street), aproveché de coger el teléfono y llamar a mi madre. Dos mujeres tenían la vista fija en mí. Ambas llevaban carteras marca Saxoline, la versión chilena de Samsonite. Diablos. Claro, eran turistas, agosto, las celebraciones del Fringe Festival. Habiendo formulado el “cómo te llamas” y en “qué estás”, poco tardaron en preguntar “cómo lo estás haciendo” cuando respondí muy inocente y amablemente que “estudiando filosofía en la Universidad de Edimburgo, muy bien, gracias”. Ante la imposibilidad de ubicar mi apellido en el mapa mental de las forasteras chilenas de pelo largo y rubio (es decir, cuicas, pijas, caretas, etcétera), necesitaban saber con suma urgencia a) Si mis padres habían sido exiliados en Reino Unido b) Si tenía beca (¡Qué ordinariez!) c) Si acaso era decendencia de migración musulmana reciente o hijo de judíos millonarios, también recientes. La gente chilena católica-bien-bien estudia en la Universidad Católica de Santiago o alguna vinculada al Opus Dei. ¿Mi respuesta? “Lo estoy haciendo con dinero, adiós”.


A mí me importa poco. El problema es cuando el complejo de inferioridad en la forma de una pregunta va a dar a un extranjero quien, contrariado ante tan descarada intromisión en la vida ajena, responde lo que asume le están tratando de preguntar. Porque en Inglaterra y Estados Unidos absolutamente nadie metería su nariz en esas cosas. Con suerte el nombre y acto seguido lo “awesome” y “wicked” de sus respectivas vidas, dependiendo de la nacionalidad del extranjero, “waspi” o “posh”. Creo que ningún miembro de la familia norteamericana de mi hermana sabe bien qué estudié y dónde, ni mucho menos cómo lo pagué. Mi abuela solía decir “país mentiroso y ladino”. There.


4) ¿Estás soltero…?

Traducción: ¿eres gay o lesbiana? Los y las humanistas sin crío miembros de la generación millennial somos el target audience de esta pregunta cada vez más en desuso, sí, pero espetada a los cuatro vientos de todas maneras. Y no hay por donde abordarla. ¿Soy… Soltero? La cosa, desgraciadamente, no para ahí y le sigue “¿Pero no hay alguna chiquilla que te interese?”. ¿Quedará contento el metiche si uno responde “no, no la hay”, “soy queer”, “creo en la fluidez de género”, “viajo durante todo el año”? Por ninguno de los motivos. Esta pregunta, que en casi todo el mundo se usa para ligar, en Chile va de la mano con la lista diversa de intromisiones y quien la espeta si no es capaz de obtener una respuesta exhaustiva, especulará y formulará su propia historia. De modo que no sirve mucho contestar con sinceridad porque siempre la respuesta esperada es la confirmación de un prejuicio o el puntapié inicial de un nuevo chismorreo malicioso, que en Chile denominamos “Cahuín”.


Y a ustedes amigos viajeros ¿Qué preguntas les incomodan?

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