• Anibal Venegas

¿Empezando a... vivir en India? Parte VII

Cuando decidí cambiar el escenario laboral (y vital) chileno por el indio, la motivación mayor fue desprenderme de la carga depresiva que llevaba a cuestas y que me seguía para todos lados como una sombra severa y vigilante, presente en todos lados, con o sin luz. Y como alguien escribió por ahí “nadie puede saltar sobre su propia sombra”, tal vez el cambio en 180° tenía que venir desde una experiencia externa y definitivamente extrema. No me interesaba (aún) cruzar la frontera hacia Pakistán o Nepal, o ir a tomar clases de buceo a Goa o Sri Lanka. Sin embargo, a pesar de las serpientes, los elefantes, los ambientalistas codiciosos y el ninguneo clasista de mis compañeros de labores disfrazado del enfoque buen salvaje “es que los indios son tan buenos por naturaleza”, no sentía el miedo profundo que me había construido mentalmente meses atrás alimentado por blogs y Lonely Planet: no veía el extremo, no lo encontraba por ninguna parte. Las conversaciones eran un reducto de banalidades e intercambio de información repetida, a veces una llamada a casa donde la variedad la representaba el tiempo, porque la diferencia horaria hacía que yo viviera en el futuro mientras en el Cono Sur aún estaban peleando con las vicisitudes del ayer. ¿Quizá se trataba de emociones contenidas? Las carreteras eran una mugre, sí, las mujeres eran vistas como objeto, desde luego, la miseria estaba repartida en cada ciudad de norte a sur, también. Pero nada tan alejado de la realidad de mi propio país donde las cifras macroeconómicas maquillan un espectáculo de pobreza grotesco, desde el verbo a la realidad concreta. Si en India tienen Dalits o “intocables”, en Chile no hay pobres sino “más desposeídos”. Pero al igual que sus parientes lejanos que comen con la mano y son ignorados por las castas superiores, los de mi país piensan (saben) que no llegarán a ninguna parte y que sus hijos no tienen vida por delante. Las mujeres que se casen con ellos tendrán esa vida por delante.


Y ahí estaba yo, siguiendo patrones, rutinas y conversaciones más o menos similares a las que había tenido en todos los lugares del mundo. Daba igual si Londres, Nueva Delhi, Madrid o Pompeya. India no me cautivaba. Todavía. De momento iba perdiendo cada vez más peso, porque si el régimen alimenticio que partió como una fiesta naturista me cortó abruptamente todos los excesos y malos hábitos forzándome a la nutrición vegetariana, ahora estaba objetivamente pasando hambre. ¿Qué? ¿Acaso la clave para adelgazar no es hacer deporte sino cambiar los vínculos con la comida? Al parecer, así es. Al respecto yo no me quejaba tanto como mis compañeros porque la depresión me había echado varios kilos encima y sentía la necesidad de desprenderme de una estructura física que se había convertido en el palo en la rueda de la bicicleta, la arena en el motor. Iba en el mes número 3. Mis compañeros eran rubios, altos, delgados y de piernas largas, ellos podían exigir manjares, las repeticiones, los excesos. Yo seguí tomando agua caliente con jengibre y limón y a veces una infusión de menta. Continuaba revolviendo la sopa de izquierda a derecha y de derecha a izquierda una y otra vez.


Ya estaba totalmente OK del agudo episodio de diarrea que me había regalado bolsas oscuras debajo de los ojos y un agujero adicional en el cinturón del pantalón. La temporada de cosecha empezó antes de lo programado: de vez en cuando se dejaban caer chaparrones de agua que peligraban la integridad del arroz basmati –que gracias a los pesticidas y GMO’s había perdido su aroma y color originales– y por lo tanto del forraje que comerían las vacas durante el Monzón que asomaba la nariz en primavera. Había que ponerse, literalmente, manos a la obra. Durante mi primer “Morning circle” post dolor estomacal, instancia donde había que sentarse en círculo debajo del Gazebo, sin zapatos y en posición de loto para discutir la rutina de cada quien durante el día, se me eximió del Shramdaan, o sea, nada de servicio comunitario raspando tazas con la escobilla de mierda, pero a cambio se me pidió (exigió) asistir a los indios en la recolección de pienso y paja. Se sumaron Patricia, Margot y Anna. También un grupo de chicas que venían desde Nueva York buscando la auténtica fórmula de la ropa sustentable, para eso se habían educado en Parson’s y viajaban por toda Asia. Anastasía y Nora, reacias a tener que meter sus cuidadas uñas entre la suciedad del heno, anunciaron que partían por unos días rumbo a Gangotri para un retiro espiritual en compañía de Gautam, quien de paso dejaba la Granja sin haber destacado más que negativamente y se uniría a Federico que lo esperaba en algún lugar sagrado y de ahí rumbo nada menos que al Tibet. Y sin pasaporte, porque Federico no creía en las fronteras. Sobre esto, varios capítulos más adelante.


Uno se subía al container de madera donde estaba amontonada la pajilla fina que había que poner en sacos de fieltro y plástico, hundido hasta la cintura en la montaña rubia que serviría para alimentar las vacas sagradas. Estuvimos alrededor de cinco horas llenando sacos que luego arrojábamos a la tolva de un tractor y que trasladaríamos hasta el otro lado de la Granja para ser vaciados en un establo, donde los animales pasarían la furia de las tormentas que inundaban al subcontinente indio. Las italianas (alemanas) trabajaban a lo bestia, sin hablar ni perder el tiempo, algo en lo que Patricia tenía un doctorado porque cada dos por tres se bajaba del container para fumar un cigarrillo. Desde abajo me hacía guiños para acompañarla a echar fumarolas, pero yo me mantenía inconmovible, sudando como animal de carrera porque ese día de otoño la temperatura se elevaba por los 25 grados. Iba con una camiseta comprada en Israel que decía algo así como “I love Tel Aviv” pero mal escrito, los mismos pantalones grises de todos los días (que únicamente había lavado una vez) y mis anteojos de sol Ray Ban modelo Wayfarer, porque rellenar sacos no era impedimento para mantener cierta dignidad callada, especialmente frente a las neoyorquinas y sus pañoletas de seda.


Cuando llegó la hora de la comida nos anunciaron que debíamos volver después de una hora para seguir con la faena. ¿Arroz, chapatis y ensalada de pepino? No gracias. En cambio, partí a recorrer el bosque de mangos que estaba detrás del patio de fumadores, al otro lado de la pequeña calle que separaba los edificios principales de la Granja de los establos donde dormían los empleados y si la suerte sonreía, extranjeros del hemisferio norte que pagan para vivir como campesinos indios. Ojalá que en un ambiente lo suficientemente sucio para contrastar con la impresión terriblemente estética de la casa propia en París o Bruselas repleta de muebles nuevos modernos: allí los amigos de toda la vida se mantienen en sus labores capitalistas, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Una borrachera un fin de semana y desde luego despotricar en contra del capitalismo, claro, sin hacer algo concreto como los que se alojan en pesebreras tercermundistas y que serán adulados una vez de vuelta en la ciudad de origen. Después se unirán a la gerencia del departamento Responsabilidad Social Corporativa de una firma internacional donde, dada la descripción del puesto, se podrá ir vestido con pantalones de lana, kurta y sandalias Prada. Para qué sacrificar la calidad si finalmente uno está bajándole los niveles de contaminación a la empresa capitalista o bien organizando un bonito y colorista fin de semana en el campo para los obreros que producen mucho más si se les invita a una partida de Paintball. Después a la taberna y a hundirse en las cervezas y los vinos. Problemas y cuitas existenciales resueltas. Todos contentos.


El bosque de mangos era mi lugar favorito en la Granja porque ofrecía sombra, frutas y la mejor conexión al Wifi que cada cierto tiempo se esfumaba al igual que la electricidad. Allí me sentaba a leer, escribir o simplemente a dejar volar mi imaginación, que siempre se estancaba en problemas de la niñez sin resolver. Demonios. La maldita memoria fotográfica que se acuerda de eventos específicos ocurridos en mayo de 1997 o el verano del año 2000, todos de connotación negativa desde luego. El bullying de tal año o la humillación pública por parte de la profesora de matemáticas. A veces había que andar con mucho cuidado porque si bien los elefantes se mantenían en el bosque y los murciélagos dormían casi todo el día colgados de las ramas de los árboles, las cobras se mimetizaban con la tierra húmeda, entre plantas parecidas al ruibarbo, debajo de las piedras o enroscadas cuando perdían a su compañera o eran amenazadas por un escorpión. Y en la Granja no había encantadores de serpientes ni faquires. Me gustaba revisar las telarañas construidas en las copas altas de los árboles por arañas del tamaño de una tarántula, pero inofensivas en tanto cazaban lo que caía en sus redes. Eran brillantes y multicolores.


No habían pasado ni veinte minutos cuando vi a dos extranjeros caminando en dirección a la puerta principal con unas mochilas enormes. Suspiro de cansancio: nuevamente me tocaría ofrecerles un recorrido por las instalaciones, indicándoles donde se ubicaba una puerta, la biblioteca, las reglas de convivencia y los grifos para llenar los valdes de agua. Con los anteojos de sol puestos lucían como dos ¿ingleses? ¿americanos? del montón. Un chico y una chica. Emma, inglesa, Gareth, canadiense.

Emma:

- Hola, ¿Esto es… Navdanya?

- Así es, es lo que está escrito en el cartel…

- ¡Uf! ¡Qué bien!

Apretón de manos suave, qué tal, de dónde vienen ¿Estuvieron en Varanasi y Agra? Sí, sí, Varanasi es lo más hardcore de la experiencia india. Los Sadhus se sientan a las orillas del Ganges a quemar incienso después del baño correspondiente en las aguas inmundas, pero sumamente sagradas, donde flota la pestilencia de cientos de años de cremación de cuerpos animales y humanos, heces, y de vez en cuando el rarísimo Delfín local. La ciudad más santa del hinduismo.

- Venimos a trabajar de voluntarios por un tiempo, yo después me voy a Tailandia y Gareth de regreso a Canadá.

- Where in Canada?

- Alberta

- Oh, cool.


Nunca había ido a ese lugar.


- ¿De dónde eres? Tienes acento inglés…

- Soy chileno… pero viví en Escocia

- Ahh, cool

- ¿Quieren ver algo raro?

Los tres fuimos caminando en dirección a las telarañas. Como en India, si eres extranjero, se estila andar sucio y nadie dice nada, al comienzo pensé que no debía explicar mi aspecto absoluta y definitivamente desgarbado y ese día muy pero muy sucio. Repugnante. El contraste entre la belleza física de mis nuevos compañeros y mi propia fealdad (tengo baja autoestima) sumado a mi camiseta manchada de polvo, brazos con tierra, pelo ídem y pies sucios –iba descalzo–, me obligaban a explicar mi propia presencia atropellándome con las palabras:


- Por si acaso, voy así porque hemos estado recogiendo forraje para las vacas toda la mañana… ¿huelo a caca?

- No, tranquilo, jajaja, nosotros llegamos viajando arriba de un bus, literalmente, en el techo. Y hemos fumado una cajetilla completa de cigarros… ¿Golden Fakes?

- Gold Flakes

- Sí, esos

- ¿Fuman?

- Sí…

- ¿Son veganos?

- No


¡Dios mío!

Bueno ahí estaban las dichosas arañas fosforescentes.


No sabía que esperar luego de mi brillante exposición, lo único que atinaron fue a corear “awesome”, una con acento de Kent, el otro con falsete gringo. De una manera un tanto estúpida se me escapó una avalancha de críticas ácidas y pullas en contra de la Granja y la gente que iba allí a pagar a cambio de la experiencia de ser pobre. Me disculpé en el acto llevándome la mano a la boca, pero ellos se reían y agregaban detalles oscuros a la historia, nutriendo mi bagaje de humor negro con una nueva cuota de sarcasmo que desgraciadamente solo funciona bien en inglés. ¿Al fin empezaba a llegar gente de MI tipo? Encima fumaban. Es decir, FUMABAN. Está bien, ok, es un hábito detestable, horrible, y que dentro de un par de meses cortaría de raíz. Pero si estás en un sitio donde literalmente ir al baño se transforma en un ritual de fusión entre el hombre y la Madre Naturaleza, porque las cacas alimentadas de verduras contribuyen positivamente al compost, y donde se habla día y noche en contra de la usura capitalista y de lo despreciables que son los padres propios que quedaron en Europa pagando altísimos impuestos a cambio de migajas (beneficios) sociales, al tiempo que ahorran para comprar muebles nuevos para la cocina, secador de pelo y artefactos IKEA y votan por la tibia estructura Socialdemócrata que no hace otra cosa sino perpetuar el status quo ¿Un poco de decadencia urbana no debiera ser bienvenida? Y al parecer algo de la pestilencia tabaquera llegó al otro lado del muro porque de inmediato apareció Patricia buscando fuego y sin duda huyendo de la decimoquinta conversación sobre la libertad de la semilla, que en teoría habíamos liberado en el dichoso Festival de la Vansundhara (Ver capítulo “¿Bajando de peso o Subiendo Self-Confidence?).



Nos tuvimos que separar al cabo de cuarenta minutos porque nuestra faena recolectora aún no concluía y los sacos había que terminarlos antes del atardecer, así ocuparíamos la jornada siguiente sólo para su traslado. Por la tarde, más sucio que en la mañana, exhausto y con los brazos dormidos, me fui a tomar mi agua caliente con limón y a fumar otro cigarrillo al patio de los vicios. Gareth se sentó a mi lado. Había recorrido la Granja entera en un par de minutos y si bien la encontró “bonita”, opinaba que yo tenía absolutamente toda la razón respecto a voluntarios y cuerpo laboral/docente, una sola mirada tipo paneo de este chico delgado, de pelo rizado y ojos azules le habían bastado para concluir que eran todos un popurrí de absoluta nulidad. Aparecieron Patricia y Emma. Patricia aduló la figura esbelta (esquelética) de Emma y ésta declaró que mientras terminaba la carrera de Psicología en la Universidad de Leeds viajaba por todo el mundo modelando ropa exclusiva. Efectivamente, una búsqueda fugaz por YouTube en mi iPad y aparecía Emma, desfilando para Chanel, Saint Laurent, Dior, Marni.


Y seguimos, hasta medianoche intercambiando chistes, detalles vividos e impresiones sobre la ignorancia de las nuevas generaciones, hasta que Aditi se acercó candela en mano y nos mandó a acostar. “Sí mami” respondió Gareth en francés. Gareth dormía al lado izquierdo de mi cama, antiguamente ocupado por Federico. Estuvimos hasta la madrugada hablando de mi disertación de maestría, que era una defensa a las pruebas que esbozó Platón en el Fedón para demostrar la inmortalidad del alma. “¿No te estoy aburriendo con el tema?”. “En lo absoluto, sigue”, “Pero a mí sí” espetó Brian, el australiano de las planchas. Silencio obligado. Me quedé dormido con la boca seca de tanto hablar, pero con la promesa que a partir de mañana comenzaría no a ver, sino a observar, no a oír, sino a escuchar, no a palpar, sino a sentir. A mi experiencia le faltaba el soplo de vitalidad que estos extranjeros al parecer habían traído consigo. Fue tal mi agrado que pasé por alto el fuerte olor a pies del canadiense, pero qué diablos, ¿No fue Renoir quien dijo que la fealdad es pintoresca y fuente de inspiración? Lo mismo debe extrapolarse a los olores desagradables. Seguramente debe haber una cita-citable en internet. La buscaría al día siguiente. “Entonces la experiencia da igual si extrema o moderada, es la calidad de la gente la que transforma el lugar”. Nuevas aventuras se dibujaban en la línea del horizonte, con ese enorme sol de India bañado por una luz anaranjada producto de la contaminación pero que lo dotaban de una belleza indescriptible. Porque India no se vive, se siente.

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