• Anibal Venegas

Tipos de votantes

Pausa informativa y prejuiciosa para hablar sobre el de los sufragios, no del candidato, sino del votante. Porque sobre les postulantes aún restan muchísimos capítulos en virtud de su exuberante presencia en listas que van desde la ultra derecha hasta la fantasía utópica de quienes quieren, como diría Patti Smith, hacer del paraíso un hogar. ¿Qué es más divertido? ¿El señor de la las poltronas Valdés y las sillas barrocas heredadas o la juventud briosa que no se sacude de forma compulsiva frente al cambio? Me inclino por los primeros. Sus menjunjes, enchufados durante toda una vida, loados y establecidos como verdad revelada –en ocasiones rebelada– en libros de historia escritos por Sergio Villalobos, es lo que nos hace desternillar de risa. Se identifican con eso que llaman capitalismo y rasgan vestiduras cuando sus ídolos son expuestos sin filtros ante la opinión pública. Como si hiciera falta destacar los innumerables “comentarios desafortunados”: estos señores siguen con la cantaleta del resentimiento social y el profesor chileno flojo, el más flojo del mundo según el Ministro Palacios. A por ellos.


¿Será posible dividirlos? La costumbre en los últimos años ha sido emplazarlos en la grada derecha donde son todos parientes y archiparientes, repletos de historias felices de la niñez Disney y el viaje a Europa y los programas de ayuda al humilde –sí, pero buena persona–, y al otro lado (que no es la izquierda) donde no hay ni Tribilín ni aviones transatlánticos ni abuelas refinadas de abrigo pelo camello, sino únicamente una cosa, importante, definitiva y digna de imitar: el emprendimiento. Una vulcanización o un almacén pueden llenar de pecados neoliberales la cabecita de propietario, porque a veces le toca arreglar el motor del Land Rover ajeno o tener la suerte de venderle dos centellas a los niñitos rubios y felices de una tal María Costabal y su tarjeta de débito negra, que se ha paseado por máquinas Redcompra importantes como las de la Casa Barros, Jazmín Chebar o Etro, o la máquina prima-hermana de alguna tienda de cachivaches para el refri ubicada en Tierra Santa. Esta gente también tiene ganas de votar a sus candidates, los que representan sus intereses profundos vinculados al cuidado y protección del Parque Bicentenario que por ningún motivo debiera tener un Cesfam interrumpiendo la impresión estética del Mestizo. En cualquier caso, no saben lo que es el dichoso Cesfam, a no ser que el primogénito esté haciendo prácticas ahí a propósito de su carrera de Medicina en la Universidad de Los Andes.


Entonces ¿Qué hay? ¿Cuicos y los llamados Fachos Pobres? Qué va, eso es muy simplista. Tal vez el quid del asunto sea el simplismo, tal vez no. A lo mejor hay estructuras éticas superiores que impelen a la vieja que se pasó toda una vida contemplando sus maravillosas ollas Le Creuset que la “nana” limpia erróneamente con virutilla, a mezclarse con el roterío en los mentados locales de votación, donde vaya uno a saber si hay incluso Hanta. El emergente en el intrincado mundo de los negocios concebidos a partir de capitales semillas y que simpatiza con el orden establecido porque no quiere que otro igual que él se le vaya a subir al carro, espera con ansias ir a darle el voto al candidato Chile Vamos en cualquiera de sus vertientes.


¡Y con qué gozo gritan “resentidos” mientras, sentados en el comedor ubicado estratégicamente encima del living, contemplan el mundo a través de la tele al tiempo que parten las hallullas a fin de untarlas con una rica y cremosa mantequilla que no se come directamente del paquete sino desde una mantequillera! Y tanto los tazones como los individuales hacen juego, lo mismo que las gruesas cortinas de fieltro y el modular plástico alfombrado con metros de pañitos a crochet para que el zapatito de porcelana brille como una cúpula de Constantinopla.


¿Imaginemos el panorama?


El votante Chile Vamos gente-gente

Cuando empezó la tole-tole del estallido social, esta cohorte de gente-gente tomó benzodiacepinas en cantidades industriales y prácticamente dejaron sin existencias a las farmacias, los nervios debían ser calmados a como diera lugar. Cuando no había “clona”, los zapatos volaban por una de las tantas salitas de estar de la casa de 250 metros cuadrados de Escrivá de Balaguer o de 1800 metros cuadrados de Santa María de Manquehue (proporcionalmente cuestan lo mismo, es cosa de gustos y adhesión religiosa).


A pesar de la bondad intrínseca de la empleada doméstica, su color de piel daba a entender que muy dentro de ella debía simpatizar con toda esa debacle moral así que un zapatazo bien dado, eso sí, alejado de las sienes, la haría no perder el rumbo en la vida, que iba desde la cocina y la loggia, pasando por el buzón de cartas, el mueble de las aspiradoras y los walk-in-closets de los patrones. La salvación llegó cuando las viejas pudieron ir a hundirse en las compras navideñas de Miami. Pero las viejas no olvidan, son “resentidas” en estilo Bazar ED. Los viejos no se interesan más que por sus oficinas y las órdenes y el bien del país y su Sour en Nueva Costanera, que la mujer se ocupe de los quehaceres y de ponerle mano dura a las rosas y las dalias, ellos no tienen “clona” sino actividades perniciosas sobre las que conviene hacer la vista gorda.

Si no está en el parterre de rosas, está de compras

Votaron rechazo, pero ante la evidencia abrumadora de la realidad inmediata, lo mejor es seguir a Catalina la Grande (sobre la que no tienen idea) y decantarse por hacer las cosas como deben ser hechas y no como deberían. Entonces ahora también participarán en la votación de los aspirantes a la Constituyente, encomendados al altísimo. Sí o sí es Chile Vamos, ya que ese grupo de gente-gente representa intereses empresariales donde se hará creer al pobretón que en efecto habrá derechos, pero en realidad no habrá nada de nada, todo será igual y ojalá que efectivamente se proteja al Ser Humano desde el instante de la concepción. Es increíble la cantidad de horas que esta gente dedica a reflexionar sobre las camas.


Lo peor, más allá de la improbable victoria de los resentidos sociales, es ir a votar a esos locales horrendos similares a una carnicería donde a veces tienen que compartir espacio vital con gente chica, gorda y fea que huele a Fuzol, a crema de manos (que se echan ahí mismo, en la fila), a Rexona en barra, a polvos de arroz, ¡a colonia inglesa! ¡ajo! Si no fuera por las mascarillas, encima tendrían que aguantar ese tufillo típicamente rasca, subproducto de un acceso más que limitado a las bondades de la odontología. Desesperados porque les toque el turno luego, que en sí mismo ya es una renuncia a la individualidad, pero bueno, Jesucristo murió en la Cruz, a ellos también les debe tocar un sacrificio de vez en cuando, revisan el teléfono buscando algún emprendimiento de tortas cercano al Estoril donde puedan comprar el infaltable postre.


Bueno ya llega la hora de votar.


¿Será posible que alguien pueda centrar la atención en rezos y misterios gozosos en salas tan requetecontra feas? Parecen guaridas, no, madrigueras. Pero tampoco son tan repugnantes como ellos pensaban a priori, no les cabe en la cabeza la queja por una educación “digna” teniendo el colegio municipal en tan buenas condiciones y sin ninguna raya que indique odio hacia Carabineros o al Presidente de la República. Huele a pintura al óleo en colores beige y el suelo de flexit está impecable. Quienes pueden votar en urnas emplazadas en lugares elegantes no tienen la oportunidad de tan profunda reflexión filosófica y jamás podrán analizar la votación desde la antropología cultural. Una vez arriba del auto, camino a casa, estarán seguros y seguras que después de todo fue bastante choro haber votado. Sí, eso, macanudo, te fijas ¿Cómo tan pernas que pensaban que se les iba a caer el pelo teñido o quedar ciegas? Es que el WhatsApp es bien engañoso…


El votante Chile Vamos gente

Son gente porque tienen extremidades, algo atrofiadas, sí, pero los brazos son efectivamente eso, brazos, y las piernas, tronco y cabeza ídem. Pero… ¿Gente-gente? Ni en una película. Ni aunque nacieran de nuevo. El destino mezquinó Errázuriz o Pérez-Cotapos del carnet de identidad, por lo que hay que suplir esa privación con otros aditamentos como, por ejemplo, comprar absolutamente todo el “pedido” del mes y repleto de etiquetas negras en el Jumbo del Costanera Center que ellos califican erróneamente de fino. O decir –gritar– que ellos votarán por Chile Vamos en honor a la gran mentira histórica, narrada tantas veces que hasta han llegado a creérsela: su familia, antaño patricia, pituquísima, rodeada de sirvientes, no obstante Cuevas o Torres, fue usurpada de fundos ancestrales en la época de la sucia UP, entonces votar por los representantes del oficialismo, por el alcalde del oficialismo, por el concejal del oficialismo, es una cuestión de dignidad humana.


Antes de montarse en el Great Wall o el Changan que los conducirá al local de votación, están media hora enchufados en el baño del dormitorio principal en suite. A veces se fuman un cigarro para apremiar los intestinos, no se les vaya a escapar un peo en la fila o, peor, no les vayan a bajar ganas de echarse una cagada en el establecimiento. Las viejas se llenan la cabeza de crema para peinar. Los viejos se calzan las sandalias franciscanas para pies sanos porque la punta es cerrada y las uñas encarnadas y los hongos pasan piola.

La infaltable chala Franciscana, muy apetecida por estos andurriales

Es una verdadera lástima que en el local haya tanta gente igual a ellos, que, contrario a ellos, son idénticos a ellos. Incluso puede que conduzcan un automóvil de calidad superior o que hablen un segundo idioma (normalmente el acceso a una cultura más amplia desliga del Chile Vamos, pero eso es algo demasiado complicado de entender para gente que cree que al abuelo, seco para el garabato y las tallas cochinas, le robaron un fundo). ¿Tienen derecho a votar por quién les dé la gana? Por supuesto que sí, y el mismo derecho tenemos de burlarnos de ellas y ellos. Esto es éticamente cuestionable, no cabe duda, en democracia hay que convivir con todas las visiones de mundo. Resulta que aunque el viejo machista maneje un Uber y reniegue de las AFP, igualmente va a darle el voto a quien según él lo representa en las urnas, aunque la suya, la que va a dar al cementerio, sea cubierta de tierra en la extensión del Cementerio Metropolitano, muy lejos de las mansiones de la Aristocracia del Cementerio General y a millas náuticas del ansiado Parque del Recuerdo, a no ser que viva en Huechuraba.


Estos votantes reniegan de las candidatas y candidatos que buscan establecer un Estado de bienestar de la misma forma que reniegan de la coca light o del hijo de la vecina de la casa de al lado, pegada a la propia, que eventualmente podría echarle el ojo a la hija mayor, concretándose una unión nada conveniente. La hija mayor, una tal Coni, Jastetín o Florencia –todo depende del año de la transmisión en vivo del matrimonio de los futbolistas o la teleserie– debe centrar sus ojos con atención MAYÚSCULA hacia el éxito profesional que implica dar órdenes a grito pelado, ya sea en una notaría o en un banco. Porque una vez licenciada, abrir cuentas corrientes en un banco la separará irremediablemente del futuro profesor de matemáticas. Además, es necesario votar por quienes ofrezcan garantías al negocio de venta de martillos, balatas alternativas o metros de alambre púa, o a la amasandería o a la panadería, o a la distribuidora de bolsas reciclables donde los operarios rotan como en el juego de la silla musical, aburridos de los malos tratos. Para los dueños esos son unos flojos que no quieren trabajar ni mucho menos surgir en la vida a costa del salario mínimo.


¡Es un gusto verlos en la fila! Planchaditos, perfumados, comentando esa vez que fueron a pasear a Vitacura y vieron con sus propios ojos a Larraín Matte, precioso, quien muy a su pesar no es candidato por su distrito. Después de tamaño encuentro, solo comparable al de Mozart con Beethoven, se van derechito al nuevo Mall Casacostanera, los únicos de la villa en poner los pies en el centro comercial de la élite. Allí los confundieron con mecheros, una situación algo incómoda porque efectivamente habían planificado comprar en el Zara de productos del hogar o en Castañer, donde venden los zapatos de la Meghan Markle. Camino a casa contemplan lo feo que se ha vuelto Santiago luego de las reyertas y están contentos de encontrar refugio y solaz en el pasaje donde se erige su mansión de dos pisos, con “ventanales window” y un cercado de fierro de 3 metros a fin de espantar a la horripilante delincuencia.


El votante de las bases (fachas)

La gente-gente y la gente que vota por Chile Vamos lo hace por profunda convicción política y asimismo religiosa (católica de parroquia o capilla, pero también sinagoga o templo de zinc y palos con letrerito de personalidad jurídica) y porque quieren mantener su lugar en la vida, inamovibles. Ni idea qué impulsa al joven de clase baja, moreno, chico, regordete y de inclinaciones nacionalsocialistas. Pero luego de mirar Capitalismo Revolucionario en YouTube y entender a medias El Triunfo de la Voluntad –es muy larga, en blanco y negro y sin escenas de sexo– siente el llamado a defender la patria de tanto sucio inmigrante que viene a Chile, el país más lindo del mundo, a robarles oportunidades laborales. Bien podrían estar ellos gerenciando alguna cosa pero no, el gerente resulta provenir de Venezuela o, en el peor de los casos, de Bolivia o Perú.


Salir a golpear mendigos, gays o transexuales en una fría noche invernal compensa a este votante de “base” de no tener plata para comprar botines forrados en chiporro ni una chaqueta de mezclilla para impresionar a la gallada femenina que lo ignora porque huele muy mal, tampoco alcanza para el desodorante. Dar palizas a un indigente ayuda a entender la propia vida y en realidad esos que se fueron a tomar las plazas y arterias urbanas debieran ser castigados severamente. Como están llenos de complejos, existen dos caminos: el trolleo virtual y adherirse a las campañas del partido Republicano, encabezado por el archidemócrata José Antonio Kast. El sueño de este votante es algún día tener las agallas suficientes para bajarse en estación Manuel Montt, caminar un par de cuadras e ir a comer salchichón alemán a Bavaria. De momento es posible votar por los mejores candidatos, esos que sacan ideas de “Mi Lucha” para redactar la futura Constitución política de la república.



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