• Anibal Venegas

Empezando a bajar de peso: Jengibre y limón por favor. Parte II

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Quizá si no me hubiera atacado un cuadro febril (alucinaciones incluidas), no hubiera dado jamás con la clave para empezar a bajar de peso de forma sistemática. Así nada más, un non stop de perder kilos. Restando en lugar de ir sumando. Por primera vez. ¿Eso es bueno? Ni idea. Se lo debo a los indios macrobióticos y dos o tres europeos antivacunas que durante cuatro días con sus respectivas noches me atosigaron de tisanas, pociones y agüitas hervidas acompañadas de hierbas medicinales.


Resulta que caí víctima del jet-lag, ese elegante malestar que padecen los que atraviesan distancias en millas náuticas y ¡zaz! son introducidos al huso horario con cientos de miles de minutos de diferencia respecto al lugar de origen. Así, mientras yo empezaba un lunes, en Chile el domingo aún no moría. El jet-lag no era tema para esta gente dietética, acostumbrada a viajar movilizados por la pobreza tercermundista, a no ser que fueran australianos. En Chile, en cambio, hay círculos donde se rinde culto al jet-lag y no se escatima en adjetivos para describirlo hasta el más mínimo detalle, para dejar bien en claro que el viaje fue largo y agotador, pero qué se le va a hacer, cosas de la vida cosmopolita. Qué duda cabe.


De un modo extraño, ajeno e involuntario me encontraba viviendo en el futuro, que, en el caso de la Granja, no prometía ni autos voladores ni estacionamientos emplazados a la altura de las nubes. En la Granja se desconfiaba de la racionalidad falocéntrica que traía consigo la depredación de las tierras indígenas de todo el globo terráqueo, por lo tanto, había que promover los métodos antiguos de ordenación humana, desde el cepillo para frotar la mierda del W.C –occidental y local, AKA un hoyo en el suelo– hasta la cosecha del arroz basmati, que se segaba con sables y machetes como indicaba la tradición de los viejos campesinos, buenos por naturaleza. La mentada permacultura. Pesticidas como el Roundup de Monsanto, los abonos no naturales, incluso las cacas provenientes de gente consumidora de productos Nestlé eran una invasión maliciosa y dañina al ecosistema y la biodiversidad. De ahí que durante algún tiempo mis evacuaciones redundaron en un compost de categoría ínfima. Al menos hasta que pasó un mes y estaba totalmente desintoxicado de la mugre neoliberal atrapada en mi intestino grueso.


El segundo día en la Granja –en realidad, todos los días en la Granja– empezó con un leve dolor de cabeza que atribuí a la cama dura y al olor a establo de mi habitación compartida. Había dormido estupendamente bien. Sin embargo, cuando a las cinco de la mañana el canto de los musulmanes locales llamando a Alá con megáfono en mano me despertó bruscamente, no pude devolverme a las sábanas percudidas de saco harinero. “Alaaaaaaaá, Alaaaaá”. Federico, Kyle y Gautam roncaban como locomotoras; yo, en cambio, estaba llenando mi balde con agua “caliente” (tibia) para meterme en la ducha y quitarme el dolor punzante en la sien. “Debe ser el calor”. A esa hora ya era insoportable. La ducha de paredes construidas a base de caca de vaca y barro estaban repletas de telarañas que no me atreví a tocar porque formaban en conjunto la barrera contra los iracundos mosquitos. Era difícil bañarse en esas condiciones porque el suelo estaba sucio y lleno de hormigas y baba de caracol. Tampoco podía tragar agua. Me puse la misma ropa del primer día porque no tenía sentido ensuciar más cosas cuando luego de tres minutos ya tenía la espalda mojada. Los gordos transpiramos cuarenta veces más que los flacos; acumulamos sudor extra debajo de los senos y de la barriga, incluso en la cabeza, y con o sin la presencia de un bonito y gracioso sombrero Derby (artículo que uso desde el año 2003). Bandolero puesto, salí a caminar por el lugar pensando que a esa hora sería el único. Craso error. Más allá venían dos ancianas norteamericanas, delgadísimas, jadeando y totalmente empapadas, de regreso del running matutino. Debajo del Gazebo ubicado en el medio de los edificios principales, frente al jardín Nelson Mandela, sendas cabelleras rubias aparecían invertidas al tiempo que una australiana vociferante corregía las posiciones de yoga:


- Así no, imbécil, bien, así se hace. Aguanta la respiración.

Caminé un rato, sin rumbo ni apetito, me perdí detrás de la Biblioteca y fui a hacer algunas fotografías para mandar a casa. Nada de lo que había allí era particularmente atractivo o causaría niveles bajos de envidia. Campos y campos de sembrados que pronto habría que cosechar, separando el grano de la alfalfa que consumirían las vacas, sagradas en tanto ofrecen la materia prima de la base de la repostería india. Por aquí y por allá la piel tornasol de una cobra, murciélagos de la fruta colgando de los mangos, escorpiones de color amarillo con las tenazas dispuestas al ataque. Aún no me daban instrucciones sobre qué hacer y cuándo empezaría a echar a andar mi “proyecto”. Finalmente me instalé debajo de un mango en la zona de los fumadores y avancé unas trescientas páginas de 1Q84.

- No fuiste a comer hoy y no te vi en la clase de Fermentación…


Levanté los ojos del libro. Era Patricia que venía a unirse con su iPad, su cartera Kipling (que nunca se quitaba de encima) y el Gold Flake ya encendido. Sentí un fuerte mareo.


- Tienes mala pinta, mira esas ojeras ¿Por qué no hablas con Aditi?

En verdad me sentía fatal, pero lo atribuí a las seis horas que llevaba levantado entre recorrido por la granja y lectura de Murakami para matar el tiempo. Dos días y ya quería volver a mi casa. Aditi estaba en la oficina de Timothy dictando instrucciones. Ella podía mandar a todo el mundo, porque era bilingüe, provenía de una familia multimillonaria de Mumbai y había vivido varios años en Nueva York donde se licenció en Antropología Cultural en la Universidad de Columbia. Me explicó que debía esperar unos cuatro días porque tenía que aclimatarme a la vida de la Granja y de India en general, porque de acuerdo a sus observaciones, yo era definitivamente urbano y por tanto era más conveniente para mí y el triunfo del curso entero que me uniera poco a poco a las actividades, empezando por el “Morning Circle” en el Gazebo, donde se discutían todos los temas a tratar durante el día.


Bueno ya había llegado la hora del almuerzo. La campana del colegio empezaba a repicar. Allí nos poníamos en fila ante la superabundancia de comida vegetariana donde se justificaba el precio del cursillo de Agricultura. En los rostros hambrientos de los comensales reflejados en las manzanas y los cuencos de agua había poca variedad, salvo por los ojos, azules o verdes. Tejal trataba de vincularse exclusivamente con los occidentales, ella estaba hasta las narices de los indios y declaraba que siempre tuvo un interés profundo por la alta cultura europea, desde niña había estado expuesta a Beethoven y Marcel Proust, que de qué iba a hablar con los tres o cuatro indios que tomaban el curso, pues resulta que de nada. Yo no tenía hambre, saqué una cucharada de lentejas y otra de arroz. En las mesas me ubiqué frente a los alemanes, Clara y Chris, y al lado de Marilyn, una bióloga de plantas con un coeficiente intelectual de no sé cuánto y quien, sin embargo, nunca terminaba las oraciones y frases porque ahí estaba el marido, Christopher, completando lo que la otra empezaba a decir o volviendo a explicar lo que ya había dicho antes. Tamara declaró que yo no tenía buen aspecto.

- Sí, la verdad es que amanecí con un dolor de cabeza horrible

- Si te duele la nuca y tienes escalofríos, puede que sea malaria…


Al parecer no habría más tema de conversación con ella. Y los dos éramos los únicos “filósofos” de la Granja.

Acabada la francachela, nuevamente la fila en el patio detrás del comedero. Dos o tres voluntarios se dedicarían esa semana a ordenar la credencia como parte de su Shramdaan o servicio comunitario. En tanto, el resto nos movíamos con la dinámica de todos los días: limpieza de platos sucios con papel de diario y a la compostera, Reetha, pilas de platos de latón. Un pequeño break en la zona de fumadores donde se tomaba tchai y se discutían ideas relacionadas con la vida en la Granja y la experiencia cultural india a grandes rasgos: si todo iba bien, podrían incluirme en un viaje a Dharamsala, donde conocería al mismísimo Dalai, ¡en persona! No podía pensar mucho porque en ese preciso instante me vino un fuerte mareo y tuve que correr al W.C. para expulsar lo poco que había comido durante el almuerzo. Me veía fatal, como todas las veces que me atacan las náuseas y expulso convulsivamente lo que llevo dentro: ojos y rostro hinchados, puntitos alrededor de la nariz, la boca morada. Me dijeron que fuera a guardar reposo y que tratara de tomar mucha agua porque evidentemente estaba siendo víctima del jet-lag y claro, yo venía saliendo del inicio de la primavera que en Chile se siente igual al invierno.


Fueron cuatro días y cuatro noches: el precio de ir a movilizar neuronas en dirección a la protesta vital y el anticapitalismo. Fiebre, tos, dolor de huesos, jaqueca punzante. Algunos creyeron que era dengue, pero no había señales de hemorragias y además a partir del segundo día ya me estaban surtiendo efecto las tizanas calientes. Por la mañana, un indio amigo, Jeet Negi, me daba agua hervida con limón y jengibre. Fue lo único que tomé durante esas mañanas consecutivas. Por las tardes agua de menta y arroz cocido con agua y canela que apenas probé y nuevamente agua con limón y jengibre. Mis compañeros de habitación iban y venían atolondrados por sus trajines, simplemente no me tomaban en cuenta; la vida transcurría su curso natural con clases de permacultura, la historia del aceite de mostaza, las tierras usurpadas y ellos eran disciplinados, ellos querían aprender a fin de cambiar el mundo. Bueno, todos salvo el italiano quien no parecía interesarse mucho por los temas discutidos en las lecturas y se pasaba buena parte del día echado en la cama, tocando el ukelele o fumando cannabis debajo de un mago. El día cuarto, cuando ya empezaba a sentirme mejor, apareció Federico justo antes del almuerzo.


- Toma Aníbal, son italianas.


Galletas de comercio justo hechas por mujeres desplazadas. Al parecer, y luego de haber sido interrogado por Tamara el día 1, alcancé a decir dos o tres cosas negativas respecto al italiano a quien todos tenían por flojo. De ahora en adelante tendría que defenderlo, no se me ocurría de qué otro modo podría devolver su delicado favor, ya que este chico tan alto y delgado se oponía fervientemente al consumismo que se desprendía desde la marca de mis anteojos hasta mis zapatos de trekking. Un tipo realmente estupendo. Y de buena pinta. Mientras me acomodaba en mi dura cama de paja, pensaba que quizá, si mi esforzaba un poco, algún día llegaría a ser como él. Físicamente. La naturaleza no me había regalado huesos largos ni ojos azules, pero sí determinación y una dosis mínima de amor propio.


Bueno, llegó el quinto día que, por iniciativa propia, comenzó con una infusión de agua caliente con jengibre y un limón exprimido. El corro de imbéciles de la Granja aplaudió apenas me vieron llegar al Gazebo a las siete en punto. Qué excelentísimo que estés bien, se nota que los remedios surtieron efecto, sentenció Tejal, mientras se reía muy cuca junto a una sueca y una alemana rubísimas que la trataban como a un perrito faldero. En cualquier momento la harían callar de una patada. Se discutieron ideas para una mejor sustentabilidad global, se abordó el tema de la usurpación de tierras ancestrales, se criticó desde el punto de vista del relativismo cultural la presencia de un indio y su erección en la habitación de las mujeres. El día –y todos los días del curso de la Agricultura Orgánica– se dividía entre: meditación y/o yoga, cepillado de dientes, cursos de microbios, almuerzo, curso de ecofeminismo, hora del tchai, proyección de material audiovisual, comida, sobremesa en el sector de fumadores, hora de la Tubidespedida. La mayoría de los de mi rango etario se reunían a fumar mariguana y tocar la guitarra. Yo prefería terminar mi novela. Como a nadie le importaba la ropa, yo iba de día y de noche con lo mismo: pantalones cargo, flip-flips o zapatillas de trekking, camiseta negra comprada en Israel y mi bandolero Benetton de los años 60. A eso de las 10 tuve ganas de ir a fumar; antes, pasé a la cocina buscando agua hervida para una infusión de limón y jengibre y así fortalecer las defensas de mi organismo. Cuando estaba a punto de atravesar el área de los fumadores, apareció Patricia, lámpara en mano.


- Oye, que buena pinta, tendré que enfermarme para bajar de peso.


¿Bajar de peso? En realidad sí había notado la cintura de mis pantalones un poco más holgada que la última vez. ¿Serían el limón y el jengibre? ¿Saltarme el almuerzo? Me fumé dos cigarrillos junto a Patricia, me escobillé los dientes y me fui a acostar. Fuera continuaba el bullicio de mis compañeros hippies y sin disciplina. Busqué lápiz y mi libreta de apuntes.


Número 1: Tomar cada mañana y al terminar el día una taza de agua caliente con limón y jengibre.

Número 2: Saltar una de las dos primeras comidas del día.


¿Iba por buen o mal camino?



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