• Anibal Venegas

Correr en tiempos revueltos

Correr y andar en bicicleta son las actividades físicas –dependiendo del nivel e intensidad, podría aventurarme con “deportes”– que más adeptos tienen en Chile, principalmente en la capital donde la lluvia es un bien escaso. Yo me quedo con correr y lo hago desde que volví del sur de Asia hace un par de años: adelgacé tanto que en lugar de sombra mi cuerpo proyectaba una radiografía. La única manera de abandonar mi figura esmirriada y macilenta y obtener un aspecto físico “normal” era corriendo. Con el “correr” de las semanas, meses, años y varios otoños y primaveras, correr se transformó en el eje central de mis días: entre 6 y 7 de la tarde estoy en la obligación de ponerme los parches anti-sangramiento de pezones masculinos, camiseta, short y zapatillas, iPod en el brazo y a dar zancadas a lo largo de Santiago. O debiera decir, estaba en la obligación de, porque a propósito del estallido social, quienes vivimos cerca de la zona 0 (Parque Forestal, Lastarria, Bellas Artes) hemos vista interrumpida nuestra actividad física para facilitar el acceso a las bombas lacrimógenas y ya, adelante, ¡vayan pasando! donde a ustedes se les ocurra caer, no sean tímidas, o donde las manden los papis de la Yuta. A veces en un balcón. De vez en cuando en la cabeza de un manifestante junto a la monumental paliza. O en la techumbre de algún cine. Cambio de horas forzoso porque mi esquema de ejercicios coincide con las reyertas de la tarde. Ahora es: 5 Am y la capital totalmente desierta.


No obstante el cambio brutal de rutina, sí, es posible “correr” apegado a mi ruta que incluye Santiago Centro, Providencia, parte de Las Condes, Vitacura y de vez en cuando una subida al cerro San Cristóbal hasta la única virgen mayor de 100 años de la capital. Pero así como el gas pimienta y los balines son el enemigo de las manifestaciones, los despojos de bombas lacrimógenas hacen irrespirable el aire a tal punto que ahora, Dios mediante, puedo correr dos veces a la semana. Bombas lacrimógenas y corredores somos enemigos naturales por naturaleza. Allí donde topemos, enemigos. Generalmente un sábado y un domingo o un sábado o un domingo. La última vez llegué vomitando. El día anterior totalmente mojado gracias al Guanaco que no distingue entre menores de edad, embarazadas, viejos, jóvenes, perros con y sin correa, concertación de amores bajo la sombra de un encino, gente chupeteando helados en el Emporio la Rosa. Con mucha ilusión y luego de pasarme unas semanas en el hemisferio norte, quise estrenar mis nuevas GT 2000 porque en mi cálculo mental el Gobierno ya había cesado la intensidad y cantidad de bombas lacrimógenas lanzadas a los cuatro vientos. Grasso error. Primer día de vuelta en Chile: me puse a llorar. No de emoción, sino por las bombas. Porque de efectiva tienen mucho y a la vez nada. ¿De qué sirve tirar una lacrimógena contra las pilastras de un puente? ¿O mientras se apaga el incendio del Centro de Arte Alameda? Porque si correr y lacrimógenas son incompatibles, Bomberos de Chile debe tener la vista sobre entrenada resistiendo el humo del plástico y la esponja calcinadas y la estupidez de Carabineros que piensan que arrojando gas contribuyen en algo. ¿En qué contribuyen las Fuerzas Especiales?



Para muchos suena a queja de primer mundo, de mocoso consentido, pero escribo esto como muestra de cuánto se ha visto perjudicada nuestra vida cotidiana gracias al mal hacer del Gobierno a través de sus lacayos, Carabineros de Chile. Lo siento, son los culpables directos. Manifestantes brutos hay, cierto, mugen o desquitan la rabia contra objetos inertes absolutamente incapacitados para la comunicación, y cuánta ira me embarga (no, no tanta, pero suena bonito) cuando veo a un mocoso haciendo trizas el pavimento para construir improvisadas armas anti-paco que van a dar… a vehículos blindados. No conozco reportes de gente herida por manifestantes. De hecho, cuando voy corriendo, lo que menos espanta son las piedras lanzadas al aire porque de ocurrir eso, yo ya estoy arrancando junto a la masa y paso a formar parte, a ojos de carabineros, del sucio y despreciable lumpen. Hace un par de días, frente al Museo de Bellas Artes, lugar repleto de turistas, dos carros lanza-agua hacían de las suyas y ¡zaz! nos bañaron en aguas servidas. Consejo: cuando vea un guanaco cúbrase la boca y la nariz, no querrá meter cacas UDI en su sistema digestivo.


Entonces ¿qué? ¿Engordar? ¿Apuntarme al gimnasio? ¿Seguir la dieta coca light y una cajetilla diaria de Kent 1? Mido 1.70 y mi peso fluctúa entre los 55 y 58 kilos. Soy flaco, pero tengo una tendencia natural a la obesidad y retención de líquidos. Correr casi a diario me permite (permitía) ciertas licencias. Porque sin caer en el llamado “nazismo nutricional”, soy muy cuidadoso con la alimentación y trato de evitar comidas que aporten poco al organismo. Pero de vez en cuando el chocolate me hace guiños desde las estanterías del supermercado Líder que hay cerca de mi casa –saqueado durante la semana del Toque de Queda, aún cuesta escribir eso último–, cedo a la tentación y entonces 500 calorías vacías que desaparecen en un santiamén entre mis dientes que trituran como la tolva de un camión de basura. Total, para eso hago deporte y ni un Ritter con mazapán redunda negativamente en mis pantalones talla 28 comprados en 2014, que son algo así como mi touchstone.

Los guardianes de la Paz

Y como al parecer los ánimos se calmarán sólo cuando Piñera diga algo cuerdo o renuncie (es decir, nos esperan dos años, soy pesimista por naturaleza) he debido idear un plan de entrenamiento y dieta –avalado por mi nutriólogo– que “compense” las metas que no logro alcanzar cuando corría como hombre libre por las injustamente sosegadas arterias santiaguinas donde antes del 18 de octubre el único problema eran los perros que odian a quienes atraviesan sus dominios sin el debido salvoconducto. Ante mi dolor deportivo, mi hermana sugirió el gimnasio y claro, vivo en un sector entregado a la gentrificación: por cada Starbucks aparece un edificio donde a través de los vidrios es posible ver gente en máquinas trotadoras con la esperanza de perder kilos ganados en invierno, gentileza de chorrillanas y huevos revueltos con queso y tocino light. Pero los gimnasios… no me gustan en lo absoluto. Traté una vez y rápidamente descubrí que allí se va o presumir la ropa nueva para hacer ejercicios pagada en cuotas, aguantar miradas y consejos del personal trainer que no me interesan, o simplemente buscar amantes a través de aplicaciones. ¿Solución? A Ver. Todos los santiaguinos que cruzan la Plaza de la Dignidad (oficialmente llamada Plaza Italia/Plaza Baquedano) han debido modificar sus hábitos y dentro de las prioridades lo menos “importante” es el cuidado del cuerpo. ¿Explicaré la necesidad urgente de mantenerse en buen estado, independiente del cliché estival “por un verano sin polera”? No me interesa. Me quedo con Juvenal: mente sana en cuerpo sano.


Aquí mi rutina en tiempos de cólera popular e indiferencia política. Ojo, no es la transcripción directa de los consejos de mis superiores del área de la salud y yo desde luego, con formación en filosofía, clásicos y viajes, no tengo las credenciales para sugerir dietas ni planes deportivos. Pero puedo opinar.


Trote

También llamado running por el arribismo del mercado deportivo que vende triatlones a precios abono Municipal de Santiago, es algo que realizo dos días a la semana. Como expliqué arriba, lo hago durante el mélange madrugada-mañana personificado en mi reloj marcando 5 AM. Así cualquiera. Pero cuando simplemente no puedo y debo salir con Plaza de la Dignidad y bombas lacrimógenas, bueno, hay que someterse. Primero reviso el ir y venir de manifestantes y Fuerzas Especiales en YouTube (busquen “Plaza Italia en vivo”) lo que en verdad resulta bastante inútil porque todos los días hay jaleo. OK, cruzo la plaza serpenteando entre los manifestantes que ayudan a ciclistas y corredores no solo abriendo el paso, sino ofreciendo agua con bicarbonato e incluso pañoletas.


Pasando la Plaza el máximo problema son los semáforos que apagan caprichosamente. Cuando uno llega al Parque Bicentenario el Chile pituco revolotea entre las dalias, coirones y nardos: allí la gente anda en patines o come salchichas del food truck o no están porque se mojan el poto en las feas y gélidas aguas de Zapallar, Cachagua o Santo Domingo. Febrero será Colico y Ranco. El asunto es qué hacer con las lacrimógenas porque beneficios para la salud no tienen. Si el manifestante no está a mano con el spray de agua y bicarbonato, puede más la voluntad, avanza uno los 200 metros de plaza sitiada y a taparse la boca con la mano. Consejo de mi doctor: cuando veas la primera pileta en funcionamiento, a enjuagarse la boca antes de tomar agua. Una vez en casa lo mismo y en mi caso, exfoliación cutánea con la máscara “Nicaraguan Coffee” del Body Shop que no solo limpia y suaviza la piel, sino que encima quita el asqueroso olor a lacrimógena. Correr por la ciudad es la actividad menos recomendada y ojalá la eviten. Para mi es esencial porque ayuda a tranquilizar mis nervios. Los siguientes consejos no ponen en riesgo la vida ni arruinan el sentido del olfato.


Dieta

No me meteré en el bolsillo ni en la subjetividad alimenticia ciudadana, cada quien vela por su presupuesto y si el quid de las reyertas es demostrar la ira escondida durante décadas por la espantosa desigualdad criolla, es casi obsceno largarme a recomendar, en modo matinal, váyase por esta dieta o siga esta otra con su sueldo mínimo. Pero hay cosas que ayudan. Así es como el estallido social ha servido para deshacerme del consumo de pan, base de la dieta del chileno pobre. Desde que terminó el Toque de Queda y pude ver al nutricionista, no he comprado hallullas (mis favoritas). Ni una sola. Y la tentación es grande, porque cerca de casa está Gabilondo, donde venden pan para celiacos y en modo “masa madre”, con vendedores atentos y bien vestidos. ¿Y qué como entonces? Desayuno: media taza de avena orgánica (es decir, 100% avena) cocinada a fuego lento durante 3 minutos en leche de almendras (cualquiera sin saborizante artificial, yo compro la más barata del Líder) con un trozo de canela y frutos secos, y ya, listo mi desayuno, el famoso porridge. Como todos saben, la avena “llena” el buche, de modo que ese cuenco de cereal ahuyenta el hambre de forma inocente y más efectiva que las dichosas bombas lacrimógenas. Si entre desayuno y almuerzo llega don apetito, me como una barrita de “Nakd bars, Berry Bliss” que aportan 100 calorías y cuyos ingredientes son: dátiles, pasas, castañas de caju, frutillas, canela y nuez moscada. Todo por $2990 en el Líder. Sin azúcar, sin harina, sin gluten. ¿Y almuerzo? Varía entre ensalada de palta con goujons de lenguado o el pescado que encuentren y sin ningún aderezo, garbanzos o lentejas hervidas en guarnición de brócoli, pollo cocido sin sal con pepinos y frutillas. Entre la hora del té y el almuerzo puede atacar el hambre, es natural, entonces otra barrita de Nakd. ¿Y si me invitan a tomar una cervecita? Bueno, esta es la parte más controversial porque atenta contra los emprendimientos gastronómicos, pero ¿qué hacer? No es mi culpa que se haya alterado mi rutina calculada hasta lo más mínimo, miren al tontorrón sentado en la Moneda. Entonces: la cerveza es irremplazable en días de calor, por tanto solo me permito comer una vez por salida. Para todo el resto llevo en mi bolso: dos paltas, una bolsita ziploc con frutos secos y pedazos de chocolate amargo 100% cacao y una barrita Nakd. No sé hasta cuándo pueda extender este método ni cuánto tiempo me aguanten los restaurantes y en verdad me gusta la Pizza. Lo que más duele es el adiós al pisco sour…


Plank

Este apartado requiere de un análisis individual y hasta vídeo demostrativo y varias lectoras, sobre todo argentinas, me han pedido que por favor les dé el secreto de la plank, ese ejercicio que demanda postura rígida del cuerpo, únicamente sostenido en antebrazos y codos y la punta de los pies sobre una yoga mat. Es lo más aburrido del mundo y creo que por lo mismo son pocos los que logran pasar de los… 30 segundos. El ejercicio es estupendo no solo para quemar calorías, sino para afirmar glúteos, brazos y abdomen. Dicen los expertos que 6 repeticiones de 3 minutos bastan y sobran, sin embargo, como buen obsesivo, sí, hago las 6… pero de 5 o incluso más minutos. ¿El secreto? Como estudié yoga en Rishikesh y aprendí de memoria el concepto de Swaraj o autogobierno hago mis sesiones de plank, una por la mañana y otra por la noche, apelando al fenómeno mental de la proyección. Es decir: pongo mi cuerpo en posición recogiendo la barriga –es el método para trabajar los abs– y traslado la cabeza hacia otro objeto que en este caso es mi iPhone que pongo entre mis brazos. Programado en modo avión, activo el wifi, abro YouTube y busco vídeos que duren por lo menos 5 minutos. Pero no cualquier vídeo: o presentaciones del Mariinsky y Bolshoi, o el Canal Olímpico que saca todas las semanas su “music Monday”. ¿Qué hago con eso? Simple. Pensar: si esta gente puede causar efectos extraordinarios con el total dominio del cuerpo, ¿cómo yo no voy a ser capaz de terminar una maldita plank? Toda la atención al material audiovisual y realmente sirve de inspiración. Fácil, divertido, corto y barato.


¿Hasta cuándo podré soportar el no correr por culpa de las bombas lacrimógenas? Ni idea. Esos únicos dos días me llenan de angustia y alegría, una dualidad esquizofrénica insostenible en el tiempo. Porque atravesar la Plaza de la Dignidad no solo significa la certeza casi absoluta de ser atacado por bombas lacrimógenas que se supone las arrojan a fin de “pacificar”, sino el peligro constante de caer en un agujero, ser baleado y perder un ojo, o morir atropellado por algún auto cuando apagan los semáforos y el tráfico se descontrola. Antes daba miedo ser cagado por palomas. Aves ya no quedan porque casi todas se han ido de los parques o han muerto producto de los gases. Perros, uno que otro y en general están allí para pagar tributo al recio Matapacos, que una y otra vez levantan en tamaño sobrenatural, dos o tres metros de altura, negro y engalanado con esa pañoleta escarlata, no le tiene miedo a nada, ni siquiera a las Fuerzas de Orden que inundan nuestros días con terror y desconsuelo.

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