• Anibal Venegas

Cómo bajar de peso.... entre mandriles, mosquitos y malaria. Parte I

Updated: Jun 7, 2019

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El viaje en avión a la ciudad de Dehradun –la más cercana a mi destino final: Nandanya/Universidad de la Tierra– me obligaba a volver al aeropuerto Indira Gandhi, pero a la terminal de vuelos domésticos. Check-out listo, equipaje de mano listo, revisión de la Lonely Planet, taxi de cortesía, terminal número 1, check-in en Jet Airways, vuelo 9W307 a las 13:30 horas. Pero Aníbal... ¿Y la aventura en tren con cientos de miles de indios colgando del techo o meando detrás de un asiento? No, gracias.


En el aeropuerto había tiendas suntuosas internacionales de toda índole, porque en avión sólo volaban extranjeros o indios millonarios. Entré al Body Shop para comprar una barrita de bálsamo labial de cacao –que todavía uso–, y a una librería. 1Q84 de Haruki Murakami me costó el equivalente a cinco mil pesos chilenos. Avancé unas cien páginas sentado en la Puerta de Embarque. Llamado de pasajeros, revisión de equipaje de mano, ubicación en el medio de la cabina principal, instrucciones en caso de emergencia, cinturón abrochado, silla con el respaldo en posición original. En el avión éramos unos veinte occidentales, el resto solo indios. Una señora que iba enfrente decidió reclinar su asiento en pleno despegue: saltó su pote de yogurt que reventó en la alfombra del pasillo, manchando mis Diesel talla 36 (algo así como XL). Dios mío, dónde me vine a meter…


… Dios mío ¿dónde me vine a meter? Me preguntaba al tiempo que el taxi Toyota tipo van que fue a recogerme al aeropuerto de Dehradun, avanzaba a través de la que alguna vez fuera una ciudad de identidad e inspiración inglesa y que ahora emergía como un lote de casuchas horribles de adobe, centros comerciales y puestos de comida, recorriendo calles de increíble fealdad y que no se reflejaban en el mapa que tenía en la mano. Porque de India se puede esperar una cosa con certeza absoluta: no hay relación directa entre mapas y la realidad inmediata. Vacas por doquier, Tuk-Tuks en dirección contraria, mujeres cruzando en el medio de la calle, señales de “elefantes en la ruta”. De vez en cuando aparecían macacos a observar los automóviles: se sentaban orgullosos sobre la cola mientras se arrancaban los piojos. Y ni siquiera habíamos pasado un slum. Dehradun simplemente no era polo de atracción turística: la mayoría abrumadora de extranjeros iba directo a Rishikesh, la capital del Yoga que incluía una porción del río Ganges sin altos índices de contaminación con caca humana. Mientras tanto yo estaba consciente del rollo de mi barriga fofa que sobresalía por encima del cinturón, llegando a esconderlo groseramente. Sentado además se notaban mis boobies, mis anchos brazos, los pliegues de mi cuello, los muslos gruesos, las gordas pantorrillas. La camiseta de rayas horizontales no ayudaba a mejorar la impresión global de mi aspecto, pero era de algodón y liviana. El calor insoportable se transformaba inmediatamente en gotas de sudor que bajaban por mi espalda. En ese momento solo podía pensar en 1) Obesidad; 2) ¿Existirá Navdanya?; 3) Obesidad; 4) Tal vez una pasantía en Washington no hubiera sido tan mala idea…


La van atravesó la espantosa avenida Shimla, evidentemente pavimentada antes de la partición con Pakistán y Bangladesh. El paisaje ofrecía una superabundancia de casuchas feas donde mujeres viejas revolvían ollas inmundas instaladas en los patios, separadas de la calle por arbustos salvajes y basura acumulada en pilas multiformes. Los camiones avanzaban a alta velocidad y la inexistencia de vía peatonal hacía que la gente y vehículos motorizados compartieran la ruta. De pronto un letrero: “Navdanya Biodiversity Conservation Farm”. Doblamos a la izquierda: ahí estaba el lote de casitas de ladrillo que había visto en youtube y donde perdería mis kilos de sobrepeso. Luego de pasar un camino irregular de tierra, atravesamos una muralla pintada de rojo y entonces la oficina principal de Navdanya, con Timothy en su interior, el encargado de recibir y dar la bienvenida.


Welcome to Navdanya Anibal. Día 1


- ¿Tienes otro de esos? –me preguntó despreocupada una mujer inglesa de pelo rojo-rojo-incandescente, delgadísima, de jeans y uñas azules, que movía su iPad de un lado para otro tratando de capturar el wifi de la Granja (así llamaba todo el mundo a Navdanya). Se refería al Marlboro light que estaba encendiendo en ese preciso instante en la calle de ingreso donde los fumadores teníamos autorización para echar nuestro humo mierdoso.


- Sí, sí, claro, me quedan cinco, toma – La mujer recibió el cigarro con la boca haciendo una señal de que lo encendiera yo mismo. Se trataba de Patricia, Patricia O’Connor.


- Mmmm, qué bueno está. Aquí no venden Marlboro, ¿Dónde los compraste? –preguntó mientras se ponía a fumar. –Esto es India, siéntate acá y fuma.


- Gracias.


Venía decidido a dejar de una vez por todas los cigarros, sin embargo, el recorrido por el que sería desde este momento mi “casa” me obligó a fumar inmediatamente. Era eso o un clonazepam, y claro, fumar servía para aplacar el hambre. Luego de rellenar formularios, Sunil, un indio flaco y alto a cargo de los extranjeros, me condujo hasta mi habitación, que de acuerdo al Navdanya-kit incluía aire acondicionado y mosquitero. Dijeron “rústica”, “acogedora” y “limpia”. Se trataba de un chiquero horripilante emplazado en el patio de la Granja, originalmente ocupado por el servicio doméstico: allí viviría temporalmente hasta el cierre del Curso de la Agricultura Orgánica de la A hasta la Z. Es decir, un mes. Casi se me cayó la mandíbula. Me temblaron las piernas. Los vidrios de la ventana estaban rotos, la puerta (un armazón de palos y malla) ídem. Dentro, seis camas de colchonetas inmundas y rellenas con paja auténtica proveniente de la última cosecha de arroz y otros cereales. Yo dormiría en la de en medio. En la cama del lado izquierdo y junto a la “ventana” había un italiano de mi edad más o menos, hablando por Skype: alto y delgado, moreno y de ojos azules, con pantalones de algodón y sweater (¡mientras yo sudaba como bestia!). A los pies descansaba su perro Tchai que desde luego intentó morderme. La mugre cubría todos los rincones de la porqueriza, perdón, habitación, y sobre mi cama se extendían sendas telarañas con sus respectivas propietarias. Pegué un grito cuando vi una enorme rata negra corriendo por el piso. Un chico rubio de dreadlocks, americano, entró y me saludó con un abrazo, “Namaste amigo, soy Kyle” mientras recogía su ukelele y se marchaba en el acto. Iba descalzo. Olía a grasa espesa, a pelo sucio. Tenía que cambiarme ropa, tarea complicada con el italiano ahí en frente. Mientras terminaba de parlotear por Skype con –al parecer– su madre, me observaba con una sonrisa: sin duda yo iba muy occidentalmente vestido...

- Hola, soy Federico…

- Yo soy Aníbal, qué tal

- ¿Eres inglés?

- No, soy de Chile

- Wow, es que tienes un acento británico muy fuerte

- Estudié en Escocia

- Por eso entonces. Bienvenido, yo vivo aquí desde hace un año. En la otra cama duerme Ricardo que vuelve en un par de semanas, en la de enfrente Gautam y en la otra, junto a la pared, Kyle. ¿Viniste a tomar el curso? ¿Viajaste en el tren nocturno?

- Vine a trabajar en un curso… y no, llegué en avión

- ¿En verdad? Todos son pijos aquí al parecer. ¿Quieres ir a fumar un porro afuera? Tengo mariguana orgánica

- No, gracias. Me dijeron que Aditi me mostraría la Granja, antes quiero cambiarme de ropa…

- Ok, yo voy a fumar, si quieres te unes, estaré con Christopher y Saba probablemente. Los conocerás de todos modos. Los baños y duchas están afuera y los baldes debajo de la mesa

- ¿Baldes?

- Sí, baldes. ¿Es tu primera vez en India?

- Sí

- Ah, entiendo. Bueno, acá no hay “duchas”. Tienes que llenar un balde desde el grifo del agua caliente que está detrás de las habitaciones. Yo nunca me baño, casi todos los jabones son tóxicos, ¿sabías? incluso los de Reetha. No quiero morir de cáncer

- ¿Los de qué?

- Reetha, es un árbol que usan acá para fabricar jabón, champú…

- Me traje algunas cosas de Lush…

- ¿Lush? Ok. Da igual. Bueno, nos vemos a la hora de la comida.

Eran casi las cuatro y media. No me atrevía a pisar el suelo cubierto de polvo y como no había armario, no quedó otra alternativa que dejar mi equipaje en las baldosas mugrientas. Me puse una camiseta negra que había comprado hace algún tiempo en Amazon, unos pantalones cortos, sandalias Teva y mi bandolero Benetton con lo esencial: bálsamo labial, cigarros, encendedor, clonazepam, anteojos de sol. Saqué un par de rupias y las guardé en mi billetera de The Big Lebowski que compré en el Forbidden Planet de Edimburgo. Caminé hacia los edificios centrales de la Granja, cerca de la oficina de Timothy. Al cruzar el jardín repleto de árboles de Mango que separaban mi habitación del resto de los edificios, pude ver a un grupo muy rubio, blanco y joven pisoteando tierra en una suerte de ritual que asumí hinduista (después me explicaron que estaban revolviendo compost con los pies, en el contexto del enfoque de la permacultura). Todo el mundo, salvo los indios de servicio que apenas hablaban, eran extranjeros. No había un solo gordo. Fue en ese momento que saqué el cigarro y me habló Patricia. Era una exitosa abogada corporativa inglesa afincada en Nueva York. Muy posh, educada en Oxford. Nos hicimos amigos de inmediato.



Entre medio de la fumadera se unieron una chica de Mumbai, Tejal, Rebeca de Australia, Astrid de Holanda, Margot y Hanna del Tirol del Sur y Clara y Chris de Alemania. Había muchos más, pero de momento sólo retuve esos nombres. Chris me recordaba a los clásicos compañeros de curso que jugaban rugby y golpeaban al resto, a los débiles, grupo selecto al que pertenecía yo. Bravo. Pronto descubriría que no me había equivocado en mi intuición respecto al alemán. Me habló en español con acento latino porque había vivido en Perú y me dijo “cómo estás Chinegro”. Imbécil. Él y su “novia”, Clara, venían pedaleando desde Turquía, lo mismo Alessandro, un italiano que había dejado una supuesta carrera en el mundo del modelaje en Milán y optó por la vida simple de la campiña del sudeste asiático. Todos, salvo Patricia, Margot y Hanna, que trabajarían en la granja conmigo, habían pagado miles de euros por el dichoso curso. Se supone que yo iba a desarrollar mi proyecto respecto a la Felicidad y enseñaría el concepto de Justicia en Grecia Antigua. No se me ocurría cómo y no pensaba a quién de esos que tenía enfrente le interesaría el tema. Porque todos detestaban Monsanto y promovían el consumo de comida orgánica. Y porque todos pensaban que las vacunas causaban autismo, ceguera y cáncer. Mientras que otros sostenían que la tierra era plana. Quería vomitar.


7 PM.


Luego de un eterno y aburrido partido de voleibol, donde fingí pasarlo “muy bien” para “conocer” y “mezclarme” con el resto de mis compañeros (Aditi, una grandísima harpía, nunca me dio el famoso recorrido por la Granja), hicieron repicar una campana anunciando que la cena estaba lista y servida. El Dinning hall: repleto de bandejas de lata como las del Séder, con vasos de lata llenos de agua previamente hervida para el consumo occidental. Por aquí y por allá fuentes con arroz, papas al curry, lentejas, pepino, zanahorias, chapatis. Cada uno cuchara en mano seleccionando los manjares altamente dietéticos. Me senté junto a una chica morena, baja y delgada que hablaba de extraños síntomas asociados a la Malaria, enfermedad que había padecido en diez oportunidades tras cinco años viviendo en Accra, la capital de Ghana. ¿Malaria? Imposible, estamos en el norte de India, a los pies de los Himalaya.


- Sí, pero aún es India...


Seguían parloteando respecto a lo profunda que resultó la peregrinación a Gangotri del otro día, y, sobre todo, qué mala pinta tenían las ciudades modernas de Europa y cuán privilegiados éramos todos los que estábamos ahí, saltaba a la vista que el futuro de la humanidad no estaba en nosotros, caía inexorablemente sobre los hombros del pobre campesinado, bueno por naturaleza. Mientras tanto, yo hacía cálculos mentales de lo que estaba comiendo: ¿800 calorías? ¿700? Y, en cualquier caso, a pesar de que fuera reinaba la oscuridad absoluta, el calor y la humedad me tenían empapada la camiseta. ¿Cuántas calorías habría quemado en ese momento? Alguien me preguntó por Aucán Huilcamán. Increíble. Una vez terminada la “cena”, hicimos una fila detrás del comedero donde estaba la pila del agua: los platos debían limpiarse con papel de diario que iba directo a una compostera y se fregaban con Reetha y agua de la llave (proveniente de un pozo), para a continuación dejarlos secar sobre una rejilla de bambú ubicada en el suelo. Seguí a los demás que ahora armaban una fogata que rodearían al tiempo que cantaban canciones estúpidas. So not my scene. Decidí quedarme en el sector de fumadores: se me unieron Patricia, Tejal, Alessandro, y una mujer extraordinaria llamada Rashmi, que había sido alumna de Herbert Marcuse y había hablado con Víctor Jara y Salvador Allende. Una experta en nutrición, Frances Moore-Lappé, me dijo que tenía amigos viviendo en Chile, Douglas Tompkins, Sara Larraín y Alfredo Sfeir, "¿Los conoces?". Luego llegó Patti, neoyorquina y masajista, íntima amiga de Carolina Parsons y su tocaya Patti Smith.



A las 8 todo el mundo iba a la Lecture Room para, antes de dormir, disfrutar de la proyección de un documental sobre la libertad de la semilla. Yo me quedé un rato más con los indios tratando de enseñarles la palabra “fumar”. De pronto aparecieron Patricia, Kyle, Federico y otro italiano, Gianpiero, invitándome a comprar cigarros en el Omelette Palace. Los seguí por el camino completamente a oscuras hasta llegar a la Shimla Road. Casi se me salía el corazón con cada camión que pasaba junto a nosotros porque no había vereda peatonal ni mucho menos faroles eléctricos. Llegamos al Omelette Palace y compramos Gold Flakes, unos cigarrillos asquerosos que vendían por un par de rupias. Era eso o armarse un cigarro con las hojas de una mata llamada Bidi. Camino de regreso a la Granja intercambiando frases genéricas sobre el jet-lag y enfermedades tropicales. Por lo que entendí, mi llegada causó risa general, porque era el único que había "arribado" en avión y en taxi con chofer incluido. Suerte que obedecí a mi hermano sobre lo de no llevar maleta.


La Granja estaba sumergida en la total y más absoluta de las penumbras. Cada uno a su respectiva habitación separada en la dualidad de sexos. En la mía ya estaba Federico, cuyos enormes ojos se veían celestes durante la noche. Los ronquidos de enfrente provenían de Gautam a quien no vi durante la comida. Federico me dijo que si quería podía ir con él a fumar mariguana con los demás al lado de la fogata. No, muchas gracias, voy a leer.


- Como quieras.


Gautam no despertó cuando encendí las luces y el ventilador del techo. Me metí en mi cama asegurándome que no había arañas. Introduje el mosquitero por debajo del colchón y quedé encerrado en una cápsula anti-bicharracos, con mi libro, tapones de oído puestos, anteojos a la mano y las tripas revolviéndose de hambre. Eran las 10 de la noche y por primera vez en mucho tiempo dormí sin la ayuda de píldoras.

Iba por buen camino, al parecer.



from: Aníbal Venegas <********@gmail.com>

to: Victor Venegas <********@gmail.com> cc: Bárbara Venegas <*********@gmail.com> date: Oct 3, 2012, 9:29 PM

uyyy hay dos perros, sapos, arañas, y una India de mierda que se cree Lisa Simpson, me anda mandando para todos lados! Yo creo que la próxima semana estaré en condiciones de reclamar... (trabaja aquí igual que yo). Ya conocí a Vandana Shiva, una señora muy simpática. La granja es preciosa aunque llena de mosquitos, monos (parecidos a los mandriles), serpientes, etc. Y lleno de gringos, franceses, australianos, que andan "hippeando", unos alemanes se vinieron en bici desde Sri Lanka, y después a Tailandia (todos van a bucear para ese lado... al fin y al cabo todo se vuelve un cliché). Luego tendré que ponerme a limpiar, abrazos!!!!!!!!!

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